Mapa de Haití y de la República Dominicana.

Mi cuñada, que se llama Petra, tiene una hermana gemela, que se llama Tecla (y también es mi cuñada)… Y eso: que tengo dos cuñadas. Y todos los años nos íbamos mi marido y yo de vacaciones con ellas, hasta que se echaron novio.
-Yo las quiero mucho, porque son mis hermanas-. Dice siempre mi marido .-¡Pero ni “atao” voy con ellas y mis cuñados a ningún sitio! Ir con ellos es hacer el mayor ridículo del mundo. Y yo paso.

A mi marido no le falta razón porque… Si mis cuñadas las lían, los otros no se quedan cortos.
Y para que podáis entender mejor os cuento algunas liadas que hicieron Petra, Tecla, y los otros dos.

En aquellas últimas vacaciones juntos (fuimos tres días a Marsella; y allí tomamos un avión a Puerto Plata en la República Dominicana, donde estuvimos dos semanas; y allí tomamos un crucero de posicionamiento hasta Marbella) mi cuñada Tecla, que tiene la brújula estropeada y ve menos que Pepe Leches y se había olvidado las gafas de ver en una casa que tiene en Tarragona, se puso a porfiar con Carlitines (mi marido):
-Hermano, esto no es Francia, sino Málaga. Porque en esas letras blancas que hay en la ladera de la montaña, imitando a la de Hollywood, pone bien claro MARBELLA.
-Que no, Tecla; que ahí no pone MARBELLA: pone MARSELLA-. Le corrigió mi marido.
-Que no, hermano. Pone MARBELLA. Miento, Marbella, no: pone MARSEILLE ¿Verdad, Petra?-. Y Petra, que la conoce como si la hubiera parido, pues por algo son gemelas, para no entrar en polémicas le dijo:
-Sí, Tecla, estás en lo cierto: estamos en Andalucía.
-¿Lo ves? ¿Lo ves?-. Gritaba la mujer, al tiempo que hacía aspavientos con las manos y los brazos, gesticulando teatralmente.
Y así, nos teletransportamos de Francia a Marbella, sin movernos de Marsella.
-Sí, sí. Lo veo hermana, lo veo-. Le dijo finalmente Carlitines, dándole la razón como a los tontos, porque… ¡Cualquiera le lleva la contraria!
Si sin llevársela monta escandaleras, llevándosela… Se pone hecha una furia.

Ya en Puerto Plata, en una de las fiestukis que hacen a la hora del almuerzo, Petra y Tecla conocieron a unos rusos.
Dimitri y Putiski (así se llaman los rusos) eran habituales de los jacuzzis del complejo hotelero donde nos alojábamos. Y debían estar hechos a prueba de bombas porque, tras hincharse a vodka y a paella -a la hora de la siesta-, se metían en el agua burbujeante con sendos sombreros de paja puestos en las cabezas. Y más rojos que los pimientos y las gambas que acababan de comer (aunque eran más blancos que la leche) se quedaban traspuestos dentro del agua. Y si no se ahogaban era porque cuando se les cerraban los ojos y el cuello vencía el peso de la cabeza, (osea, daban cabezazos), la boca, al contactar con el agua calentita, hacía glu-glu-glu, y se despertaban.
Y fue en una de esas que Putiski y Dimitri vieron a mis cuñadas. Y ahí comenzaron los romances. Y hasta hoy.

Ennoviados los rusos con las “mamitas” (así llamaban a mis cuñadas), y por haber contratado una excursión a Haití -el país vecino-, las mujeres les dijeron que vinieran con nosotros…
-¡En mala hora vinieron, Carola!-. Acaba de exclamar mi marido.
-Carlitines, cuéntales tú ahora… -Le insto.
-No. Mejor cuéntalo tú.
-Bueno, pues lo cuento yo.
Salimos los seis del complejo hotelero en una furgonetilla para hacer una excursión a Haití.
-Allá, donde viven los haitianos, van a ver ustedes muchas montañas y mucho verde-. Nos informó el chófer, y guía .-Los haitianos, aunque no son de la misma raza que nosotros, pues son africanos y nosotros mestizos, son nuestros hermanos…
-Qué barbaridad-. Digo de repente Dimitri .-Si ustedes, los dominicanos, no son de la misma raza que los haitianos, ¿Cómo van a ser hermanos?
-Aaay, papi. Nosotros somos hermanos de los haitianos porque vivimos todos en la misma isla y en las calamidades los hemos socorrido; y ellos harían lo mismo con nosotros.
-Pero esta isla se divide en dos países: el suyo y el de ellos-. Dijo Putiski.
-Sí, mi “amol” pero…
-Oiga, ¿Qué confianzas son esas?
-Eso digo yo también, ¿Qué confianzas se toma para decirme a mí papi y a mi amigo mi “amol”?-. Le preguntó Dimitri .-¿Acaso hemos comido o cenado con usted y no lo sabemos?
-Aaay, no se enojen, que están de vacaciones y han venido a mi bello país a gozar y pasarla bien.
-Pues no nos chafes el viaje con el “amol” y el papi.
-Ya la están montando, Carolineta-. Me dijo en voz baja Carlos.
-A los rusos no hay quien os entienda-. Dije yo. Y dirigiéndome al conductor, y guía de la excursión, añadí .-Tire usted “pa” la frontera de Haití y no haga ni caso a estos dos, que se ofenden porque usted les dice papito y en cambio ellos llaman mamitas a mis cuñadas-. Y mirando a Petra y luego a Tecla, dije así .-Y a vosotras ya os vale, hacernos cargar con estos…
-Oye, oye, no te pases-. Dijo Dimitri.
-¡Aquí los únicos que os habéis pasado habéis sido vosotros! ¡Así que, una de dos, u os comportáis u os bajáis aquí mismo!-. Grité.

Y bueno, los rusos comenzaron con el “a mí no me grita nadie”, “a mí no me manda una mujer”. Y se bajaron. Y mis cuñadas -que son más tontas que Abundio- también se bajaron, diciendo que se iban a Haití haciendo autoestop.
-Aaay, mami. Se han enojado ustedes por mi culpa-. Dijo el dominicano, algo apenado.
-No se preocupe. Usted no tiene culpa ninguna de que estos rusos, y mis cuñadas, no se sepan comportar. La culpa la tenemos este y yo (dije señalando a Carlitines), por haber aceptado que vinieran con nosotros. Y no se disculpe por decirme mami.
-Okay. Pero entonces, ¿Qué hacemos? ¿Vamos a Haití o al hotel?
-Tira… ¿Te puedo tutear?
-Aaay, mamita, claro que sí.
-Pues tira “pa” tu casa y nos presentas a tu esposa e hijos y os invitamos a tomar algo. A ver si así se me pasa el cabreo, porque tengo un cabreo…
-Pero, mire usted, mamita, que yo no estoy casado. Aunque si tengo siete hijos de tres mujeres distintas. Y una de ellas es de Moscú.
-¿Vives solo?-. Le preguntó Carlos.
-Con mi viejita.
-Pues lo dicho, tira “pa” tu casa y nos la presentas-. Repetí yo.
-Pero entonces, ¿La excursión?
-La posponemos. Ahora tira “pa” la casa, como decís vosotros aquí, o acá.
-Okay.

Y bueno, Carlitines y yo no fuimos a Haití ese día. Y no vimos los montes ni el verdor; tampoco a los africanos… Pero lo pasamos muy bien en casa del dominicano. Y regresamos a las ocho horas al hotel, con una borrachera de escándalo… (Es que la madre del dominicano, la viejita, sacó unas botellucas de Mamajuana y…)
Y eso, que lo pasamos…