Crepúsculo en Tavernes de la Valldigna. Valencia. Comunidad valenciana. España. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

Tenía muchos años y estaba en lo que llamamos tercera edad. Mi vida -dentro de un orden- era plácida y me sentía una pieza más de un tablero perfecto.
Ese tablero lo habíamos construido amorosamente mi marido y yo durante décadas y lo integran tres generaciones.
Al tablero le faltaba una pieza: mi amor, mi marido. Desde que él partiera al viaje de no retorno todo había cambiado para mí. Me había despedido de él pidiéndole que, donde quiera que fuese, me esperara. Yo intuía que no tardaría demasiado en realizar aquel viaje. Porque a las semanas de su pérdida me diagnosticaron la misma enfermedad que le mató a él: cáncer.
Llevaba meses rara, me faltaba energía. Tenía un dolor persistente en la barriga y a veces, al hacer de cuerpo, sangraba. Lo más alarmante fue la pérdida de peso que sufrí en cuestión de semanas. Cada día tenía menos apetito y me saciaba antes.
Silencié los síntomas, ni siquiera lo comenté con mis hijos. Bastante habían sufrido tras morir su padre, no sería yo quien les provocase más sufrimiento.
Podía ocultar mi malestar pero lo evidente no. Además mi bajo estado de ánimo era obvio.
Tras una comida familiar en la que apenas probé bocado y no dejé de pasarme la palma de la mano por el vientre, una de mis nueras se percató de que algo no iba bien. Por la noche su marido, que es mi hijo mayor, me llamó por teléfono para interrogarme: ¿te ocurre algo mamá? ¿Tienes molestias? ¿Te notas distinta?
Respondí a todas sus preguntas con el monosílabo no; pero igual que las madres conocemos a nuestros hijos, al revés sucede lo mismo.
Ante mis noes, mi hijo -después de informar a sus hermanos- pidió cita con el médico de cabecera. En consulta, tras informarle de los síntomas y explorarme, me derivó al especialista. Y en menos de quince días me encontraba en el hospital a la espera de hacerme una colonoscopia.
El resultado de la prueba médica fue nefasto: tenía tres tumores en el intestino grueso.
Tal y como establece el protocolo médico para estos casos, tomaron varias muestras para analizarlas. Y en Información me dieron una nueva cita.
A los días el especialista explicó que las biopsias realizadas en los cuerpos tumorales eran malignas y que debía pasar urgentemente por quirófano para extirparlos. Además uno presentaba un tamaño considerado que podría provocarme colapso intestinal.
Tumbada en la camilla miraba en rededor. Una enfermera me tranquilizaba mientras me tapaba con una sábana verde.
El anestesista me inyectó la anestesia. A los pocos segundos tuve la sensación de estar hundiéndome en la mesa de operaciones. Y caí en un estado de
inconsciencia del que no despertaría.
Creo que perdí el sentido del tiempo y del espacio. No sé cómo ni cuándo ocurrió; pero noté como me separaba de mi cuerpo físico y ascendía hacia los focos del quirófano. Entonces me giré y me vi. Seguía tumbada, rodeada del equipo médico que hacía lo imposible por salvarme la vida. No os preocupéis, no podéis hacer nada por mí, grité. Pero no me oyeron. Descendí hasta mi cadáver. Estaba entubada y, a sabiendas que era yo, no me reconocí. Saliendo me dirigí a la sala de espera. Allí aguardaban mis hijos junto a sus esposas y mis nietos. Quise abrazarles; pero era demasiado tarde.
Por un instante quise llorar, no puede.
Regresé al quirófano, me habían cubierto con una sábana blanca.
De pronto un círculo se abrió en el techo y un haz inmaculado de luz salió por él.
Como si estuviera viendo las diapositivas de la película de mi existencia vi retroceder rápidamente las imágenes de mi propia vida. Estaba yendo hacia atrás, al pasado, a mi pasado. Llegué a la última imagen. Era tan tierna…
Era una imagen tridimensional. Yo estaba dentro del útero de mi madre; era un bebé…
Fue entonces cuando comprendí lo efímero de nuestro existir.
Luego se hizo la oscuridad en mi interior. Duro muy poco. La luz me abducía hacia ella. Había un túnel, lo traspasé. Y al hacerlo vi los rostros de mis seres queridos y los de otras personas que habían significado algo importante para mí. Todos irradiaban luz y mostraban una sonrisa especial: la sonrisa de la felicidad.
Al final del túnel una figura etérea me esperaba. Ambas pronunciamos al unísono: eternamente estaré a tu lado, mi amor.