Murallas de la ciudad de Lugo. Galicia. España.

Terminada la jornada laboral y, al tiempo que bajaba por una gélida y oscura calle de la ciudad gallega de Lugo, sentía que el frío le calaba los huesos despiadadamente. Estaba hastiada, la tarde solo le había deparado miseria.
Debía estar más que acostumbrada a ello pues cada vez que iba al trabajo -siempre en turno de tarde- se topaba con lo mismo; pero nadie se acostumbra a la mala vida.
Rúa* abajo, la única luz que acompañaba sus pasos era la que emitían las farolas. Qué lástima que su menguado cuerpo estuviera invadido por el intenso frío de la noche, ya que le impedía admirar la perfección de las formas redondeadas que tiene la elegante muralla de piedra situada a la derecha. Las murallas que tanta fascinación le provocaban, rodean la parte antigua de la bella ciudad. Y cada noche, caminaba junto a ella mientras iba en dirección a casa.
Al llegar al hogar encontró al esposo en el salón. Frente a la chimenea, estaba sentado en un sofá de piel negro y, como fumador empedernido, daba caladas a una pipa de marfil, ignorando su llegada. Sin molestarle dejó que siguiera fumando; fumando y soñando despierto, como solía hacer.
Carecía de importancia que no se percatase de su llegaba. Su objetivo estaba en la habitación colindante: era su bebé. Ansiaba verle. El pequeño estaba en
su cunita, parecía dormir. Deseaba fervientemente abrazarle, besarle; sin embargo, no lo hizo. Estaba helada, besar al bebé o tocarle le podría despertar.
Por ello se limitó a poner las yemas de sus dedos índice y corazón en los labios y, besándoselos, los puso perpendiculares sobre su boca. En posición horizontal como estaban, sopló dulcemente para que los besos llegaran al hijo de sus entrañas.
El bebé, que estaba silencioso, no se movió.
De allí, la madre se fue a la biblioteca. Estaba atestada de libros. Todos estaban puestos sobre centenas de baldas hechas con madera de contrachapado.
En una de las estanterías solamente había cuentos infantiles. Las tardes que libraba y podía estar con su bebe se los leía para que durmiera plácidamente.
Se acercó a la ventana y, mirando al cielo, contempló la luna. A su lado divisaba el parpadeo de una pequeña estrella.
-Sabes una cosa-. Le dijo a la estrellita entre murmullos .-Yo no tengo el talento literario de mi marido. Él es escritor, nació con ese artístico don-. Y tras una breve pausa, sin dejar de mirar al firmamento, añadió -.Pero algún día escribiré un libro. Al menos lo intentaré. Será un cuento infantil y se lo leeré a mi bebé. Después lo publicaré, así todas las mamás del mundo podrán leérselo a sus hijos-. Y saliendo de la biblioteca fue directa al salón .-Buenas noches mi amor-. Su marido le devolvió el saludo, y lo acompañó de un beso. A continuación regresó a la habitación del pequeño.
A oscuras, permanecía quieto y en silencio. Le tocó. Estaba helado, rígido.
Asustada le cogió en brazos. No quiso encender la luz, el miedo le paralizaba.
El bebé no respiraba.
En el silencio de la noche el trágico lamento de una madre lo rompió.
Y el corazón de aquella mujer se fragmentó en mil pedazos, y todos ellos cayeron dentro de su alma.
Desde entonces no ha vuelto a leer cuentos infantiles. Tampoco ha vuelto a mirar a la luna ni a susurrar a los luceros que decoran el techo del mundo que -tras la pérdida de su bebé- le mantiene muerta en vida.

Rúa significa calle en lengua gallega.