Árbol de navidad en el barco Costa neoRomantica. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

No puedo comprender por qué algunas personas, en vez de ver cosas, prefieren comer o ir de compras.
Mi marido dice que parece que está casado con un hombre porque tengo cosas de camionero, y a veces dice que también tengo ideas de bombero. Si lo dice él que está al rabo mío todo el día, no seré yo quien le contradiga. Y ahora que dijo esto de no seré yo, si hubiera estado en la última cena y el Señor hubiese dicho a los discípulos “uno de vosotros se va a ir por ahí a ver cosillas y no se quedará al postre” yo sería quien preguntaría: ¿Señor, no seré yo? Yo paso de la comida y del shopping. Porque comer, como todos los días, pero ver cosas de un lugar específico quizá solo tenga ocasión una vez en la vida.
A las tiendas voy cuando termino de ver lo que quiero ver… Si me da tiempo. Y sino me da, ajo y agua.
Por eso yo a ver mundo que cuando estire la pata ya no veré nada. Por no ver no veré ni la caja de pino donde quiera que me vayan a meter (que tampoco, he donado mi cuerpo a la ciencia).
Esto viene porque donde estoy, que es como una ciudad flotante, están anunciando el mercadillo navideño. Nada nada, que se vayan todos al mercadillo o se queden en el buffet comiendo tres horas mientras mi maridito y yo tomamos el sol -que por algo aquí es verano y pega que te cagas- y así tendremos más sitio para campar a nuestras anchas.