Tras depositar, con mano temblorosa, el anillo de oro sobre la mesa del mostrador, su actual propietario simplemente preguntó: ¿cuánto?

El trabajador de Monte de Piedad de Madrid, después de observar con sorpresa a la persona desaliñada que tenía frente a sí, tomó el objeto de valor: aquel anillo -que realmente era un sello- debía haber costado una fortuna.

-300 euros es lo máximo que puedo darte por él-. Contestó pasado un tiempo indeterminado. Y aún a sabiendas que el anillo de su amado padre valía muchísimo más, el hombre que había irrumpido ansioso en el lugar, no dudó ni un ápice en empeñarlo por la cantidad propuesta.

Al sentimiento de ansiedad que invadía su cuerpo se sumaba la culpabilidad. Por encima del valor económico del sello estaba otro más importante: el sentimental.

Empeñarlo era un acto miserable; sin embargo tuvo que hacerlo.

Al cobijo de varios cipreses su particular “heroína” le acompañaba en la hora final. El polvo blanco, disuelto y de extrema pureza, le liberaría para siempre de una existencia sin sentido.

Antaño, la misma vida que no quería vivir le había arrebatado a su pequeña. Solo tenía tres meses cuando la muerte súbita se llevó consigo a su querida hija Piedad.

La aguja se clavó en su brazo… Una leve molestia bastó para estallar en un éxtasis de placer. Todo el dolor desapareció para no volver jamás.

Héctor era un afamado cantautor. Luego de haber logrado fama a nivel nacional nunca pudo disfrutar de la felicidad como debiera: el fallecimiento de Piedad le llevaría a caer en los brazos de la depresión; y a los de la Heroína.

Cuando los directivos de Monte de Piedad tuvieron noticias de la fatalidad no dudaron. Tras contactar con la familia del artista devolvieron a su legítimo propietario el anillo. Porque la piedad habita en el corazón de todos los hombres.