Una semana antes de que mi amor y yo nos fuéramos de viaje a las Azores, Héctor, su mejor amigo le pidió: oye ¿Me harías un favor, tío? ¿Me traerías un imán de las Azores? Es para dárselo a la parienta. Últimamente andamos como el perro y el gato y como colecciona imanes… Si vieras como tiene la nevera, está abarrotada. Pues eso, te agradecería me trajeras uno de allí para regalárselo. Quizá se calme el mal rollo que hay ahora mismo entre nosotros. No sé, se me ocurrió por eso. Cómprame uno que veas por ahí, uno cualquiera. Luego yo te lo pagaré.

Mi amor, aunque tomó buena nota del recado de su amigo Héctor, de buena tinta no le compraría el imán. Pero ¿Por qué? Si el chico es su mejor amigo ¿Por qué no traérselo? Por nada especial: simplemente porque él no da importancia a este tipo de cosas, y aun anotándolo en su agenda personal, lo olvidaría por completo una vez estuviera en el destino, alejado de la monotonía del día a día. Sin embargo, yo sí lo recordaría y lo tendría muy en cuenta. Yo le compraría el imán a Héctor, aun estando bastante dolida con él ¿El motivo de mi dolor? Sencillo: aunque apenas me había tratado (solo había coincidido conmigo dos o tres veces) me había puesto la etiqueta de “borde”. Y por boca de mi amor sabía que no le caía bien.
Héctor y yo no habíamos cruzado una sola palabra. Y en los encuentros me había mostrado seria y distante debido, entre otras circunstancias, a mi timidez.

Para bien o para mal mi marido y yo compartíamos confidencias. Por tanto yo era conocedora de la situación matrimonial de su amigo. Actualmente la relación entre Héctor y su mujer hacía aguas. La falta de comunicación entre ellos y el hecho de que el chico no fuera cariñoso con ella había tensado la convivencia. Pero no solo estos factores eran los responsables de sus problemas: la chica era extremadamente celosa de la amistad que tenía con mi marido. Y como Héctor -cada vez que le hablaba a su mujer de mí- me ponía a bajar de un burro, acrecentaba su mal estar. A ella no le gustaba que su marido hablara mal de ninguna mujer. Con el añadido, en este particular, que las críticas recaían sin piedad sobre la mujer de su mejor amigo:
-¿Por qué le criticas si no sabes nada de ella?-. Le había preguntado en varias ocasiones. Héctor nunca le había respondido.

Mi amor y yo nos fuimos a las Azores. Allí nos despreocuparíamos de todo y nos dedicaríamos a descubrir los recónditos rincones de este maravilloso destino.

Los días que duró la estancia en Portugal la agenda de mi marido no salió de la maleta; sin embargo yo recordaba el encargo de su mejor amigo. Así que al día siguiente de tomar tierra le compré el imán más bonito que vi. O al menos, el que más me gustó a mí. Y lo guardé dentro de la maleta, junto a la agenda de mi amor.

Ya en España, mientras deshacía el equipaje, le dije a mi marido:
-Mañana cuando veas a Héctor, acuérdate y llévale esto-. Y dándole el imán añadí-. Seguro que ni lo recordabas…
-Pues la verdad que no, para que te voy a decir lo contrario-. Contestó con la inocencia de un niño.

Al día siguiente mi amor quedó con Héctor. Y nada más verle le dio el imán:
-Gracias tío. Ya sabía yo que tú no me fallarías y me lo comprarías. Me has hecho un favor de la hostia. Y bueno ¿Qué tal la escapadita? Fijo que la perra de tu mujer te ha estado amargando las vacaciones…
-Te equivocas-. Le interrumpió mi marido-. Mi mujer no me amarga nada, ni las vacaciones ni la vida. Al revés: me la endulza. Y la verdad, no sé por qué hablas de ella así.
-Perdona tío, no sé… Parece tan estúpida.
-¿Estúpida? ¿Cómo puedes tildarle de estúpida si no la conoces?
-Ya, es verdad. Perdona-. Héctor estaba cortado, no sabía qué responder al que también consideraba su mejor amigo.
-Héctor: mi mujer tiene problemas de percepción cognitiva debido a un trastorno mental. Eso hace que esté insegura ante los demás. Sin motivo aparente se siente atacada y sufre lo indecible por ello. Yo la quiero mucho y en absoluto me agrada que hables mal de ella.
-No lo sabía. Lo siento.
-Ahora que lo sabes espero tengas en cuenta que la apariencia de las personas oculta realidades. También quiero que sepas que yo no te he comprado el imán para tu mujer: te lo ha comprado ella.

Cuando Héctor llegó a casa lo primero que hizo fue darle el imán a su mujer. Ella, al verlo, se alegró sobremanera, y tras colocarlo en la nevera, se abalanzaría al cuello de su marido para colmarle de besos:
-Niña, tenemos que hablar-. Le dijo Héctor sin más.- Y sentándose en las sillas de la cocina le contó todo lo que su amigo le había confesado al respecto de la enfermedad de su mujer. Asimismo le confesó que él le había encargado a su amigo el imán:
-Pero no lo compró él, sino ella, su mujer.

La mujer de Héctor escuchó con interés todas sus palabras. Y mientras las escuchaba su corazón fue vaciándose de los absurdos celos y dio paso a sentimientos de amor, gratitud y felicidad.
A partir de aquel día la convivencia entre Héctor y su mujer mejoró y su relación se afianzó.

 

Mi Amor y Héctor siguen siendo “los mejores amigos del Mundo”. De cuando en cuando organizan cenas a las que asistimos nosotras, sus esposas. En la primera que celebramos la mujer de Héctor y yo -que no nos conocíamos en persona- congeniamos e iniciamos, a su vez, una amistad. Aquella misma noche su amigo me pidió perdón al tiempo que me daba las gracias. Porque la recompensa vino tras la falsa apariencia