Muñecos artesanales típicos de Bratislava. Eslovaquia. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

Ayer por la tarde, mientras Carletes y yo dábamos un paseo con Juanito, hablábamos los tres de las cosas de la vida. Y como nuestro amigo es muy hablador y sabe que me gusta mucho que me cuente cosas que le pasan, porque las cuenta con mucha gracia, dijo así:
-¿No os he contado nunca que una vez olvidaron a mi suegra? Se le olvidó a mi cuñada, la hermana de mi mujer.
Se habían comprado un coche nuevo, porque el otro que tenían era más viejo que yo y no andaba ni a empujones. Y para estrenarlo se fueron mi cuñada, su marido y mi suegra a pasar el día a Xátiva. Llevaban a mi suegra con ellos por estar la mujer como los xiquets de los matrimonios separados, que unos días están con la madre y otros con el padre. Porque así estaba mi suegra: una temporada con nosotros en Albalat y otra con mis cuñados en Cullera.
Y como la hermana de mi mujer es muy cabezona, se le metió en la cabeza que ese día -un domingo del mes de agosto-, para estrenar el coche, tenía que llevarlo ella.
¡Y ya lo creo que lo estrenó! Conforme fue a meter el coche en el garaje no calculó bien y le hizo un rayón… Ay, cojones. Pero eso pasó más tarde.

Esa tarde del estreno, de regreso al pueblo, y en la misma entrada, había una carabana de coches de miedo; y mi cuñada se puso muy nerviosa.
Y tan nerviosa se puso que cuando fue a adelantar al que llevaba delante el coche se le caló.
Si ya iba la mujer hecha un manojo de nervios, se puso peor al ver llegar a una patrulla de la guardia urbana.
¡Pare ahí! ¡Paré ahí! Le gritó un guardia.
Y con un susto de mil demonios se bajaron todos del coche.
¡Señora! Le gritó el mismo guardia. En vez de ir con tanta prisa, hagan el favor de ayudarnos a socorrer a una mujer que va en el vehículo que está detrás de ustedes, pues se ha puesto de parto.
Mi cuñada, de los nervios, no sabía qué hacer. Y si antes tenía prisa por salir de aquel atasco, ahora tenía más.
A todo esto, mi suegra, que se había bajado del coche la primera, esperaba en un lateral de la carretera, sentada en una silla plegable que le habían dejado los ocupantes de otro coche. Y esperando, escuchó gritar de nuevo al guardia: ¡Señora, váyase de aquí, que me está contagiando los nervios! ¡Así que váyase antes de que la multe! ¡Váyase, por favor, váyase!
Entonces, a mi cuñada le faltó poco para subirse al coche y salir pitando.
Pero… Ay, cojones. Cuando llegaron a Cullera… ¡Se dieron cuenta que mi suegra no iba con ellos!
Con las prisas y los nervios se la habían dejado olvidada en la carretera, y tuvieron que regresar a por ella.
Pero hija ¿Cómo no te diste cuenta que no iba en el coche? Le preguntó mi mujer a su hermana, al contarnos lo sucedido.
Ay, qué sabía yo. Contestó mi cuñada. Acaso no sabes tú que nuestra madre habla por los codos y que me pone la cabeza como una carraca de feria. Yo, al no oírla hablar, pensé: qué calladita va. Y para que no se animara a hablar, nosotros tampoco dijimos palabra. Pero… Ay, cojones ¡No hablaba porque nos la habíamos olvidado!
-¿Y cómo acabó la cosa?-. Le preguntó Carlitines a Juan.
-Ay, pues acabó bien.
Mis cuñados fueron a buscar a mi suegra… Al parecer, ella, al verles marchar, había salido corriendo tras ellos, con los brazos extendidos y gritando: ¡esperar cabrones, y no os vayáis sin mí!