La Tierra vista del revés.

Había una vez dos hermanos, uno tenía 17 años y el otro once. La situación económica familiar era precaria: el padre había enfermado y la madre no trabajaba. El dinero que llegaba al hogar provenía de ayudas externas.
Ante esto Juan, el hijo mayor, buscó trabajo.
Durante meses compaginó los estudios con la jornada laboral. Y gracias a él sus padres y su hermano David salieron adelante.
Su disciplina, responsabilidad y constancia dieron frutos. Aprobó -a la primera- la oposición que había preparado a conciencia y antes de independizarse dejó parte de sus ahorros a los progenitores.
A los pocos meses el padre mejoró de salud y la madre se puso a trabajar limpiando casas por horas.
Con los años Juan compró un piso; se había casado y su mujer esperaba un bebé. Aun con todo aportaba un tercio de su sueldo a los padres.
Tuvo que hacer gran esfuerzo pero no le importó. Porque pensaba en el bienestar de sus padres; pero sobre todo le inquietaba el futuro de su único hermano.

Los años fueron pasando y con él las oportunidades para David. Y mientras que sus padres vivían con incertidumbre por el porvenir del hijo, este perdía
el tiempo vagueando. Su única preocupación era ir a fiestas para divertirse, beber y fumar. Había abandonado los estudios, no trabajaba; tampoco tenía intención de hacerlo o de retomar el estudio.
Un día, discutiendo, Juan le dijo a David:
-Ves a los papás mayores y no haces nada. Eres un desgraciado, un egoísta que solo piensa en sí mismo.
-Es que tú has tenido mucha suerte en la vida-. Espetó secamente David.