Cuando el mundo me miraba con los ojos de la inocencia
un atardecer, desde mi ventana, vi un ángel.
Era terrenal, contrario a mí, varios años mayor que yo.
Con piel color aceituna y ojos marrones, tenía cabellos ondulados;
y cuando llegaban los meses estivales
sus rizos se tornaban dorados por estar sometidos a los rayos del sol.

 

Vecino de barrio, cántabro como yo,
un año cualquiera alguien me dijo cuál era su nombre:
aun así, eras un perfecto desconocido para mí y,
mientras las noches y los días se iban sucediendo
mi alma se fue lentamente enamorando de ti.

 

En las tardes de baile coincidíamos los sábados y domingos
y aunque siempre me devolvías la sonrisa cuando nuestras miradas se cruzaron
jamás salió de tu boca un Te Quiero con el que haber podido obsequiar a mi corazón.

 

Los meses fueron pasando al unísono que la propia existencia.
Yo partí a otra tierra, en busca de una nueva vida;
tú seguías coleccionando cicatrices por trabajar manualmente el oficio de carpintero.
Los años separaron más todavía a los que nunca estuvieron juntos
pues el destino no había escrito en el libro del universo
que tú y yo estuviéramos hechos el uno para el otro.

 

Tras muchas lunas, muchos amaneceres e iguales puestas de sol
el tren que antaño tuvo dos paradas distintas volvió a juntarnos en la misma estación.
Todo había cambiado, los sentimientos también.
Sin embargo hubo un breve espacio de tiempo para conversar,

para leerte algo que había escrito;

para ver en el cine la película Mensaje en una botella…
Hubo tiempo para el recuerdo de un concierto de música;
un rescatar del olvido instantes en los que estuvimos bailando…
Un segundo para pronunciar: ya es demasiado tarde, para ti, para mí, para nosotros.

 

Hace años tu historia se rompió y te volviste etéreo.
Antes tuve la fortuna de poder despedirme de ti:
el hospital Valdecilla fue nuestro escenario.
Se te veía tan cansado; la enfermedad apagó tu belleza de juventud.
Cuando el personal sanitario vino para llevarse la camilla donde estabas postrado
sacaste una de tus manos; la sostuve. Te di un beso en la frente,
y cada uno por un lado, como acostumbrábamos, simplemente nos marchamos.

Al poco, la muerte se llevó tu cuerpo.
Y con ello, te trajo la Paz y el descanso eterno.
De todo esto hace ya, muchos, muchos años;
pero por muchos que pasen,
sigues cumpliendo años.

 

Abandonaste el mundo con 33 años; y te transformarte en Ángel.
Hoy, 31 de octubre, escribo para decirte:
Antonio, feliz cumpleaños.