Monte de Piedad. Madrid. España. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

Tras depositar -con mano temblorosa- el anillo de oro en la mesa del mostrador preguntó: ¿cuánto?
El trabajador de Monte de Piedad de Madrid, después de observar con sorpresa a la persona desaliñada que tenía frente a sí, tomó el objeto de valor.
Aquel anillo -que realmente era un sello- debía haber costado una fortuna.
-Trescientos euros es lo máximo que puedo darte por él-. Contestó pasado un tiempo indeterminado.
Aun a sabiendas que el anillo de su difunto y querido padre valía mucho más, el hombre que había irrumpido ansioso en el lugar no dudó en empeñarlo por la cantidad propuesta.
Al sentimiento de ansiedad que invadía su cuerpo se sumaba la culpabilidad. Por encima del valor económico del sello estaba otro más importante: el sentimental.
Empeñarlo era un acto miserable; sin embargo lo hizo.
Al cobijo de varios cipreses su particular heroína le acompañaba en la hora final. El polvo blanco, disuelto y de extrema pureza, le liberaría para siempre de una existencia sin sentido.
Antaño, la misma vida que no quería vivir le arrebató a su pequeña. Solo tenía tres meses cuando la muerte súbita se llevó consigo a su amada hija Piedad.
La aguja se clavó en su brazo… Una leve molestia bastó para estallar en un éxtasis de placer. Y todo el dolor desapareció para no volver.
Héctor era compositor. Luego de haber logrado éxito a nivel nacional no pudo disfrutar de la felicidad como debiera: el fallecimiento de Piedad le llevó directo a una depresión; y a la heroína. Y a la ruina.
Cuando los directivos de Monte de Piedad tuvieron noticias de la fatalidad no dudaron. Tras contactar con la familia del artista devolvieron a sus legítimos propietarios el anillo.
Porque la piedad habita en el corazón de todos los seres humanos.