El hada hablaba y hablaba

el duende, calladito la escuchaba:
voy a cantarte la nana
del elfo que nunca descansa.

 

“La noche se marchaba
y todo el bosque dormía.
Deja que el sereno ocaso se duerma

…No le despiertes, todavía.

El duendecito la observaba
y el hada a carcajadas se reía;
entre miradas y sonrisas
todas las flores… Se abrían, se abrían.

Yo, al elfo le preguntaba:
¿Cuál es la bella sinfonía
que recitan el sol y la luna?
Pero a mí, nadie me respondía”.

 

Y así:

el mundo se despertaba
y con él, traía Fantasía.
Y entre el alba y las nubecillas
un nuevo día nacía.