Chorizo Revilla.

Cuenta una antigua leyenda…
Bueno, tan antigua no era
pues tendrá como mucho
la mitad del medio de la edad de un lustro.

Y cuenta la susodicha
que hubo un tiempo en que un ave de rapiña
y un par de las calificadas de cetrería
tuvieron romances tras una romería.

Y dice la historia sin par
que un búho gordo de apenas plumar
anduvo rondando a una lechuza sin más ni más
solo por fastidiar a un buitre que no valía “pana”.

La lechuza, cosa extraña, vivía en un palomar
entre gallos y gallinas, y algún que otro alacrán.
Y es que, qué cosas pasan me cachis en la mar
en años y épocas de los locos de atar.

Válgame Dios, cómo andaba el patio
!Qué pintarían los gallináceos San Pancracio
morando con escorpiones y arácnidos!
¿O eran feos como sapos cocidos?

Y digo yo, que sapos ni que ocho cuartos
que arañas ni espantapájaros.
Pues no decía la leyenda nada de sapos
menos aún mencionaba turulatos.

Vaya romance sin sentido
de haberlo sabido, no me meto en este lío.
Que “pa” líos en los que se meten los políticos
que terminan convertidos en chorizos.

Hablando de chorizos, mangantes y pintas
aquí radica un gran misterio español
porque “pa” uno que hay bueno y no ladrón
¿No va y se llama Revilla?

En fin, así acaban los romances
de buitres, sapos y caballeros andantes.
Amigo, tráete naranjas de campos de Levante,
que aquí aguardan las anchoas
con cariño, humor y buen arte.

(Dedicado a Dioni Dominguez Medina).