Había una vez dos hermanos, uno tenía 17 años y el otro 3. La situación económica de sus padres era precaria: el padre había enfermado y la madre no trabajaba. El dinero que llegaba al hogar procedía de los padres.
Ante esto, Juan, el hijo mayor buscó trabajo. Durante meses compaginó los estudios con la jornada laboral. Y gracias a él sus padres y su hermano David salieron adelante. Su disciplina, responsabilidad y constancia dieron frutos: aprobó, a la primera, la oposición para la que se había preparado y logró dejar unos ahorros a su familia antes de independizarse.
No pasaría demasiado tiempo que su padre mejoró de salud y la madre se puso a trabajar, por horas, limpiando casas.
Aunque la economía familiar estaba restablecida Juan, puntualmente, aportaba parte de su sueldo a los padres y a David. Había comprado un piso, se había casado y su mujer esperaba un bebé. Realmente tenía que hacer gran esfuerzo pero no le importaba. Porque pensaba en el bienestar de sus padres; pero sobretodo le preocupaba el futuro de su hermano.
Los años fueron pasando y con él las oportunidades para David. Y mientras Juan y sus padres se preocupaban porque tuviera un porvenir, él perdía su tiempo vagueando. Su única preocupación era ir a fiestas para divertirse, beber y fumar. Había abandonado los estudios, no trabajaba, y tampoco tenía intención de hacerlo o retomar los estudios.
Un día David discutió con su hermano Juan: eres un desgraciado. Ves a los papás mayores y enfermos y no eres capaz de ayudarles. No tienes iniciativa, eres un egoísta y solo piensas en ti.
-Es que tú has tenido mucha suerte en la vida.- Fue la contestación que dio David a su hermano mayor.