Carolina con un perro en Lima. Perú. Foto tomada por Iván Gamero Olivares.

Este mediodía otoñal, mientras disfrutaba de un momento de relax junto al mar, me ha dado por pensar en el mundo de los perros.
Creo que me ha dado por pensar en ello porque acaba de hablar con una vecina del suyo. Y entre las cosas que me ha contado de su perrín, me ha dicho que a veces -cuando se queda solito porque ella y su marido se van a trabajar-, llora.
-Ay, sí. Pobrecito. Mi marido y yo le oímos llorar-. Le he dicho yo.
-Muchas veces mi marido viene antes de tiempo porque le da congoja que el animal esté llorando-. Me ha dicho la señora.

Y pensando en las veces que he oído llorar al perro de la vecina me he acordado de uno que vimos mi hijo Iván y yo en Lima, en una de las calles que desembocan en la plaza de Armas.
En agosto de 2012 Iván y yo hicimos un viaje de nueve días a Perú. Y poco antes de entrar a un museo vimos a un hombre con un perro pidiendo limosna.
El perro debía de ser viejecito, y santo. Porque su dueño le había adornado con atuendos típicos peruanos y le había puesto unas gafas de ver, y como se le cerraban los ojos y se dormía, se iba para un lado. Y el dueño, palo en mano, le empujaba con él para enderezarlo.
Y así, perro y dueño, dueño y perro, se traían un juego… Bueno, de juego nada, pues de sobra se veía que el perro no estaba para historias, sino más bien para que le dejaran tranquilo.
-Mamá, ¿Le damos dinero?-. Me preguntó mi hijo, que siempre que ve gente pidiendo limosna (o cantando y/o tocando instrumentos musicales en el metro de Madrid) les da una propinilla.
-Perdone, ¿Le importaría que mi hijo me hiciera una foto con el perro?
-No, señora; pero a cambio écheme una monedita, ¿Sí?

Y pensando en los perros, y en su mundo, he llegado a esta conclusión: creo que a los perros les debe pasar lo mismo que a las personas, que si son pequeñines y se quedan solos, lloran por echar de menos a sus dueños; sin embargo a los que son viejecillos no les debe de gustar mucho que les toquen las narices, y entre que se las toquen o quedarse solos, les gustaría estar solos.
Pero una cosa es lo que a todos nos gustaría hacer y otra lo que realmente hacemos.