A barco del Costa Mágica. Puerto de La Romana. República Dominicana. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

Deja que te dé un soplo de alegría, de vida.
Permite que te infunda ganas de vivir.
Déjame darte un beso, un abrazo… Una caricia.
Déjame darte eso que tanto evitas, que -contrariamente- es lo que más necesitas.
Deja que te regale una sonrisa.
Déjame enviarte un wasap o un mensaje privado;
déjame escribirte un correo electrónico desde mi ordenador personal;
deja que redacte una carta como las que antaño recibí.
Permíteme abusar de tu confianza pues -sin ánimo de alimentar mi curiosidad- quiero preguntarte:
¿cómo estás? ¿Qué tal te va?
Dame el beneplácito de ponerte una canción,
esa que tanto te gusta escuchar porque te trae buenos recuerdos;
permite que pueda comprarte el disco de tu cantante o grupo favorito;
deja que te regale el libro que buscas y no encuentras.
Deja que te obsequie con un bello poema:
hoy, voy a escribirlo para ti, con el pretexto de hacerte feliz.
Dame una oportunidad: coge el teléfono cuando te llame.
No voy a incordiarte;
no quiero molestarte o saturarte con mis insignificantes problemas.
Solo anhelo escuchar una voz familiar, la tuya. Eso es todo.
Sal conmigo a pasear por el campo, por la ciudad;
no olvides ponerte tu disfraz de soñador y llevar los artilugios para poder atrapar sueños.
Adquiere cosas que no estén en venta: compra amistad y amor; compra salud.
Te aseguro que, si hablamos de alcanzar la felicidad, no precisas nada más.
Tras alcanzar el punto álgido del alba; tras escalar hasta la cúspide,
la vida va bajándote -día tras día- por la escalera del ocaso.
Vas camino de la decadencia… Inevitablemente.
No hay marcha atrás, por ello, permíteme decir que busques dentro de ti.
Escucha a tu alma: ella no te abandonará, ni siquiera cuando desaparezcas.
Escucha a tu voz interior. Es la única que está en posesión de la verdad y nunca te engañará.
Deja que te dé un pedazo de mi corazón:
el mismo en el que -a lo largo de mi vida- he ido guardando mis recuerdos más valiosos.
Permíteme tirar al cubo de basura los trozos de cristal que conservas dentro de ti.
Permite que retire las astillas que llevas clavadas en la piel de tu cuerpo.
Déjame acariciar las cicatrices que te acomplejan;
deja que toque tus arrugas, tus defectos.
Muéstrate tal y como eres, sé natural. Quizá entonces puedas despojarte de todos ellos.
Permíteme darte todo lo que necesito que me den a mí.