Largarto.

Raro es que un cubano se enamore de una china, pero que a una cubana le haga tilín un chino… Eso sí que es más raro que un cuadro cubista de Picasso.
Pues en la ciudad natal de mis padres sucedió.

Una primavera, a eso de las cinco y media de la tarde, una cubana de taitantos años -que había venido de Cuba para pasar tres meses en Albacete (o eso decía ella) pues al parecer, tenía entendido que Albacete era el mejor lugar de España para turistear- entró en la única tienda que a esas horas estaba abierta en la ciudad manchega, y seguramente en toda la Comunidad de Castilla la Mancha: un todo a 100 regentado por un chino.
La muchacha estaba muy sedienta y para calmar su sed pensó que en ese negocio encontraría lo que andaba buscando.
Y sí, sí. Ya lo creo que lo encontró. Porque como ademas de andar buscando una bebida para quitarse la sed, llevaba tiempo buscando el amor para quitarse los picores… No te digo más. Y es que fue entrar en la tienda y ver al chino, y el chino ver a la cubana, que las saetas de amor del dios Cupido (se conoce que el hombre también andaba por allí con su arco y sus fechas, lanzándolas a doquier) se les clavaron a los infelices, y nada mas verse, se enamoraron el uno del otro como tontos de capirote.
Y la muchacha, que estaba ciega de amor, por más que buscó en las estanterías de la tienda del chino, no atinó a ver botellas con algo para beber. Porque por culpa del amor no atinaba a ver nada. Y por tener el estómago lleno de mariposas ya no sentía ni la sed.
Y el chino de la tienda de todo a 100, que como buen chino estaba siempre al quite y vigilando, pues por algo se dice “eres más desconfiado que los chinos”, dejó de vigilar los productos de su negocio para estar al quite de la muchacha y del otro negocio.
Y aunque era muy tímido, el enamoramiento que sentía le dio mucha valentía, y echando mano por debajo del mostrador, agarró una botella de vino Don Simón. Y después de darle un buen trago, y meterse en la boca cuatro caramelos de menta, pues el chino, aun a riesgo de dejar de estar consciente por ponerse un poco piripi, era muy consciente de que el alcohol deja mal olor en la boca (más si es un vino peleón), dando un carraspeo, y aguantándose las ganas de escupir, que ya tiene mérito la cosa, no te vayas tú a creer lo contrario, dijo así:
-“Señolita”, si me da usted su “dilección”, mañana mismo le mando yo a su casa una botella con “licol” de “lagalto pol coleo”. Y si le “diela” asco el “lagalto”, lo saco yo de la botella, aunque sea a “maltillazos”, caguen la “mal”.
-Ay, mi “amol”, qué cosas tan lindas me dices-. Dijo la cubana. Y fue oír el chino eso de mi “amol” y venirse arriba exclamando:
-Ay, tú también eres mi “amol”!

Y así fue como nació una preciosísima historia de amor, o de “amol”. Porque de todas las parejas que se han enamorado en Albacete, la que más sabe de amor es esta. Porque el amor es una lengua universal, y aunque la cubana hable español y el chino, chino, y un poquito de castellano, los dos, sin apenas comprenderse, hablan muy bien el lenguaje del “amol”.

Y pasados los tres meses, el chino traspasó el negocio a unos parientes y se fue con su amor a Cuba a conocer a los parientes de su novia.
Y en Cuba se casaron. Y ni se cansan de comer “aloz” ni de decirse: ay, mi “amol”, mi “amol”.