Volar sobre tu corazón.

Aun creyendo tener la fortaleza de un ciclón
fui derrotada por las palabras que no quise escuchar.
Y solo cuando comprendí
que el brillo de los diamantes no siempre deslumbra con buenas intenciones
la fragilidad de la piel de mis alas de mariposa se tornó incorrupta.

Al borde de un precipicio
mi cuerpo se despeñó para derretirse en el incongruente escenario que narra la historia de la criatura de fuego que es consumida por un mundo decorado con llamas de hielo.

Aun creyendo tener la velocidad de un huracán
fui herida por la desconsideración.
Y solo cuando comprendí
que la anatomía dura y simétrica de los diamantes no siempre funciona como el espejo que refleja lo que se anhela en sueños,
la debilidad de mi alma dejó de ser perpetua, cual estatua de sal.

Tras los avatares pasados abandoné la tierra y me volví sirena para existir en el mar.
Pero por no tener comodines en el mazo de mi baraja
el azar me dio la espalda.
Y el dios de los océanos, antes siquiera de llamar a las puertas de su reino, me repudió.
Fue entonces cuando regresé a la tierra de mis padres; y a la forma original.

Aun sin olvidarte,
me olvidé de los recuerdos.
Y los recuerdos se olvidaron de mí.
A veces, quien creyó vencer perdió la partida
y quien salió perdedor, resultó ser el ganador.

En mi ahora el tiempo avanza torpemente hacia ningún lugar.
Y desde el anonimato de mi solitario exilio,
me asomo a la ventana -carente de cristal-, para ver la puesta de sol tras la belleza de las viejas montañas.
Y cierro los ojos a mi decadente realidad para imaginar (tal y como hice en el ayer) que piloto un avión de papel.
Y elevándome hacia el cielo azul,
con mi disfraz de ave metálica, voy en tu búsqueda
para volver a volar sobre tu corazón…
Por última vez.