Las Catedrales de la playa de Aguas Santas. Ribadeo. Lugo. Galicia. España.

Esta mañana me dio por arrastrar mi cuerpo hasta abajo. Para realizar tal hazaña tuve que descender por una escalera. Debido a la ansiedad que tuve por alcanzar mi meta mi mente no fue capaz de recordar el material con el que se construyó. A la derecha se fija a una pared de piedra que está cubierta de vegetación y florecillas. A la izquierda tiene una barandilla; sin embargo yo no necesité sujetarme a ella. Tampoco precisé agarrarme a la pared.
No habían pasado ni un minuto cuando la puntera del botín negro de uno de mis pies alcanzó la arena, que ya estaba húmeda. Sin esperar a mis acompañantes corrí esperanzada hacia la orilla con el firme propósito de rodear las formaciones rocosas; sin embargo… Ya era demasiado tarde. El mar cantábrico las había inundado por estar subiendo la marea y no podría pasearme bajo los alineados y erosionados arcos. Aun con todo no desistí en el intento.
El motivo que me había llevado hasta aquella hermosa playa -sita en la provincia gallega de Lugo- no era otro más que divisar sus emblemáticos arcos.
Son los responsables de que la llamen La playa de las Catedrales. Aunque su verdadero nombre es playa de Aguas Santas.
Las olas rompían en las rocas y yo me estaba calando los pies. Después del avatar lo más probable es que tuviera que tirar los botines al cubo de la basura. Qué me importaban a mí en aquel momento los botines o que se rompieran las medias, tal como sucedió pues cuando llegué a la habitación del hotel, tras descalzarme, comprobé que estaban llenas de carreras.
En el agua avancé inútilmente, sorteando las olas. Me mojaba las piernas y me era indiferente. Trataba de meterme mar adentro, quería girar a la derecha ya que los arcos de las catedrales están detrás de las rocas que tenía enfrente. Entonces me di cuenta que me sería totalmente imposible llegar hasta ellas. El autor que escribe en las páginas del libro de mi vida había decidido
que -en mi destino, al menos aquel día- el ansiado deseo no se haría realidad. Así que regresé junto a mi amor -que se llama Carlos- y al resto de mis amigos. Juntos anduvimos por la playa entre charlas y risas, recordando alguna que otra anécdota de tiempos pasados, y haciéndonos fotos. Son imágenes que pertenecen a un instante común en nuestras vidas.
El recorrido concluyó por la parte superior, entre otros recuerdos; finalmente abandonamos el lugar.
La primavera que viene regresaremos a esta fascinante playa puesto que no he perdido la ilusión. Espero tener más suerte y poder dejar mis huellas sobre las arenas que se hallan bajo las Catedrales.