Si hay algo que encuentro fascinante en una persona es que tenga la innata capacidad de poder llevar al límite a otra. Y eso es exactamente lo que me cautivaría de la película estadounidense titulada Point Break (traducida al castellano para el público español como Le llaman Bodhi).

Película de culto, y mítica donde las haya, se estrenó en el año 1991. Y veinticuatro años más tarde (2015) una nueva versión -en forma de remake- regresaba a la gran patalla para, supuestamente, volver a deleitar a los amantes del film.

Aunque a mí, particularmente, la segunda versión no me desagrada, sin lugar a dudas me quedo con la primera.

Y es de ella de la que hablaré en este artículo.

 

La trama de la película -de género policíaco y/o suspense- aúne dos mundos que, aun siendo bastante dispares entre sí, no por ello son incompatibles. Los mundos referidos son: el policial y el surfista.

De hecho, el título original da una importante pista acerca de su recreación. Porque “point break” significa literalmente “punto roto” y hace alusión a uno de los cuatro nombres con los que los surfistas designan a diversos tipos de olas.

Y pistas serán lo que habrán de buscar los agentes de policía destinados en la ciudad de Los Ángeles, a objeto de desmantelar a una violenta banda delictiva que -integrada, al parecer, por cuatro hombres que ocultan sus verdaderos rostros bajo las máscaras de quienes fueran presidentes norteamericanos- tras sucesivos atracos a grandes entidades bancarias, no dejan ni un solo rastro o vestigio que permita a la Policía llevar a cabo una frustífera investigación.

A su vez, la propuesta cinematográfica propone un mundo donde los dos personajes protagonistas, Johnny Utah y Bodhi -magistralmente interpretados por los atractivos actores Keanu Reeves y el desaparecido Patrick Swayze- irán descubriendo, para su sorpresa, que tienen en común mucho más de lo que ni siquiera ellos mismos pudieran imaginar.

El joven agente del F.B.I. (Keanu Reeves), antiguo deportista -luego de haberse podido localizar una pista en el laboratorio científico policial que sitúa, con alta probabilidad, a los asaltantes en el mundo del suf- se infiltrará entre los surfistas por recomendación de su compañero, el veterano Angelo Pappas (interpretado por el actor Gary Busey).

Tras camuflarse y adoptar “un rol surfero” pronto conocerá a un moderno y salvaje surfista (Patrick Swayze) quien ejercerá sobre Johnny, por decirlo de un modo concreto, una mística, poderosa y profunda influencia.

Entre Bodhi y Johnny se gestará una relación que irá más allá de una amistad. El surfista llevará al límite a Johnny; y lo más curioso es que el agente de policía tampoco pondrá límites de ninguna clase y se dejará llevar en todo momento por él.

Mientras que Johnny intenta averiguar quién de todos los surfistas con los que se rodea componen la banda criminal (pero sobretodo, quien de todos ellos lidera a los “ex presidentes”) se enamorará perdidamente de la hermosa Tyler Endicott (papel interpretado por la actriz Lori Petty) quien fuera en el pasado pareja de Bodhi y que asimismo vive para y por el suf.

La acción queda asegurada en esta película.

En lo personal, opino que los protagonistas son almas gemelas, condenados a encontrarse en todas y cada una de sus vidas.

Sería imperdonable, por mi parte, poner el punto y final a este artículo sin destacar su acertada B.S.O. Aunque veo la necesidad de matizar que, por desgracia, el C.D. no incluye la maravillosa composición que hizo Mark Isham titulada Love on the beach (Amor en la playa), la cual se escucha de fondo en la que es la escena más romántica y sensual de Le llaman Bodhi: la que inicia y concluye en una playa californiana.