Es curioso cómo en los tiempos modernos que corren, todavía, a día de hoy, haya gente tan prejuiciosa; y que las ideas preconcebidas que tienen en sus seseras -como si se las hubieran grabado a vivo fuego- les impida ver más allá de lo que tienen delante de las narices. Y es cierto, tanto… ¿Cómo lo que voy a escribir? No lo sé. Tendréis que quedaros con la duda.

Hace años, tras superar la oposición del ascenso policial que, con tanto ahínco había preparado, el estrés estuvo a punto de desbordarme. Y aunque no se me cayó todo el pelo, perdí bastante debido a tanta materia como tenía que estudiar. Pero no solo me provocó estrés el estudio: compaginar los estudios con mi rol de madre (mi hijo era muy pequeño y le sacaba adelante sin ayuda) fue duro y complicado.  A esto había que añadir lo que conlleva llevar una casa, escribir de cuando en cuanto…

Nunca he tenido la melena de un león, al revés: tengo un pelillo que se asemeja más a la pelusa de una rata que a otra cosa. Por esto, en aquella época decidí rapármelo al uno. No era la primera vez que lo hacía, tampoco sería la última. Era veranito y con el pelo corto estaba comodísima. Siempre me he visto bien así, mucho más femenina de lo que nadie pudiera imaginar. Como mujer que soy no tengo que demostrar lo que la naturaleza me otorgo; la longitud del pelo no establece nada.

 

Aquel verano fue muy agobiante para mí: tenía que estudiar tanto que no sé si iba para oficial de policía o para juez. Tenía una compañera gallega, se llamaba Jose; más que compañera era amiga. Constantemente me decía que dejara de estudiar y que me tomara un respiro porque me iba a dar algo. Poco caso la hice yo… Ninguno.
Estuve muy sola, no tenía pareja, y solo estudiaba y estudiaba.
Antes de seguir con lo que deseo contaros quiero que sepáis que al poco tiempo mi amiga se marchó destinada a su tierra. Vino a despedirse de mí y las lágrimas corrieron por nuestras mejillas. La posibilidad de volver a compartir los momentos gratos que pasamos juntas… Se quedaron anclados en la maleta de los recuerdos. Creo que debí hacerle caso, debí haber quedado más veces con ella.

Aunque estuvimos en contacto un tiempo… No nos hemos vuelto a ver.

Pero bueno, como decía, era verano y en Madrid -por tener clima continental- esos meses son muy sofocantes. Para soportar mejor las temperaturas suelo ir ligera de ropa, me pongo vestidos cortitos y luzco cuerpo… Para eso lo tenemos, para que se vea. Porque cuando nos vayamos “al otro barrio” nada enseñaremos. Y como la muerte acecha y nos puede llevar en cualquier momento y lugar, pues mira: lo que vayan a comerse los gusanos que lo disfruten antes los cristianos.

Una tarde, rozando las cinco, me dispuse a salir de casa para ir a recoger a mi hijo al colegio. Iba con la cabeza recién rapada y un vestido monísimo de florecitas. Tenía que cruzar la calle y estaba esperando a que el semáforo se pusiera en verde para los peatones. Giré el cuello a la izquierda. Hacia mí venían dos personas de avanzada edad que supuse serían matrimonio. Mientras que la señora iba distraída el señor no me quitaba el ojo de encima, mirándome de arriba hacia abajo con tal descaro que pensé que era un mal educado. Lo que más miraba era las piernas, quizá por estar tatuadas. Y entre mirada y mirada le dio un codazo en las costillas a la mujer: madre mía la ha deslomado. Dije para mis adentros.
Realmente me quedé preocupada, porque ¡Vaya codazo!

A todo esto el matrimonio estaba a mi altura.

Ante tal golpe y obligada como estoy a socorrer a los que lo necesitan, dirigiéndome a la mujer pregunté: señora ¿Está bien? ¿Este señor es su esposo? ¡Vaya codazo que le ha metido sin venir a cuento! ¿Lo hace con frecuencia? No sé yo hasta qué punto podría considerarse maltrato-. La señora, que se había quedado muda, me miró estampada, y él… Bueno, de él para qué hablar: si ella se había quedado muda él se hacía el sordo, como si aquello no fuera con él.

-No hija no, tranquila. No pasa nada-. Dijo finalmente la mujer.
-Bueno, pero que sepa que me angustió ver cómo este señor ¿Su marido, no? Pues eso, me angustió ver que le haya dado un codazo por las buenas. Así que caballero, le aconsejo que no vuelva a lastimar a su mujer-. Y el hombre, con cara de pocos amigos, exclamó:

-¡Calla sinvergüenza, vaya trazas que llevas! No sé cómo no te da vergüenza salir así a la calle. Menuda pinta de drogadicta tienes, parece que hayas salido de la cárcel. Anda, vamos, no sea que nos robe la cartera-. Ante tanta mala educación, ni corta ni perezosa, saqué del bolsillo la cartera donde llevo mi carné profesional y la placa emblema, y, mostrándosela al matrimonio dije:

-Caballero, le aconsejo que mida sus palabras. Yo ni le he insultado ni le he hecho nada malo, al contrario: usted le ha dado un codazo a su mujer en mitad de la calle. Y si es capaz de darle un codazo lo mismo a mí me da un guantazo. Además en ningún momento me he dirigido a usted: todo mi interés ha recaído en ella. Así que le pido por favor, que antes de valorar a una persona por lo que ve, sin conocerla, se ande con ojo, puesto que si en el hipotético caso, tal y como usted erróneamente creyó -máxime tras las miradas descaradas con las que ha estado escrutándome- yo hubiera sido una delincuente, posiblemente hace rato le hubiera dado una puñalada y le habría robado la cartera. Señora, un placer haber hablado con usted. Cuídese del codazo y vaya pensando cambiar de marido. Caballero, vaya a un oculista porque de la vista no anda nada bien. Así que nada, vayan con Dios-. Con la misma crucé la calle.

A la puerta del colegio mi pequeño, nada más verme, se abalanzó hacia mí para abrazarme y comerme a besos. Al menos mi hijo me quiere por lo que soy y le es indiferente la imagen exterior que proyecto, que es, ni más ni menos, con la que me identifico.

(Por cierto, en ningún momento me metí yo con la indumentaria del señor pues llevaba una cuerda de esparto por cinturón).