Manuel, Pilar y el “jodio” gato. Foto tomada por Manuel Ángel.

Ahora que nos acercamos a las Navidades (en el pueblo sevillano de la Estepa lo están desde finales de octubre) no es que no me gusten estas fechas, ni que tenga menos espíritu navideño que El Grinch, no. Es que no me gustan mucho ciertas Navidades.

No me gustan las Navidades de reuniones familiares, por compromiso, esas reuniones en las que le ríes las gracias al personaje de turno aunque no te haga ni puta gracia; época de cenas y comidas con jefes y compañeros a los que habitualmente no soportas, y/o no te soportan pero que resulta que en estas “fechas tan señaladas”, les quieres y/o te quieren un huevo, hasta te admiran y te dicen lo bueno que eres trabajando aunque el resto del año se dediquen a apuñalarte por la espalda o a no reconocerte una mierda lo que haces; fechas de regalos que no has pedido, de felicitaciones vacías de contenido pero que, claro, por aquello del compromiso…

Fechas en las que se cena sin tener hambre o se come sin que apetezca, en las que lo único que importa es que cada español se va a gastar una media de unos cientos de euros, en cosas que casi sin lugar a dudas nadie va a necesitar y se quedarán, en la mayoría de los casos, colgadas de una percha olvidada en algún fondo de armario, en algún cajón olvidado, ese que no se abre nada más que en estas “fechas tan señaladas”, para guardar ahí todo lo que ha sobrado, en muchos casos “todo” lo comprado, regalado o recibido.

Y no, no es que no me gusten las Navidades, me gustan otras, unas Navidades diferentes, no estas; me gustan más íntimas, más recogidas, esas navidades en las que por tradición, supongo, el día de la lotería sacamos el árbol que nos acompaña desde hace años, las luces, esas que tardamos un par de horas o siete en desenredar mientras el gato se encarga de ir enredándolas de nuevo para que unos horas más tarde, y después de haber comprobado que la puñetera lotería ha tocando en cualquier sitio menos en casa y con el árbol recién puesto y encendido, el “jodio” gato lo desarme entero y esté correteando detrás de las bolas por toda la casa.

Me gustan las Navidades en las que la cena de nochebuena no tiene por qué ser especial, ni la mesa, ni los platos, ni su contenido, sino las horas que hemos disfrutado en la cocina preparando aquello que se nos ocurra y dispongamos en la nevera mientras le vamos dando un buen servicio a una primera botellita de vino y vamos picoteando de lo que hemos preparando Pilar y yo, mientras Jorge putea al gato escondiéndole las bolas del árbol, bolas que al minino le encanta tirar por los suelos; las risas, las tonterías que se nos ocurren en ese rato de cocina, los besos y los abrazos que caen entre vino y vino o aceituna y aceituna.

Me gustan las Navidades en las que para la comida del día de navidad te las tienes que ingeniar para preparar algo diferente con los restos de la noche anterior, que no nos engañemos, aunque la cena sea para tres parece que iban a comer catorce; aunque eso siga sin ser lo más importante.
Esas en las que después de comer y de que hayan pasado por casa unos cuantos colegas del chaval para llevárselo de fiesta -tras haberse bebido el vino que te quedaba, la sidra y todo lo que tuvieses en el mueble bar pues los “jodios” se beben hasta el agua de los floreros- nos recostamos los dos en el sofá, con una mantita por encima para ver la típica película navideña que programan en la tele, aunque llevemos años viendo la misma. Y quizá, además, con unas copas de sidra o de whisky, un cafetito bien caliente y una bandeja con unos trozos de turrón, unos mazapanes y unos polvorones de esos que te metes en la boca y juegas a decir Pamplona y te descojonas de risa con “la contraria” mientras el gato nos mira raro y no le hacemos ni caso a la puñetera película porque me siento bien, feliz, disfrutando de las Navidades que me gustan, no las otras.

(Escrito por Manuel Ángel).