La sociedad, o mejor dicho, las personas, tendemos a catalogar de locura lo que no somos capaces de comprender. Oímos o vemos algo que no entendemos y automáticamente le ponemos la etiqueta y decimos o pensamos: qué cosas dice, qué cosas hace. Está loco.

Voy a intentar ser coherente (a ver si lo consigo). Yo escribo, leo y hablo una sola lengua: la castellana. Voy a aplicar esta regla: si oigo hablar a un chino… ¡No le voy a entender! Tampoco a un francés, a un senegalés… Y así. Con todos y cada uno de los miles y miles de idiomas (y dialectos) que hay en el mundo. Por tanto, todas esas personas que hablan senegalés, francés o chino están locas de atar… Como no las entiendo…

Realmente esto es de una absoluta incoherencia (y tal vez, ahora, la que no esté en sus cabales sea yo).

 

Que no sepas interpretar las cosas (un lenguaje sin ir más lejos) no significa que no tenga lógica.

Que no puedas llegar a comprender lo que un poeta trasmite en su sentimiento no le convierte en loco.

Que no sepas apreciar la obra de un pintor no es sinónimo de incoherencia.

A veces sucede que lo que ignoramos, asimismo es tildado de locura. Nuestro planeta, el universo, fue creado por “alguien o algo”. Personalmente ni he logrado desvelar las incógnitas de la existencia humana ni del por qué estamos aquí; tampoco sé dónde empieza y termina el cosmos. Pero no por ello considero que su creador haya perdido la cabeza.