El viaje de los colores solo tiene una meta: la de la Libertad. O eso es lo que Moussa oía en las palabras que -día a día- salían de la boca de los griots.

Los griots narraban historias acerca de su país. Está situado al oeste del continente africano, lleva por nombre Senegal.

El verde, el amarillo y el rojo, presentes en la bandera que lo simboliza, del mismo modo que ocurre con el resto de las banderas del mundo, oculta una historia.

Los griots, responsables de mantener viva su historia, la habían trasmitido no solo oralmente, sino que asimismo lo habían hecho por medio de la música.

La profesión de griot pasa de generación en generación. Requiere del aprendizaje en genealogía, historia y música. Estas personas dan voz a las sociedades de África. Moussa anhelaba convertirse en uno de ellos. Cuando él fuera un griot les enseñaría a todos los senegaleses lo que significaban aquellos tres colores. Sería un significado diferente al originario: el suyo saldría directamente de su alma y del mundo de sus sueños.

 

En Thies, Moussa vivía con sus padres y sus doce hermanos. La pobreza le acompañaba permanentemente desde el alba hasta el ocaso. Aun con todo y con eso trataba de hallar constantemente el camino que le llevara a alcanzar la felicidad.

El pequeño parecía estar hecho de ébano. La piel que le cubría el cuerpo era como la canela, salvo las plantas de las manos y de los pies, que eran blancas. Por lo demás era negro como el abismo más oscuro que oculta la noche.

Los rizos azabaches de su cabello unido al espectacular brillo que destellaban sus ojos color miel, adelantaban al bello y escultural hombre en el que se convertiría Moussa. Además, este no tardaría en llegar.

 

En Senegal, no solo el hambre azotaba a la mayor parte de la población: las enfermedades, las guerras civiles y la falta de todo tipo de recursos hacía que la vida resultara un imposible. Por ello un día, el padre de Moussa reuniendo a toda su familia, les habló de la posibilidad de marcharse de Thies. En Senegal escaseaba el trabajo, allí nunca lograrían tener una buena calidad de vida.

Él deseaba que su mujer y sus hijos dejaran de pasar calamidades. Quería cambiar aquella mísera existencia por otra mejor. Para ello tendría que buscar fortuna en otra parte del mundo. Como de ninguna de las maneras iba a poner en riesgo a su familia, el viaje lo realizaría solo.

Aquella decisión sería la más difícil de su vida puesto que tendría que abandonar su querida tierra. Y algo más: debía pasar por el inmenso dolor de tener que separarse físicamente de su amada esposa, de sus hijos, de sus padres y de todos aquellos a los que le unían fuertes lazos afectivos. Debía alejarse de todos ellos… Al menos de momento.

Pero… ¿Dónde podría probar suerte? ¡Ya ésta! En otro continente, en Europa. Y más concretamente, en un país llamado España.

Aunque al principio había tenido la clara idea de realizar aquel viaje solo, finalmente cambiaría de pensamiento. La insistencia de Moussa en acompañarle fue determinante. Y el único motivo por el cual el padre accedió fue porque Moussa era su hijo mayor.

El padre de Moussa le había advertido que el viaje hasta España no sería nada fácil. Toda la travesía sería dura. Tendrían que atravesar colinas, sabanas y zonas desérticas. El cansancio, la fatiga, el hambre y la sed en exceso serían sus inseparables compañeros de viaje. Tras deambular una parte del continente, al final ¿El padre llegaría a Marruecos solo?

¡Imposible! ¿Dónde estaba Moussa?

 

     CAPÍTULO PRIMERO: VIAJANDO POR LA FANTASÍA.

 

Aquel día, luego caer la noche, el sueño se apoderaría de Moussa. A este, que todavía era mitad niño, mitad muchacho, le pareció escuchar voces infantiles que provenían del interior de una gigantesca duna. Su inquietud y la curiosidad que se apoderó de él, le hicieron aproximarse a ella.

Al llegar al borde de la misma ¡Oooh! Como por arte de magia se transformó en una pirámide de piedra y, como si se tratara de las puertas de un castillo, la cara de la pirámide que tenía delante de sus narices se abrió de par en par.

Moussa, que no daba crédito a lo que estaba pasando, con los ojos como platos, se quedó mirando al interior de la misma boquiabierto.

Un humo salía de aquélla. Era tan denso que le imposibilitaba ver lo que había dentro.

Entonces, alguien le llamó:

-Moussa, entra. Estamos esperándote. -Una voz infantil le había hablado. Salía de la pirámide y le invitaba a entrar. Y sin pensárselo dos veces avanzó hacia adelante.

Una vez que atravesó la espesa humareda se encontró con cinco niños. Todos debían de tener la misma edad que él; todos diferían entre sí.

-Hola, Moussa ¡Menos mal que has venido! Llevamos horas esperando por ti -dijo uno de ellos.

-¿Ah, sí? ¿Y eso por qué? ¿Quiénes sois vosotros y por qué de dicha espera?

-Somos los espíritus del Mundo.

-¿Los espíritus del Mundo? No comprendo.

-Es muy fácil. Todos juntos tenemos que hacer un viaje, se llama “El camino de los colores.”

-No puede ser. Yo ya estoy haciendo un viaje con mi padre.

-Sí; pero ahora tendrás que hacer este otro. Hasta que no lo termines no podrás continuar con el que empezaste con tu padre. Y su meta es La Libertad.

Moussa, que seguía sin comprender, le miró muy sorprendido.

-Vaya. Parece que sigues sin entender. Bien, te lo explicaré: el planeta Tierra tiene seis espíritus que se encargan de cuidarlo. Nosotros cinco aguardábamos por ti ya que tú eres el sexto. -Después, dirigiéndose a los cuatro niños que estaban a su lado añadió-: Mira, nosotros representamos los cinco continentes que tiene la Tierra, más “El mundo de los Hielos” que vendría a ser un sexto continente. Tú eres de color Negro y representas a África. Yo que soy de color Blanco simbolizo a Europa. Y los cuatro niños que están conmigo representan respectivamente a América, Asia, Oceanía y “Al mundo helado” por ser un Indio de color Rojo, un chinito de color Amarillo, un pequeño maorí de color Verde y un esquimal Azul. Y lo más importante de todo: los seis somos amigos; somos hermanos-. Y al terminar de pronunciar estas palabras, seis áureas aparecieron encima de sus cabecitas. Y cada uno tenía la correspondiente al color que representaba.

-¡Debemos irnos ya! -exclamó el espíritu Amarillo.

-Sí. No perdamos más tiempo -dijo el espíritu Rojo.

-¿Y adónde hay que ir? -preguntaría Moussa.

-A derrotar al monstruo de los seis ojos -dijo el niño americano. Así fue como él se enteraría de la grandísima desgracia que había acontecido. Unos extraterrestres, venidos del inframundo, se habían apoderado del planeta. Su líder, un coloso monstruoso con forma humana, había desplegado seis ejércitos de soldados. Los mismos, ocupando los cinco continentes y el mundo de los Hielos habían sometido a toda la humanidad, y haciéndoles trabajar sin descanso les tenían esclavizados.

Estaba dividido en dos partes: su cabeza era una enorme esfera que cobijaba seis ojos grises y su cuerpo era un amasijo deformado de hierros retorcidos y oxidados.

Con sus seis ojos el gigante había absorbido todos los colores del mundo. Por ello, ahora se veía en tonos grisáceos.

Estáticamente, giraba con torpeza su feísima cabeza en todas direcciones para controlar a los soldados que estaban bajo sus órdenes. Si querían liberar a todos sus hermanos de la esclavitud, los seis espíritus debían derrotarlo; pero ¿Cómo? Solo había un modo de hacerlo: cegándole.

Sin más tardar, los seis espíritus de color se dispondrían para enfrentarse en batalla al titán. Y para ello, la magia que habitaba la pirámide les ayudaría.

Así la magia, que era invisible, sacó de la nada un globo aerostático. Raudos y veloces los niños se subieron en el cesto del globo y, al momento, aquel ascendió hacia lo alto.

De repente la pirámide desapareció y el globo volando y volando, subió al cielo: les llevaba “Al bosque de las nubes.”

Nada más llegar a aquel misterio bosque, el globo, tras posarse en una de aquellas nubes de algodón, alzando el vuelo nuevamente se marchó.

Los espíritus de colores, algo desconcertados, comenzaron a buscar entre las nubes algún tipo de arma u objeto puntiagudo: si querían acabar con el monstruo necesitaban alguna de esas cosas.

Tras vagar durante un rato por las nubecillas se encontraron con un pozo de los deseos. Y como apenas era profundo podían ver con claridad el agua que contenía. Era muy cálida y plateada.

El niño del espíritu del continente de Oceanía, es decir, el niño maorí de color verde introduciendo sus manitas en el agua del pozo sacó un puñadito. Y de pronto, el agua que tenía en las manos se convirtió en una canica dorada.

Aquello prodigio debía tener algún significado. Y como los seis eran muy inteligentes, no tardarían demasiado tiempo en averiguarlo: el agua convertida en canicas les servirían como balas que utilizarían para cegar y derrotar al titán.

Desde las alturas y alineados en las nubes empezaron a lanzarle montones y montones de canicas doradas. Y al segundo de ser lanzadas, se tornaban en minúsculos meteoritos de fuego.

Tirando y tirando balas sin cesar, los niños trataban de acertarle en los ojos… Y ¡Pum! El africano le dio de lleno en uno ¡Pum! El niño del continente asiático le dio en otro ¡Pum, pum, pum y pum! El niño de raza blanca, el de raza negra, el maorí y el esquimalito le dejaron ciego de una vez por todas. Y con ello ¡Bravo! El monstruoso ser y los soldados se desintegraron, no sin antes expulsar por sus heridos ojos todos los colores. Con ello, el mundo recuperó su color y la humanidad la Libertad… Al instante, Moussa sintió que una ronca voz le hablaba… Y sin más se despertó.

 

Mousa se había quedado dormido. Lo sucedido no había sido real, lo había soñado.

Aquel sueño le dejaría marcado para siempre: la pirámide con la que había soñado le había hecho vivir una aventura fascinante y le había enseñado una importante lección. En sueños, había aprendido que la amistad era uno de los sentimientos más bellos que existen.

 

     CAPÍTULO SEGUNDO: CAMINANDO POR LA REALIDAD.

 

Desde Marruecos, padre e hijo continuarían viajando o más bien navegando, puesto que irían en un cayuco.

El cayuco, más pequeño todavía que una canoa, estaría abarrotado de africanos que, igual que ellos, iban a tierras españolas. Todos anhelaban llegar a Europa. Y de forma clandestina, tratarían de pisar suelo español.

A altas horas de la madrugada, tras haber navegado durante varios días, desembarcarían en una playa del sur de España, allá por Andalucía.

Al padre, la travesía en cayuco le había supuesto un tremendo esfuerzo. Los billetes que había tenido que adquirir para que ambos pudieran subir a la pequeña embarcación debería pagarlos con el sudor de su frente, y nunca mejor dicho: para devolver el dinero que habían costado tendría que trabajar de sol a sol. Aparte, debía abonar una ingente cantidad de dinero a la persona que dirigía la mafia encargada de transportarles.

Sabía que el viaje no había sido lícito; sin embargo, no sentía remordimientos por lo que había hecho. Solo se había encomendado a su Dios para que le protegiese, a él y a su hijo.

Afortunadamente para ellos las autoridades españolas no detectaron su presencia. Habían entrado en España ilegalmente y les quedaba mucho por hacer. Tendrían que sobrevivir, aprender el idioma, buscar el modo de regularizar su situación ya que el padre de Mousse deseaba sacar al resto de su familia de Senegal.

La senda que tenían ante sí era incolora. Los griots estaban equivocados, cuando al cantar habían dicho que el viaje de los colores solamente tenía una meta, el de la Libertad. Eso era cierto; pero el camino posterior al viaje estaba carente de color. Los colores se habían quedado en África, en los áridos desiertos, en las extensas sabanas, en las altas colinas… En su sueño.

Los colores de la bandera de Senegal eran precisamente todas estas cosas: el verde por las maravillosas colinas, el amarillo por la densidad del desierto que formaban las finas arenas, el rojo por las maravillosas puestas de sol de color sangre.

Verde por la esperanza de encontrar una nueva vida, rojo por el dolor; amarillo por las dunas.

 

Tras asentarse y conseguir un contrato de trabajo lograron vivir dignamente; sin embargo, en el poco tiempo que llevaban en España, algunas personas, las mínimas, les habían mirado sin ver, pues de la misma manera que si fuesen espectros se les quedaban mirando fijamente, como si estuvieran sorprendidos, mostrando descaro en su actitud para con ellos.

A Mousse todas aquellas miradas le hacían sentir mal. Para él aquel comportamiento no era lógico y no lograba entender su por qué.

Porque ¿Por qué le miraban? ¿Por ser distinto? ¿Porque su tez no era como la de ellos? ¿Por no tener su mismo acento? Y Mousse a su vez se preguntaba ¿Por qué muchos no son capaces de ver que soy igual que ellos ya que todos los seres humanos somos iguales?

A día de hoy, después de muchos años, todavía no ha encontrado la explicación que razone los interrogantes.

 

Mousse jamás pudo ser un griot, aunque no le importó.

Aquel hombre de raza negra fue extraordinariamente hermoso. Y al poco de llegar a España, mientras andaba por la calle, una mujer, parándole, le preguntó de dónde era y cuál era su edad.

Al momento de toparse con ella la desconfianza se apoderó de él. De nuevo las preguntas ¿A cuento de qué venían? No estaba acostumbrado a que le abordaran de aquel modo. Tratando de tranquilizarle, le dijo que era dueña de una agencia de publicidad e iba en busca de personas altas, delgadas y bonitas para hacer de ellas modelos. Moussa, aparte de tener un cuerpo fibroso, cumplía con todos estos requisitos, motivo por el cual la mujer se había quedado embelesada al verle. Rebosaba tanta hermosura que le propuso trabajar en su agencia como modelo, pues veía en él altas posibilidades de destacar en aquella profesión.

Así fue como –en tiempo récor- Mousse llegaría a ser un famoso modelo, y a ser muy cotizado en el mundo de la moda.

Tenía las proporciones ideales que los griegos de la antigua Grecia habían estipulado como canon de perfección, estableciendo que el cuerpo humano tiene que medir siete cabezas, incluyendo esta. Canon que, en la actualidad, sigue vigente.

El joven Moussa estaría expuesto, pisaría entre otras, las prestigiosas ciudades de Milán, Nueva York, París y desfilaría en todas las pasarelas. Sería portada de numerosas revistas y publicaciones, y protagonizaría cientos y cientos de anuncios en televisión.

En menos de dos años Moussa pasó de ser un hombre pobre a ser un hombre muy bien posicionado. Con los primeros sueldos que ganó retiró a su padre de trabajar, y a los tres meses compró doce billetes de ida de avión en primera clase para su madre y sus hermanos. Así, todos terminarían residiendo en España con él.

Aunque en el fondo, Moussa jamás dejó de ser el que fue, ni nunca dejó de ser un senegalés. No olvidó sus humildes raíces, ni tampoco que antaño había tenido que convivir del lado de la miseria. Por ello, donaba grandes cantidades de dinero a fundaciones dedicadas a ayudar a los más necesitados y a paliar el hambre que seguía devastando a África.

Aunque profesionalmente no fue un griot nunca renunció a sus sueños, puesto que al cabo de muchísimos años -siendo ya un viejecito- cuando se rodeaba de sus nietos, les contaba las mismas historias que cuentan los griots.

Y les narraba aquella odisea que vivió en sueños cuando deambuló con su padre rumbo a la nueva vida. Y otras muchas más que él inventaría solo para hacer felices a todas las personas que desearan escucharle.