Me duele mi propio dolor, el de los cercanos y conocidos;

incluso -a veces- me duele el martirio que padecen

los que, en algún momento de mi vida, me lo infundieron a mí.

 

Quisiera dormir para despertar en un mundo sin dolor;

pero cuando me levanto, el paisaje que veo tras los cristales incoloros

me devuelve un cansancio que me pesa en el alma

como si estuviera revestida de plomo.
La lluvia da tregua en un instante,

y los rayos de sol, me recuerdan a mis días de playa

en mi tierra natal, Santander.

Y a otros mágicos que conservo de lugares asiáticos

en Maldivas o Indonesia.

El recuerdo inexistente de un baño de agua fría entre arco iris

es el impulso -que ahora mismo preciso- para echarme a llorar.
Espero que a lo largo de la jornada,

entre nubes y claros; entre lluvias,

pueda bailar sobre la húmeda tierra cual princesa enamorada

que espera desalentada que su amor, venga pronto a recogerla,

para llevarla volando al país de las hadas.
Mientras, continuaré danzando,

creyendo ingenuamente que estoy despojada

de todos los ropajes que me incordian y molestan.
Mis lágrimas serán las que caigan del cielo;

y mi única esperanza la que me llevará a la salvación.
La salvación la hallaré en el momento que pueda trepar

por el arco iris más grande y alto que vea.

Cuando acabe la escalada finalmente,

mi corazón,

tendrá la paz que busca sin descanso.
Arriba, en el meridiano del arco iris,

entre el vértigo, el agua, los rayos de sol y las nubes,

me lanzaré al vacío cual bomba destructora.

Y lo haré con el deseo de estallar y convertirme en lo que fui y seré: NADA.