Mis amigas y yo, tras la jubilación, decidimos apuntarnos al gimnasio. Ahora sí que sí disponíamos de todo el tiempo del mundo y ya no vivíamos agobiadas ni sometidas a estrictos horarios. Los hijos estaban emancipados, y nuestros maridos… Bueno, por ahí andaban, liados con sus cosillas: que si quedar con los amigotes para salir a caminar un rato por las mañanas o echar la partida por las tardes. Que si nos vamos a ver las obras o a tomar unas cervecillas. Lo típico.
Los años no perdonan y los kilos menos. Por tanto ir al gimnasio parecía la solución perfecta para bajar los diez que teníamos almacenados de más, principalmente en las cadenas.  Nos propusimos ir al gimnasio a hacer deporte cinco días a la semana, es decir, de lunes a viernes, un par de horitas en horario matutino. La primera hora (de 08:00 a 09:00) los martes, jueves y viernes íbamos a clase de yoga, y los lunes y miércoles nos apuntábamos a espalda sana. La segunda hora (de 09:00 a 10:00) la pasábamos en la sala haciendo cardio, bien andando en la cinta o dando pedales a la bici estática.
A ver, aunque nos habíamos fijado dos horas, tampoco nos matábamos.
Realmente fue acertada la decisión. Nos resultaba divertido, charlábamos… No sé. Y luego venía lo mejor. Al terminar y tras ducharnos, nos íbamos a desayunar a una cafetería cercana. Y como estábamos hambrientas después del ejercicio y se suponía que habíamos quemado muchas calorías, nos metíamos entre pecho y espalda un desayuno brutal consistente en un tazón de chocolate con dos porras y seis churros cada una. Y como a veces nos quedábamos con hambre pedíamos también algo de bollería.
Y es que todo eran ventajas porque, como ya he dicho, matarnos no nos matábamos, pero oye, entre tanto ajetreo… Adelgazar, tendríamos que adelgazar por fuerza ¿No? Qué va. Al revés: engordamos quince kilos.

-Si es que ¡A quién se le ocurre venir al gimnasio a hacer deporte y luego desayunar como mulas!- Nos dijo uno de los monitores.- Pues vaya negocio hacéis: quemáis 500 calorías y a la media hora os metéis casi el doble en la cafetería. Ah, y con eso de hacer deporte lo mismo coméis durante el día sin control…

Jolines con el monitor, debía ser adivino porque acertó de lleno.

Y bueno, después de lo ocurrido, mis amigas y yo ya no vamos al gimnasio: quedamos directamente en la cafetería para desayunar… Porque ya que no adelgazamos ni a tiros, pues nada, qué le vamos a hacer. Además, aunque tengamos algún kilo de más, a nadie tenemos que conquistar ya… Así que, a estas alturas de la vida, qué nos quiten lo “bailao”.