La escritora y policía Carolina Olivares Rodríguez. Hotel Tryp Berlín Mitte (Meliá). Berlín. Alemania. Foto tomada por Carlos Llorente Peláez.

Es curioso que en los tiempos modernos que corren aún haya gente prejuiciosa. Y esas ideas preconcebidas -como si se las hubieran grabado a fuego- les impide ver más allá de lo que tienen ante los ojos.
Os contaré algo ¿Realidad o ficción? Tendréis que quedaros con la duda:
Hace años, tras aprobar la oposición de ascenso policial a oficial, que con tanto ahínco preparé, el estrés hizo mella en mí.
El curso de ascenso a oficial de policía se divide en dos fases: la fase a distancia y la presencial.
La materia a estudiar, tanto en plena oposición como en las fases posteriores, era bastante. Los temarios son extensos, sobre todo el de la fase presencial.
Me había preparado la oposición por mi cuenta, sin acudir a academias especializadas. No por nada, sino por no disponer del tiempo necesario. En mi caso concreto tuve que conciliar la vida profesional con la familiar. Y esto supuso otra prueba adicional a aquella particular carrera de obstáculos. Acudir al trabajo y el trabajo de llevar un hogar, con un hijo pequeño en situación de madre soltera, ya de por sí es complicado. Pero cuando el rol de madre y ejercer las funciones propias del cargo de un policía en activo se ha de compaginar con el estudio…
Pensarlo por un momento e intentar no desbordaros.
Yo no sé si me desbordé, lo que sé es que debido al estrés que padecí la arcada superior de mi mandíbula se desencajó y parte de mi pelo se cayó.
Los dolores bucales los combatí con los calmantes que me recetaría el especialista. La cuestión capilar no me preocupaba en absoluto y opté por una solución drástica pero cómoda: rapármelo.
Ni era la primera vez ni sería la última que me raparía el cuero cabelludo al uno. Incluso me he atrevido a depilarme las cejas.
Realmente los convencionalismos no fueron fabricados para mí.
Era verano y con el pelo tan cortito estaba a gusto. Me sentía muy libre, y femenina, mucho más de lo que cualquiera pueda imaginar. Porque no tengo que demostrar a nadie lo que soy. Soy mujer por naturaleza y la longitud de mi pelo no lo acredita.
Aquellos meses fueron demasiado agobiantes. Estudiaba tanto que no sé si me preparaba para seguir perteneciendo a la escala básica del Cuerpo u opositaba para obtener una judicatura. En mi plantilla había una chica gallega, le llamábamos Jose. Para mí, más que compañera era una gran amiga. Constantemente me decía que aparcara los estudios para tomarme un respiro:
-Porque te va a dar algo-. Y proponía .-Vamos a quedar para hacer cosas.
No le hice caso. Y ahora me arrepiento. Al poco se marchó destinada a su tierra, no sin antes despedirse de mí. Mis ojos se inundaron de lágrimas, los de ella también. Y cuando nuestra mirada se desbordo de lágrimas, la tristeza recorrió nuestras mejillas en forma de agua salada.
La posibilidad de compartir juntas momentos gratos se desvanecía. Y en su maleta se llevó todos los recuerdos.
Han pasado muchos años y aún la recuerdo. Debí haberle hecho caso: debí haber quedado más veces con ella. Durante un tiempo mantuvimos el contacto. Luego lo perdimos y no le he vuelto a ver.
Pero como estaba diciendo, en Madrid y por tener clima Continental, el verano es muy sofocante.
A lo sola que me sentía, pues no tenía pareja, había que añadir el agobio que me provoca el intenso calor.
Para paliar la alta temperatura suelo ir ligera de ropa, con vestidos cortos y luzco cuerpo, pues para eso lo tenemos, para que se vea. Porque cuando nos vayamos al otro barrio… ¿Qué enseñaremos? Nada. Y como eso puede ocurrir en cualquier momento y lugar pues lo que vayan a comerse los gusanos que lo disfruten antes los cristianos.
Una tarde, sobre las cinco, me dispuse a salir de casa para ir a recoger a mi hijo al colegio. Llevaba puesto un vestido monísimo con flores que le daban un toque romántico. Como tenía que cruzar la calle esperé a que el semáforo se pusiera en verde para los peatones. Y esperando, giré el cuello a la izquierda. En mi dirección venían dos personas de avanzada edad que supuse serían matrimonio. Mientras que la señora iba distraída el señor no me quitaba el ojo de encima. Estuvo escrutándome de arriba hacia abajo descaradamente, dejando patente su mala educación. Continuó mirándome, sobre todo las piernas, las espinillas; ahí pueden verse dos enormes tatuajes. Y entre mirada y mirada le dio un codazo en las costillas a la mujer. Mi madre, qué codazo le ha metido, pensé para mis adentros, poco más y la desloma.
A todo esto el matrimonio ya estaba a mi altura.
Ante tal codazo, y obligada como estoy a socorrer a los que lo necesitan, me dirigí a la mujer:
-Señora ¿Está bien? Disculpe que le pregunte pero estoy preocupada por usted. Este señor acaba de darle un codazo que me ha dolido hasta a mí ¿Es su marido? Se lo ha dado así, sin más ni más ¿Lo hace con frecuencia? Golpearle de esta manera quiero decir ¿Le maltrata?-. La mujer, tras observarme con espanto, bajó la mirada al suelo sin pronunciar palabra. Y mientras ella parecía muda, él hacía oídos sordos.
-No hija, quédate tranquila. No pasa nada-. Acertaría a decir la señora alzando la vista para buscar mi mirada.
-Bueno-. Dije yo aliviada .-Es que no me parece nada bien lo que le ha hecho este señor-. Y dirigiéndome a él, dije .-Le aconsejo que no le vuelva a lastimar, ni a ella ni a ninguna mujer-. Y el hombre, con cara de pocos amigos, exclamó iracundo:
-¡Cállate, sinvergüenza! Vaya pinta que llevas. No sé cómo no te da vergüenza salir así a la calle. Pareces una drogadicta que haya salido de la cárcel-. Y asiendo fuertemente del brazo golpeado a su mujer dijo .-Anda vamos, no sea que nos robe la cartera.
Ante la insolencia saqué del bolso la carterita donde llevo el carné profesional y la placa emblema que me acredita como agente de la autoridad, y mostrándosela al matrimonio, dije:
-Caballero, le aconsejo que mida sus palabras. Yo ni le he insultado ni le he hecho nada malo, al contrario: usted le ha dado un codazo a su mujer. Y si es capaz de darle un codazo a ella aquí, en medio de la calle, lo mismo a mí me da un guantazo. Además no me he dirigido a usted, todo mi interés ha recaído en ella. Así que le pido por favor: antes de sacar conclusiones ante la primera impresión por lo que ve de una persona desconocida, abra bien el ojo, puesto que en el hipotético caso, tal y como erróneamente creyó -máxime tras el descaro con el que ha estado mirándome- yo fuera una delincuente, hubiera corrido alto riesgo de que le hubiese apuñalado sin piedad a objeto de atracarle. Señora, un placer y cuídese. Ah, y sopese la posibilidad de cambiar de marido que en este mundo hay tantos hombres como peces en el río. Y caballero, pida cita con el oftalmólogo, de la vista no anda nada bien que digamos-. Y cruzando la calle añadí .-Vayan con Dios.
A las puertas del colegio mi pequeño, nada más verme, se abalanzó hacia mí para abrazarme y darme besitos. Al menos mi hijo me quiere por lo que soy y le es indiferente la imagen exterior que proyecto, que no es más que con la que me identifico.
(Por cierto, en ningún momento me metí yo con la indumentaria del señor pues llevaba una cuerda de esparto por cinturón).