No hay nada que perturbe más la calma de una madre que la ausencia del hijo perdido.
No hay nada que aturda más los sentidos de una mujer que el ver partir, antes que ella, al ser que engendró dentro de sí; al que parió y vio nacer.
No hay nada que obnubile más el pensamiento de una persona que saber que debe permanecer en la Tierra, a la espera de que llegue el día o la noche de su hora final, luego de haber tenido que despedirse con anterioridad de su descendiente. Porque no hay nada que duela más que ver como la muerte te roba injusta y cruelmente a quien tú diste la vida.