Quienes duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma condición.

Hablando con una amiga de Santander de los problemas matrimoniales -pues los hombres y las mujeres somos muy distintos por naturaleza- le comenté que yo suelo cantarle a mi marido, a Carlitines, una canción que me inventé hace tiempo:
-La condición y el colchón. Y el colchóoon, y la condicióoooon.
-Ja, ja, ja-. Rió ella al escucharme cantar.
-Pues eso mismo digo yo, María, ja, ja, ja. Pero es que tengo entendido que “quienes duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma condición”. Y no. Porque yo llevo más de una década durmiendo con Carlucos y no hay manera. Así que la conclusión de que falle la condición en mi caso es porque mi colchón está estropeado. Y como el último que compramos aún está en garantía, voy a ir a la mueblería, no sea que nos hayan engañado.
Porque nuestro colchón no nos ha vuelto de la misma condición. Porque cuando yo digo blanco, él dice negro; si yo tengo calor, él tiene frío; si yo quiero comer salado, él quiere comer dulce; si yo propongo ir a la montaña, él propone ir a la playa; si yo digo de ver una película de terror, él dice de ver una de risa.
Y así de continuo.
-Ja, ja, ja.
-Tú ríete de mi desgracia, María.
-Ay, Carolina. Ja, ja, ja. Me río porque a mí me pasa lo mismo con el mío, estamos como el perro y el gato. Y me siento identificada contigo.
-Pues mira a ver que la garantía de tu colchón no esté caducada y que te lo cambien.
-Ay, Carolinuca. Ja, ja, ja.
-¿Pero se puede saber por qué te sigues riendo tanto, Mariuca? Para que lo sepas, yo quiero mucho a Carlitines y Carlitines me quiere mucho a mí.
-Ya, ya. Lo vuestro tiene arreglo pero lo mío… No sé yo. Porque lo que yo tengo que cambiar no es el colchón, sino el marido.
-Ja, ja, ja.
-Sí, sí. Porque nosotros también nos queremos… ¡Nos queremos ver lejos el uno del otro!