03:00 horas.

Han trascurrido tres años con sus respectivos días y noches.

Al principio creímos que habría un remedio. Porque el ser humano no pierde la esperanza y se aferra a un clavo ardiendo; sin embargo, pronto descubriríamos que lo pasado habría de dejar una huella irreparable.

No había marcha atrás, ni en el tiempo para regresar al pasado y cambiar la situación actual, tampoco lo había para perderlo. Y ahora lo estábamos perdiendo, y mucho.
La decisión estaba tomada. Había sido premeditada sí, y en unanimidad.

A diario, todas las madrugadas le oía llorar; veía su deterioro, no solo el físico también el psíquico, y sentía su dolor. Su hondo e intenso sufrimiento.

Cual mensajera predestinada sabía que yo debía terminar con todo. No era la única persona que podría “ayudarle” otros tenían facultades para hacerlo; pero… Era tan complicado. Además llevar a cabo dicha acción traería serias represalias. Y el miedo acechaba, del mismo modo que los sentimientos de angustia o sensatez.

Para quién ha tenido una vida normal, sin demasiadas alteraciones; para el que la existencia ha pasado envuelta en la rutina, sin saber lo que es vivir con intensidad… Para esa persona es complicado, duro e injusto. Y nadie le puede pedir a otro un imposible. Pero… ¿Y para el que gustaba deambular durante horas por las calles de su ciudad? ¿Y para quién corría por el asfalto de las carreteras? ¿Y para aquel que se dejaba devorar por bosques y oquedades, perdiéndose los fines de semana por las sendas y veredas que los atraviesan?
De cualquier modo perder la movilidad para quedarte tetrapléjico y verte relegado hasta el final a una silla de ruedas… Es injusto. Ha de ser duro, complicado.
¿Loco? No se te ocurra tildarnos de locos por la decisión que tomamos. Loco es el que le arrebata la vida a otro, porque bebido o drogado, empotra su coche contra el suyo por venir en dirección contraria. Loco es aquel que deja a un matrimonio o pareja lisiada, porque, por ejemplo, uno de los dos queda maltrecho físicamente mientras el otro, aun saliendo totalmente ileso del fatídico accidente, ve como un descerebrado le ha robado su felicidad. O mejor dicho: les ha robado la felicidad.

-¿Me amas? – Me preguntó aquel atardecer mientras nuestras miradas estaban fijas en el ocaso.
-Con toda la fuerza de mi corazón.- Respondí.
-Entonces, ayúdame. Y demuéstramelo.
-Ya lo hago.
-No.- Dijo con rotundidad.- No me estás ayudando. Por eso te suplico, si de verdad me quieres, por favor, ayúdame. Dame tu mejor prueba de Amor.
-¿Por qué dices que no te estoy ayudando? No te comprendo amor. Te cuido, estoy a tu lado…
-Sí.- Interrumpió.- Pero necesito otro tipo de ayuda. Necesito dejar de sentir dolor. Necesito liberarme de estas cadenas. Necesito volar… Y solo hay un modo: tengo que evaporarme ¿Lo comprendes?
-Sí, claro que lo comprendo. Pero si tú desapareces ¿Qué será de mí? El motor de mi vida eres tú.
-Pues ven conmigo, evaporémonos juntos.
-Estás pidiéndome… – La frase fue interrumpida por su voz.
-Estoy pidiéndote que me liberes y que vueles conmigo… Que emprendas el viaje hacia la eternidad… Hagámoslo juntos.- Y tras una breve pausa prosiguió.- Lo sé, soy demasiado egoísta. Perdóname.
-Oh, no. Yo soy la egoísta porque, aun con todo, deseo que te quedes. Tienes razón, quedarnos aquí es prolongar una absurda agonía.
-Quizá lo que te he propuesto sea también un absurdo.
-Depende como se mire. Para mí no lo es.

 

Transcurridos seis meses desde la conversación Aurora se las ingenió para almacenar 180 píldoras de antidepresivos.
No habían podido tener hijos. No se preocuparon de hacer testamento. Por tanto en esos días lapidaron el dinero que tenían ahorrado y, dándose el gran caprichoso que nunca creyeron que se darían, realizaron su último viaje terrenal: dieron la vuelta al Mundo en un crucero. Así, ellos pudieron disfrutar de su propia herencia.

El 28 de febrero se cumplía cuatro años desde que una mujer- conduciendo bajo los efectos del alcohol y los narcóticos- había sido la responsable de que la columna vertebral de Marcos se hubiera fracturado a la altura de las cervicales. El aniversario era hoy.

Todo estaba perfectamente preparado, fue meticulosa. Lleno dos vasos de agua, a rebosar. Y tras colocar en dos recipientes hondos un par de raciones de pastillas empezó el ritual suicida: una pastilla para ti, una para mí. Una para ti, otra para mí. Una tú, otra yo… Un sorbo de agua… Dos píldoras más, y otras dos más, y otras más, y más y más; y más…

 

Poco antes de que el reloj marcara las 00:30 horas del día 28 de febrero los enamorados se despidieron de la vida; sin embargo no se despidieron el uno del otro.
-Te veré en la otra vida.- Fue lo único que pronunciaron. Y las palabras retumbaron irónicas en la alcoba. Estaban felices e ilusionados porque soñaban con reencontrarse nuevamente nada más expirar… En otro tiempo; en otro lugar. Y poder vivir, otra vida diferente, menos hostil; en un Mundo sin maldad, sin pena ni dolor.