Camino del centro comercial iba feliz, disfrutando de la caminata e imbuida en mis pensamientos.
La mañana radiante y soleada acompañaba a los madrugadores como yo.
Y paralela a la carretera continuaba mi andadura hacia el destino final.
Entonces, inesperada y sorpresivamente, un ciclista que circulaba junto al resto de los vehículos, retorciendo el cuello a la derecha hacia una servidora dijo: madre mía, pero qué buena estás. Te comía el culo ahora mismo.- Tras escuchar semejante grosería y quedarme perpleja aconteció el accidente. El ciclista, luego de vomitar aquellas palabras tan lindas, enderezó de nuevas su cuello; sin embargo no le dio tiempo a reaccionar… Y lo que se comió no fue mi trasero sino la parte trasera del coche que tenía delante del morro.
Cual ave ansiosa por verse liberada, la bicicleta salió volando por los aires y acabó estampándose en el arcén, a pocos metros por delante de mí. El ciclista, un señor cuya edad oscilaría entre los 35 y los 40 años, estaba tumbado en el asfalto con medio cuerpo magullado. Un hilo aparatoso color rojo manaba de una pequeña brecha en la cabeza y la sangre de las encías de la parte superior de la boca delataban males mayores. En efecto, se le habían roto dos dientes.

Aunque mi obligación, como ciudadana, era auxiliarle confieso que la paralización que sufrí me impidió actuar.
La situación era entre cómica y dramática, al menos para mí.
Mientras seguía inerte el conductor del coche colisionado ayudaba al hombre a incorporarse al tiempo que llamaba por teléfono desde su móvil, supongo que a servicios de urgencia.
-¿Estás bien?-. Le pregunté finalmente, movida por la compasión, tras acercarme a él.
-!Vete a la mierda¡-. Fue lo que obtuve por respuesta en forma de grito que denotaba rabia y odio.

Así que -con la conciencia tranquila- continué la marcha sin importante un carajo aquella persona. Y sonriendo pensé en lo tontos que son algunos hombres.