Marilyn Manson.

Esta noche he tenido un sueño mágico, he soñado contigo.
Dicen que cuando soñamos lo hacemos en blanco y negro; sin embargo, todo lo que apareció en este sueño estuvo coloreado:
Me encontraba dentro del recinto del palacio de la Magdalena, situado en Santander, provincia de Cantabria. Había ido caminando por el campo hasta llegar al borde de la playa. Abajo, enmoquetada por una arena amarillenta y gruesa, está la playa que lleva por nombre el mismo que tiene el palacio: La playa de la Magdalena.
El cielo estaba totalmente despejado de nubes. Era de un azul intenso: era el techo del escenario que me rodeaba. Estuve un largo rato de pie, y desde donde me ubicaba, miraba al mar Cantábrico que en esta parte del mundo siempre se muestra calmado. Era tarde y yo continuaba sola. Albergaba una esperanza, que tú vinieras a buscarme.
Eras el hombre que amaba mi corazón; también el dueño de mi alma.
El mar, igual de solitario como yo a esa hora, parecía una piscina. Yo tenía la miraba perdida en algún punto… Alejado de la orilla. Al instante noté que alguien estaba a mi lado: eras tú. Que diferente te vi a como te recordaba.
Eras muy pequeño de estatura.
Curiosamente en mi sueño yo debía ser chiquitita porque estábamos a la mis-ma altura… Y SOÑÉ QUE ERAS PEQUEÑITO, Y QUE ESTABAS JUNTO A MÍ.
Entonces sentí algo extraño: te quería, sí; pero no con el amor que sienten las mujeres hacia los hombres: te amaba con el mismo sentimiento que tienen las madres hacia sus hijos. Te pusiste frente a mí. Tu melena roja se posaba sobre tus hombros; y por los laterales del rostro te caían dos mechones negros. Llevabas puesto un traje marrón y una corbata violeta. Tus ojos tenían diferente color: el izquierdo era marrón, el derecho azul clarito. No hablabas… De repente ocurrieron varias cosas a la vez: una humareda densa y oscura apareció en la línea invisible del horizonte. El cielo se abrió y comenzaron a salir por él llamaradas en tonos grises, morados y verdes. Las llamas se mezclaron entre sí, creándose nuevos colores. Firmamento y horizonte se cubrieron por completo con todos ellos. Al tiempo tus ojos giraron. Parecían canicas que su hubieran vuelto locas; luego se tornaron distintas, como bolas de fuego ardiente.
Y sin más echaste a correr por la pasarela que lleva a la playa. El cielo -cambiando de aspecto- se llenó de franjas rojizas y azuladas. Seguías corriendo, bajando por la pasarela… No tenía fin, nunca alcanzarías la playa.
Mirando al mar comprobé que ahora estaba congelado, inundado de bloques de hielo. Tú corrías y corrías; y corrías hasta que finalmente llegaste a la playa. Y al pisar la arena caminaste en dirección al mar. Desde arriba yo te llamaba a gritos, implorando que volvieras. Pero tú no podías oírme, solo andabas hacia el gélido mar. Te metiste poco a poco dentro de él. Y mientras lo hacías ibas quebrando las aguas con el calor de tu cuerpo, ibas rompiendo los hielos. Así te fuiste, mar adentro; y te vi desaparecer. Allí, en lo alto, estuve esperando tu regreso hasta que cayó la noche; sin embargo, mi espera fue inútil. Tú no volverías.
La luna decoraba el cielo, que de nuevas se encontraba raso. Ella me susurró: márchate como ha hecho él. Vete por dónde has venido, y deja que él, tome en la vida su propio camino-. Dándome la vuelta, abandoné el recinto. Tenía el corazón roto y el alma apenada.

(A través de mi sueño aprendí una lección: las personas que amamos tienen derecho a elegir en la vida el camino que les conduzca a su propia felicidad. Y muchas veces la senda que les llevará a ser felices tendrá una dirección opuesta a la nuestra).

Este relato lo soñé realmente una noche del año 2000. El relato ha sido publicado en varios blogs y webs literarias. Su versión de fantasía se incluirá en la tercera entrega de mi trilogía Mundo de Fantasía (RAORAU Y EL GRAN ALERBO). El libro se publicará con la editorial Editorum y ocupará el séptimo orden en publicación.