Fotograma de la película Dirty Dancing (Baile Sucio).

Mientras avanzaba hacia delante, siempre hacia adelante y con rapidez, me di cuenta que cuando uno deja pasar la oportunidad, esta no vuelve más…
Tras de mí dejaba a uno de los hijos sin color que tiene el océano Atlántico: al mar Cantábrico. Y digo bien porque ningún océano lo tiene. Aunque los mares del mundo se ven azules, no lo son. El responsable de que los veamos de ese color es el cielo puesto que está reflejándose en ellos perpetuamente.
Ahora divisaba un bello paisaje que iba pasando por delante de mis ojos como si estuviera visualizando los fotogramas de un film.
Fuera y por estar en pleno mes de noviembre debía de hacer mucho frío. Las montañas rocosas se mostraban ante mí cual diosas altivas venidas de la antigüedad solo para causar celos a la estampa otoñal con su ancestral y divina presencia. Parecía que eran las dueñas del entorno porque estaban envolviendo con exquisita elegancia una parte de mi tierra, una parte de Cantabria. Y era tal la belleza que emitía su invisible luz, que por un momento, al observarlas, creí que me cegarían. Estaban desnudas de vegetación y carecían de nieve salvo en las cimas, donde una nieve de blancura sobrenatural las cubría.
Cerré los ojos, y por un solo momento dejé salir al niño que llevo en mí. Y animado por mi espíritu infantil imaginé que las montañas estaban hechas con almendras y azúcar.
El viento del norte agitaba las hojas de los árboles. Era como si quisiera verlas danzar, y estas simplemente se dejaban llevar por él.
Parecía que las hojas fueran muchachas inexpertas en los rituales del amor y el viento fuese un hombre maduro, que impregnado por el deseo, ansiara sacarlas a bailar a todas. De pronto una sonrisa cruzó mi cara, una cara que reflejaba la misma tristeza que inundaba a mi corazón. Recordé la secuencia de una película dramática musical muy romántica, tan romántica como lo era yo.
Y por un instante imaginé que yo era el viento del norte y que bailaba… Pero no con todas: solo bailaba con una. Con la hoja más frágil y valiente; con la más aniñada también.
Curiosamente en esa escena sus protagonistas, un hombre y una mujer, no están bailando: están despidiéndose. Y al hacerlo, se oye de fondo la canción She is like the wind (Ella es como el viento).
Al tiempo que el viento continuaba meciendo las hojas el trasporte en el que viajaba iba meciéndome a mí. El traqueteo me alejaba más y más del mar y de las montañas que me vieron nacer hace años.
Abrí de nuevo los ojos y regresé a la realidad. Entonces me pregunté a mí mismo ¿Por qué? No comprendía por qué Dios decide llevarse con él a las personas que amamos.
Nunca hubo respuesta, y mi alma está abatida.
Ella, que era como el viento por ser bailarina profesional, se marchó. Ella era mi amada prometida; pero la vida me la arrebató.
-El viento lo mece todo con su locura controlada-. Sentenció un atardecer mientras veíamos Dirty Dancing .-Puede balancear nuestros cuerpos. Observa el suelo en otoño cuando está cubierto de hojas. El viento las levanta y todas danzan con él.
Cuando le quedaba poco tiempo de vida, y mientras me miraba fijamente con sus ojos cansados, me dijo:
-No me voy a morir. Porque las personas no morimos, solo vamos de viaje a un lugar donde no pueden ir los vivos. Algún día tú harás el mismo viaje que ahora voy a hacer yo. Entonces nos encontraremos y estaremos juntos para siempre. Así que donde quiera que vaya recuerda que estaré esperándote. Seguro que hay árboles repletos de hojas, seguro que el viento las acariciará. Yo lo estaré viendo y podré oír mi canción preferida: She is like the wind.
Había dejado pasar tantas veces la oportunidad; sin embargo, en esta ocasión la supe aprovechar. Porque tomé el tren que me llevaría lejos de donde estaba el foco de mi intenso dolor.
Necesitaba marcharme de Cantabria; y no me iba por cobardía. Me iba por no poder soportar el dolor que me provocaba su recuerdo: ella se había ido para no regresar.
Las oportunidades son como las personas de las que nos enamoramos: a veces el corazón elige a las incorrectas, a las que no están hechas para nosotros. Y ni aun insistiendo o persistiendo, si en nuestro destino no está caminar de su lado por la misma senda, el tiempo y la vida terminará separándonos de ellas. Otras veces nos las quitarán o robarán sin darnos ningún tipo de explicación.
Al menos eso me pasó a mí.
Por ello decidí irme en aquel tren con un solo billete, el de ida. Y me marché sin el de vuelta porque no regresaré a mi tierra jamás.