Aun no gustándome el deporte nacional del fútbol (y muchísimo menos el otro “deporte nacional español” denominado “Envidia”) por cuestiones laborales, no me ha quedado más remedio que verme -domingo sí y domingo también- en el emblemático estadio de fútbol alzado a orillas del río Manzanares en Madrid; ese que antaño estuvo enfermo, pues padeció de Aluminosis, o esos rumores corrían por ahí.

Y es que, tal como dice el refranero español: no quieres sopa, pues toma tres tazas. Eso me pasó a mí con la cosa del fútbol.

Enfundado en mi uniforme de vigilante de seguridad, y situado frente a los aficionados del Atleti, a los que por cierto, les llaman “Colchoneros” y “Sufridores” sin saber yo (después de tantos años) el por qué. Porque… Vamos a ver ¿Los colchoneros no son los que hacen colchones? ¿Acaso no son jugadores de fútbol? A ver en qué quedamos. En cuanto a lo de Sufridores, eso ya me cuadra más, ya que otra cosa no será, pero sufrir, sí que sufren sí; además por ambas partes: sufren los futbolistas y la afición ¡Si hasta sufría yo mecachis en la mar!

Y bien, ya metidos en faena, es decir, frente a los atléticos, aquella situación era digna de admirar: todos los domingos veía las mismas caras en las mismas posiciones. Era como ver un tablero de ajedrez de gigantescas piezas totalmente descolocadas. Y todos -mecánicamente- hacían lo mismo. En los primeros 45 minutos todo eran gritos y alzamiento de brazos; cánticos y algún que otro insulto. Y esto era lo único que me gustaba: los cánticos, sobre todo uno de ellos. Creo que es el himno, y dice así:

“Vamos al Atleti, te sigo a todas partes yo te quiero

vamos a dar la vuelta a todo el Mundo,

hay que ponerle un poco más de huevos, más de huevos.

Eso que dice la gente, que somos borrachos…”

Reconozco que salía del estadio con una alegría… Oye, me contagiaban y después me iba a casa canturreándola.

Y bueno, en el descanso, todo era calma: los dos amigos de la segunda fila de la izquierda comían el mismo bocadillo, como no, de tortilla de patata; el señor mayor de la esquina derecha bebía de la bota de vino, que la tenía yo más vista que el tebeo. El muchacho que ponía la pierna derecha encima del tejadillo, se sentaba para echarse un cigarrillo…

En la segunda parte del partido, volvía el griterío, las gesticulaciones, los insultos; y vuelta la burra al molino con aquello de “vamos al Atleti…” y de vociferar, que parecía que iban a desfogarse. Apostaría que muchos hombres daban allí todas las voces que no podían dar en casa a sus mujeres. Y apostaría asimismo que la mayoría ni se enteraban de las jugadas, ni del resultado final del partido, puesto que probablemente iban solamente a distraerse. Y del otro lado más de lo mismo pues contraatacaban -de cuando en cuando- diciendo: “el socio del Atleti se llama Forrest Gump”.

Pero el colmo de los colmos era ver como de las gradas la gente lanzaba rollos de papel higiénico, y luego, cuando uno quería ir al baño para hacer sus necesidades ¡Demonios! No había papel del wáter. Claro ¡Si estaba desperdiciado y tirado en medio del campo de fútbol!

¡Y qué frío se pasaba en invierno! Particularmente, los pies se me quedaban congelados tras horas de estar de pie; tenía la sensación que eran de cristal. Y tal y como le sucedía a Terminator, creía que mis pies se habían trasformado en cristal y que al caminar se romperían.

Aunque a mí no me convenza el fútbol, algo ha de tener cuando mundialmente gusta a tantísimas personas.

¿Y del Atleti? Creo que hasta “La Leti” es del Atleti.

Para terminar ¿Qué más puedo decir? Hasta Joaquín Sabina es del Atlético de Madrid. Y por ello, he titulado este escrito con aquello de: “Pongamos que hablo del… Atleti.”