Bollería de la cafetería Bala Perdida. Centro Comercial TresAguas. Alcorcón. Madrid. España. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

Tras la jubilación mis amigas y yo decidimos apuntarnos al gimnasio.
Por fin disponíamos de tiempo y no vivíamos agobiadas ni sometidas a estrictos horarios. Los hijos están emancipados, y nuestros maridos… Buueeno, ahí andan, liadillos con sus cosas: que si quedar con los amigotes para ir a caminar por las mañanas o echar la partida y tomar unas cervecillas por las tardes; que si se entretienen viendo a los obreros trabajando en las obras. Lo típico.

Los años no perdonan y los kilos menos, por ello ir al gimnasio era la solución perfecta para bajar los que teníamos almacenados, sobre todo en las cadenas.
Nos apuntamos al gimnasio con el propósito de hacer deporte cinco días a la semana. Para quemar la grasa que nos sobraba nos dejamos aconsejar por un personal trainer -lo que viene a ser el entrenador de toda la vida que ahora, con tanta modernidad, le han cambiado el nombre- y nos diseñó el siguiente plan de ataque semanal:

Martes, jueves y viernes clase de yoga de 08:00 a 09:00.
                                                                                    Lunes y miércoles clase de espalda sana (mismo horario).
                                                                                    De 09:00 a 10:00 ejercicio de cardio (elípticas o bicicleta estática).
                                                                                    Hora opcional de 10:00 a 11:00: piscina y zona de aguas.

La primera vez que vimos el plan pensamos que el chico ha de ser hombre de fe y creer, a pies juntillas, en los milagros. Porque si de verdad creía que nosotras podríamos hacer tanto ejercicio, entonces… Entonces no hay duda: cree en los milagros la criaturica del Señor.
Y bueno, si él creía en nosotras ¿Por qué no intentarlo?
Así comenzamos la puesta a punto y la operación bikini.

Pero sí, apuntarnos al gimnasio fue una decisión muy acertada.
A ver, ir, íbamos y hacíamos… Hacíamos hasta donde el cuerpo nos dejaba. Y matarnos, lo que se dice matarnos, tampoco nos matábamos.
Reunirnos en el gimnasio era divertido. Allí charlábamos, nos duchábamos, peinábamos… Luego venía lo mejor: desayunar en la cafetería.
Como estábamos hambrientas y se suponía que habíamos quemado tropecientas calorías nos metíamos -entre pecho y espalda- un tazón de chocolate caliente con churros y porras. Y si nos quedábamos con ganas de comer más pedíamos algo de bollería.
Oye, todo eran ventajas ¿O no pensáis vosotros que esto de poder comer lo que a uno se le antoje, por estar apuntado en el gimnasio, no es un chollo?Y no te lo pierdas ¡Encima se adelgaza! Porque con tanto ajetreo habría que adelgazar por fuerza ¿No? ¡Qué va! Fue al revés: engordamos quince kilos.
-Si es que… ¿A quién se le ocurre venir al gimnasio para hacer deporte y luego desayunar como mulas?-. Nos dijo el muchacho de la recepción .-Menudo negocio hacéis: quemáis 500 calorías y os metéis el doble en la cafetería. Y con la excusa de estar haciendo deporte lo mismo en casa coméis sin control.
Jolines con el muchacho, además de recepcionista debe de ser adivino. Ni que leyera el pensamiento. Dio de lleno.

Visto lo visto nos borramos del gimnasio. Y es que se llegan a unas edades en las que no se ha de perder tiempo, y menos aún intentando perder peso cuando no se adelgaza ni en broma.
Si algo hemos aprendido por experiencia es a volvernos prácticas, por eso ahora quedamos directamente en una cafetería cercana para desayunar.
Y si tenemos algún kilito de más… Qué más da.
Total, a estas alturas ya no tenemos que conquistar a nadie.