Tenía muchos años, muchísimos. Estaba en eso que se conoce como la tercera edad. Mi vida -dentro de lo que cabe- era plácida y me sentía una pieza más de un tablero de jugar a las damas. Ese tablero lo habíamos construido amorosamente mi marido y yo durante décadas y lo integran tres generaciones: nietos, hijos y padres o abuelos, padres e hijos, como mejor se quiera ver.
Al tablero le faltaba una dama: mi amor, mi marido. Desde que él partiera al viaje de no retorno todo había cambiado para mí. Me había despedido de él, pidiéndole que, donde quiera que fuera, me esperase. Yo intuía que no tardaría demasiado en realizar aquel viaje. Porque al mes de su pérdida me diagnosticaron la misma enfermedad que le mató a él: CÁNCER.
Llevaba meses rara, me faltaba energía. Tenía un dolor persistente en la barriga y, a veces, al hacer de cuerpo sangraba. Aunque lo alarmante fue la pérdida de peso que sufrí en cuestión de semanas. Cada día tenía menos apetito y me saciaba antes.
Estos síntomas los callé, y ni siquiera se los comenté a mis hijos. Bastante habían sufrido tras morir su padre, no sería yo quien les provocase más sufrimiento.

Yo podía ocultar mi malestar pero lo evidente: pérdida de peso, estado de ánimo bajo, falta de apetito… Era obvio ante los ojos del Mundo.
Tras una comida familiar en la que apenas probé bocado y no dejaba de pasarme la palma de la mano derecha por el vientre  una de mis yernas se percató de que algo no iba bien. Por la noche su marido, que es mi hijo mayor, me llamó por teléfono para iniciar el siguiente interrogatorio: mamá ¿Te ocurre algo? ¿Te notas distinta? ¿Te duele la barriga? ¿Tienes molestias?
Me hizo muchas preguntas, yo las respondí todas con el monosílabo “no”.
Igual que las madres conocemos a nuestros hijos, al revés sucede lo mismo. Ante mis “noes” mi hijo mayor, tras hablarlo y abordarlo con sus hermanos, pidió cita con el médico de cabecera. En consulta, tras informarle de los síntomas y hacer una exploración, me derivó al especialista. En menos de quince días me encontraba en el hospital a espera de practicarme una colonoscopia.
El resultado de la prueba fue inmediato: su madre tiene tres tumores en el intestino grueso. Hemos tomado varias muestras, pidan cita en Información para dentro de una semana.
A los siete días el especialista nos explicó que las biopsias realizadas eran malignas, que debía pasar por quirófano, de forma urgente, para extirpación de uno de los tumores pues presentaba un tamaño considerado, al punto que podría provocar… No recuerdo la palabra exacta que empleó el médico, pero dio a entender que podría sufrir una especie de atasco intestinal.

 

Tumbada en la camilla miraba en rededor. Una enfermera me tranquilizaba mientras me tapaba con una sábana verde; el anestesista me inyectaba la anestesia. Al segundo noté cómo me hundía en la camilla. Parecía que me empujaran hacia abajo. Sin más caí en un estado de inconsciencia; no despertaría jamás.
Creo que perdí el sentido del tiempo y del espacio. No sé cómo ni cuándo ocurrió; pero hubo un momento que noté como me separaba de mi cuerpo físico y me alzaba hacia los focos blancos fluorescentes del quirófano. Entonces me giré y me vi. Estaba allí, en la camilla, rodeada del equipo médico que hacía lo imposible por salvarme la vida. Yo grité: no os preocupéis, ya nada podéis hacer por mí: sin embargo, ellos no me oían.
Bajé hasta donde estaba mi cuerpo. Estaba entubada y, a sabiendas que era yo, no me reconocía. Saliendo de la sala de operaciones fui levitando hasta la sala de espera. Allí aguardaban mis hijos junto a sus esposas y mis nietos…

…Quise abrazarles… A todos. Era demasiado tarde…

Por un instante quise llorar; pero no pude.
Regresé al quirófano, alguien me había tapado por completo con una sábana blanca.
De nuevo ascendí, y un círculo se abrió en el techo. Un haz inmaculado de luz salió de él. Y vi pasar mi vida rápidamente, como en diapositivas. Era la película de mi efímera existencia, retrocedía hacia atrás hasta llegar a la última, era la más tierna: una imagen tridimensional. Yo estaba dentro del útero de mi madre; era un bebé…
Luego se hizo la oscuridad en mi interior. Duro muy poco… La luz me abducía hacia ella. Había un túnel, lo traspasé. Y al hacerlo vi rostros de seres queridos, y otros de personas que habían significado algo importante para mí. Emanaban luz y mostraban una sonrisa especial: la sonrisa de la Felicidad.
Al final del túnel una sombra blanca, etérea, me esperaba…
Ambas, pronunciamos al unísono: eternamente estaré a tu lado… Mi amor