Pretty plump woman posing like a SuperStar. Pinup illustration. Vector image.

De antemano sé que lo que voy a contaros va a resultar cómico; en cambio las reiteradas situaciones que provocó no fueron nada cómicas. Al revés, fueron desagradables y tuvieron un toque dramático.
Pero ahora, a toro pasado, vosotros lo vais a ver desde la misma perspectiva que lo vemos nosotros dos. Y nosotros dos somos mi marido y yo, osea, Carlitines y Anchoíta (o la Carola).
Sin más dilaciones, narró así:
En un lugar de Alcorcón, municipio de la comunidad autónoma de Madrid (España) de cuya avenida, portal, piso y puerta ¡Es que ni acordar quiero ya! Vino a vivir una muchacha de las que los maleducados llaman despectivamente foca, pues para una altura de metro cincuenta y cinco vendría a pesar noventa kilos (eso en seco claro, mojada pesaría algo más). Aunque más que foca era como una cigüeña, por lo desproporcionada que estaba. De cintura para arriba era oronda como las estatuas de Botero; y de cintura para abajo tenía unas piernucas finas como alfiles.
La mujer, de cabellera corta y rizada, con un intenso color rubio platino de bote, tenía la desgracia de no ser agraciada de cara (vaya, que era de esas que al encontrártelas por ahí hay que mirarla dos veces. Porque así, de primeras, aparte del susto que te daba, tenías que volverla a mirar para verificar que, en efecto, era ella).
Esta vecina vivía sola, su casa está encima de la nuestra. Y como estaba en edad de merecer (de aquellas tendría 27 o 28 años) buscaba varón con el que
compartir su vida. Y supongo yo que también, y por qué no -ya que nada malo veo en ello- necesitaría que le aliviaran las partes bajas y le calmasen los picores, pues esos picores, qué contradicción, joden más que cuando están jodiéndote para calmártelos.

La convivencia en el bloque de viviendas, aun con sus altos y bajos -pues siempre hay vecinos “polculeros”- era cordial.
Y desde que se mudara la muchacha de arriba, nunca anteriormente habían surgido graves altercados y/o conflictos.
Y hasta aquí, todo correcto.

Sin embargo la vecina conoció a un hombre, y con él llegó nuestro sin vivir, o mejor dicho, nuestro sin dormir.
El muchacho -natural de un pueblo de Albacete- era una cuarta más bajito que ella, y muy delgadito. Y tenía unas barbas muy espesas, como el estropajo, tipo al profesor Bacterio. (Para quien no sepa quién es el profesor Bacterio, léasen cómics de Mortadelo y Filemón -agentes secretos de la T.I.A.- que molan más que los pimientos de padrón. En sus viñetas verán al profesor Bacterio, y ya de paso a Ofelia, que casualmente era clavadita a la vecina).

El muchacho era zapatero y trabajaba de lunes a viernes, en jornada de horario partido, librando los fines de semana y los festivos.
Estaba divorciado de la que la vecindad cuchicheaba había sido su quinta mujer. Y como con esta última había tenido un hijo, uno de cada dos fines de semana hacía las funciones de padre en la ciudad de Cuenca, que dando liberado de la obligación familiar el siguiente fin de semana. Y ese, aprovechaba para estar con su novia por lo que se venía en una furgoneta verde botella para pasar juntos el sábado y el domingo.
Y esos fines de semana la paz que habitaba en nuestro hogar al caer la noche se iba a pique. Y es que eso era lo que parecía, que se nos iba a caer la noche encima de la cabeza ¡Y el techo de la casa, con la lámpara y todo! Y las paredes, y la habitación entera ya que juraría que se movían los pilares del edificio. Porque la vecina, en el silencio de la noche, cuando el manchego le hacía el coito, gritaba una retahíla de ¡Ay, ay, aay, aaaaay!
Que digo yo, a qué venían esos alaridos en plena madrugada, que ni los mulos cuando les muelen a palos, pobres criaturas, gritan así.
Esos alaridos lo único que denotaban era que quería que todos los vecinos nos enteráramos que estaba echando un polvete, que no se “paqué”. Porque de las cosas íntimas que uno hace nadie tiene por qué enterarse, salvo los interesados que hacen la faena. Porque aunque ni en la mesa ni en la cama haya que tener vergüenza, algo de vergüenza hay que tener (aunque sea la vergüenza torera). Porque lo de la “intimidación” es privadísimo; y hay que joderse para no peerse, pues a quién le importa si uno mea, pee o caga. Porque yo no veo a ninguna persona ir por la vida con un letrero en la frente que ponga: hoy cagué un truño, gordo como un demonio de Pernambuco (por poner un ejemplo).

Ya le dije una vez: a ver hija ¿Puedes explicarme por qué gritas así? ¿No ves que no nos dejas dormir? Pero antes que me contestara le dije: claro, berreas por las noches mientras te zumba el otro porque eres una desgraciada, y una folladora, que solo te echan polvos los fines de semana alternos, y el resto de los días pasas más hambre que los pavos del tío Alegría. A ver cuándo normalizas la situación y comienzas a tener relaciones con más frecuencia, y así lo ves como lo más normal del mundo, y no como algo excepcional; y te dejas de tanto teatro. Y ya de ser una folladora, lo eres con todas las de la ley. Además, para las cosas del joder no hace falta gritar, que parece que quieres impresionar al muchacho. Y con tanto grito lo único que vas a conseguir es que se quede sordo y que se descentre al hacerte el coito, y ya no sepa si te tiene que hacer el “coíto” o el manquito.

Ah. y eso del que pasaba hambre era verdad. Porque la muchacha metía menos que Pikachu, que ya es decir. Por no meter, ya no metía ni miedo…
… Y no, no metía miedo porque ya no asustaba verle la cara, pues no habiendo pasado demasiado tiempo se puso en manos de un cirujano plástico que le hizo unos arreglillos -tanto en rostro como en cuerpo- y quedó la chica muy ‘apaña”, todo hay que decirlo.
Y las cirugías fueron nuestra salvación. Fue operarse -y dejarla el médico hecha una Nancy- e irse los alaridos nocturnos.
De verdad lo digo, nunca imaginé que me alegraría tanto ver embellecer a alguien.

Y bueno, Carlitines y yo volvimos a dormir por las noches, sin oír gritos ni sentir retumbamientos, que ya nos veíamos tirando de los ahorrillos de la hucha y llamando a un albañil para que apuntalara la vivienda.
Y antes de terminar me queda por contaros una cosa más. Y es que el portero me contó que la vecina de puerta de esta muchacha le había dicho que las cirugías le habían pasado doble factura: la esperada que le dispensaron en la clínica de cirugía estética y una inesperada, a modo de efecto secundario.
Y es que de saber que tanta belleza iba a quitarle “la alegría” no habría pasado por el quirófano. Y también me enteré -esta vez de boca de la presidenta de la comunidad- que el manchego se había sometido a una vasectomía. Y que desde entonces, le había pasado como a los cabritillos cuando les capan, que al caparlos dejan de brincar y de corretear por la era.
Y bueno, lo importante: la folladora de arriba ha dejado de dar “pol” saco y mi marido y yo estamos muy a gusto.