Desperté sobresaltada. En plena medianoche fui alertada por el intenso calor y un fuerte olor a humo. Me levanté y, arrastrando mi cuerpo por el suelo de la vivienda como un reptil, me dirigí hacia la puerta. Pero antes de salir de mi habitación, aun poniendo en riesgo mi vida, perdí algo de tiempo porque quería llevarme conmigo mi objeto más valioso.

Fuera un escuadrón de personas observaban como “la casa de mis sueños” era devorada por las llamas. En menos de una hora el fuego se habría llevado consigo todos mis recuerdos; todas mis posesiones… Mis discos, mis películas, mis libros; mi colección de postales, los cuadros, mis puzles; mi ropa, todo mi calzado; la bisutería, los collares…
El crepitar hacía que en el interior de mi cabeza imaginara ver arder los muebles, los enseres… Todo se vería reducido a la Nada… Y de la Nada apareciste tú: ¿estás bien?-. Preguntaste. Y mientras me abrazabas lanzaste otra pregunta:
-¿Qué ha pasado?
-No lo sé-. Respondí-. El fuego me lo ha robado todo, todo menos lo más importante, esto-. Entonces le mostré a mi amor un papel.

 

Sentados sobre la arena de la playa, una tarde otoñal, Carlos me entregaría un papel:
-Toma, léelo y guárdalo para siempre-. Dijo, y añadió-. Y no olvides jamás lo que he escrito en él.

En verdad el papel es una carta de amor. Y en ella puede leerse: TE QUIERO.