Entrada a la ciudad de Petra (Ciudad Rosa o Ciudad Perdida). Jordania. Foto tomada por Carlos Llorente Peláez.

No sé cuáles son las preferencias de las personas cuando viajan y/o van de excursión; pero he constatado que algunas muestran más interés y preocupación por la comida que por el itinerario.
Visto lo visto, y para dejar constancia de lo visto, relato así.
255 euros, por barba, es lo que cuesta la excursión que va de Eliat a Jerusalén viajando en crucero. Y digo bien, por barba, porque Carlos la tiene y yo casi pues me sale una pelusa “polculera” en la barbilla que de no quitarla con la pinza y dejarla larga parecería un chivillo. Y entre que por la mañana -al levantarme- huelo a choto y que estoy como una chota ¡Válgame, se me junta todo!
Bueno, pelillos a la mar, que siempre hago lo mismo y me voy por los cerros de Úbeda -como es normal en alguien que está peor que las cabras- y no cuento lo que tengo que contar.
Pagar 255 euros para ir más de la mitad del tiempo durmiendo es para decir:
-Petra ¿Qué bonito paisaje, verdad? Te está gustando el mar Muerto?
-Sí. Muy bonito-. Contesta por inercia Petra con la cabeza gacha y los ojos cerrados.
Ahí es cuando el marido piensa para sí: 255 palos te daba yo a ti “jodia”. Contento me tienes que bien cara está saliendo la siesta mañanera.
En fin, hemos hecho una excursión de 15 horas. Hemos salido en autobús del puerto de Eliat (que es la ciudad más al sur de Israel) a Jerusalén. El trayecto dura cinco horas y hace una parada para ver el mar Muerto, mar que atravesamos en su totalidad. Al fondo, en paralelo, están las montañas de Jordania y a la izquierda la meseta de Masada y la monte de Judea. Pasado el mar Muerto -poco antes de llegar a Jerusalén- se sitúa a la derecha Jericó, la ciudad más antigua del mundo. Aquí Petra, en versión guiri, iba durmiendo sin perder detalle del paisaje. Incluso a veces roncaba, dando unos bufidos que ni los jabalíes.
Hay cosas que no comprendo. Osea, vamos pasando por auténticas maravillas naturales y la señoruca despertó cuando el autobusero paró para estirar las piernas y si acaso tomar algo.
Vamos a ver: si te levantas a las cinco de la mañana y desayunas como una bestia ¿Cómo es posible que a las dos horas y media pagues -al cambio- unos cuatro euros por un café guarreras?
Os remito al momento siesta en el autobús:
-Petra, mira “pallí”, en las aguas del mar Muerto va caminando un paisanín-. Y Petra, con los ojos cerrados, se limita a afirmar con la cabeza mientras pronuncia algo parecido a un sí.
-Petra mujer, mira un poquito que en la mano lleva un cestillo-. Y la otra, en la misma postura que antes, murmura:
-Que yaaa, que síii-. Y el otro, como si fuera don Erre que Erre, insiste:
-Oye ¿No será Jesús?-.Y Petra, levantando la cabeza y mirándole con ojos de cordero degollado, dice:
-Que sí Mariano, cansino, que lo veo que lo veo. Pues lo será; que muy bonito el muchacho además-. Y cerrando los ojos baja la cabeza. Pero al poco el marido le dice en voz alta al oído:
-¡Petra despierta, que del cestillo asoman unos panes y unos pececillos y deben ser “pacome”!-. Aquí ella, abriendo los ojos como si se le fueran a salir de las cuencas, levanta la cabeza y estira el cuello al estilo E.T. diciendo:
-Eh, cómo. Dónde, dónde.
-Ríete tú ahora de esto maja, que lo veo venir.- Dice Carlos.
-¿El qué ves venir?-. Pregunto yo.
-La misma escena en nosotros dos-. Y añade .-Venga, que estamos llegando y quiero bajar para ver qué se cuece por “hay”.
Jopeta, qué injusta es la vida esta: mi marido insinúa que en unos años yo iré dormida y despertaré con ansia viva por comer y él ahora dice que va a ver qué se cuece por “hay”.
Pues mira tú que de momento, aun entrándome sueño, no me duermo. Porque antes de quedarme dormida y perderme las vistas soy capaz de ponerme en los ojos las pinzas con las que me depilo el mentón para sujetarlos y que no se me cierren.
Ay Señor, llévame pronto. O mejor no, no me lleves todavía que tengo que ver mucho mundo. Malo será cuando me tire el día pensando en comer. Entonces sí, entonces que me lleve donde quiera. Aunque… Pensándolo bien: más malo será el día que no tenga ganas de comer.