Educada bajo las férreas ideas de la religión católica, no sé si por vocación o por algún tipo de interés oculto, la cuestión es que desde siempre quise ser monja.
Sin embargo, mis padres tenían otros planes para mí: casarme con un joven, hijo de unos amigos íntimos de mis abuelos paternos.
Este muchacho tenía muy buena posición económica. Y esa era la única razón por la que, mis progenitores -que supuestamente habrían debido velar por mí- jamás contaron conmigo para llevar a cabo tal propósito.

Y sí, para los que pensaban como ellos, mis padres hicieron lo correcto.
Aunque a mí no me preguntaron:
-Hija ¿El chico es de tu agrado? ¿Estás enamorada?
A mis padres no parecía preocupales estas cuestiones; tampoco el hecho de si yo sería feliz con aquel hombre.

Al año del plan matrimonial tuvo lugar el casorio. Y con él un infierno para mí.
El primer día que mi marido, al que nunca amé, me puso la mano encima, se inició una cadena interminable formada por eslabones. Cada escalón se unía al anterior; y cada nuevo golpe acrecentaba en mí un intenso deseo de venganza.

La cadena estaba construía por el odio, como todos mis sentimientos hacia él.
No poder concebir hijos en un útero yermo, por ser estéril, fue mi tormento; pero también mi salvación.
De un lado las palizas llegaban tras el recriminamiento en forma de frases como:
-Como mujer estás muerta y no vales para nada. Eres una inútil incapaz de darme descendencia.
Y era precisamente el no poder ser madre lo que hacía que yo no me sintiera atada a este repugnante hombre.
Bien es cierto que dependía de él económicamente y que mis padres jamás me hubieran apoyado en la hipótesis de haber planteado una separación. Pero aquello, no darles hijos ni nietos, era el castigo que la vida les había reservado a todos ellos. Porque a mí, no ser madre, no me afectaba en absoluto. Nunca tuve instinto maternal ni deseo, como mujer, de tenerlos.

Ante los ojos de mi marido yo era una persona sumisa y tonta. Él, iba y venía, hacía y deshacía libremente; en su vida no había fechas ni horas en el calendario. Entraba y salía cuando y como le apetecía. Y no se conformaba con montar timbas de poker en el hogar familiar; también subía a sus amantes solo para humillarme.
Pero a su pesar, aquel hombre nunca vio que de mis ojos salieran lágrimas de dolor o tristeza. Y eso, avivaba más aún su rabia.

El tiempo, fiel aliado de los días, meses y años, fue pasando.
Y durante todo aquel tiempo, yo tuve “otra vida”.
Y al contrario de la exhibición que hacía mi marido yo guardé las maneras y nunca di motivo de disgustos ni escándalos.
Y también, durante aquellos años, meses y días, mi mente fraguó la especial venganza.

Con cincuenta años mi marido enfermaría. Y en menos de tres meses su semblante y cuerpo serían el vivo reflejo del sufrimiento interno que padecía a causa de su enfermedad.
El deterioro, para un hombre aún demasiado joven, se hizo patente. Todo él parecía un deshecho humano; los restos de lo que queda tras una vida dedicada a los vicios.
La putrefacción destilaba por su boca y por los poros de su piel.
Y una tarde, consumido por el mal que se había apoderado de él, me preguntó:
-¿Me has sido fiel?

Nada le importaba, salvo si le había guardado fidelidad.
Ahí, haría acto de presencia la venganza.
-Sí y no-. Contesté yo-. Jamás he estado con otro hombre que no hayas sido tú. Jamás tuve pensamientos lascivos hacia otros hombres. Sin embargo debo confesarte lo siguiente: ¿recuerdas las ansias que tenías porque llegaran los sábados y domingos por la tarde? ¿Recuerdas cómo deseabas que llamara a mi mejor amiga para irme de casa? ¿Recuerdas cómo me prohibías hablar con cualquier hombre pero en cambio no te importaba que pasara horas y horas con mi amiga de la infancia?
Pues así fue. Pasé horas y horas, de amor, locura y pasión con ella.
Y si jamás me viste llorar fue porque ella supo darme el aliciente y consuelo que tanto necesité.

Mi marido, con ojos desorbitados, me miraba perplejo.
-Sé que nunca me has querido ni como mujer ni como persona-. Continué diciendo yo-. Pero no me importa. Yo tampoco te he querido a ti. Soy lesbiana, nací así. Y lo sé desde que tengo uso de razón.
-Eres una miserable-. Acertaría a decir en un susurro ahogado él.
-Es posible-. Afirmé yo-. Pero al menos yo, a diferencia de ti, he sabido lo que es el amor. Y me han correspondido, no por el valor material que pudiera poseer, no. Me han amado y aman por lo que soy.

Pasados siete días aquel ser, quien fuera mi marido, estaba enterrado.
Y yo pude, al fin, vivir junto al amor de mi vida, que no era más que con la mujer de la cual mi corazón se había enamorado siendo una niña.