Veleta.

¿Que tendrán los gallos? ¡Qué tendrán! Casi no se había inventado el mundo… (En cambio sí existía la misa del Gallo).

Enrique Sierra, guitarrista de Radio Futura.

Y sí, ahí estaba el gallo, en lo alto de una colina, con su cresta.
Como las crestas imposibles de fantasía del que fuera guitarrista del grupo de musical de rock español Radio Futura. Estuvo en la cresta de la ola en la década de los años 80 (y 90). Y con razón.
Estos artistas tocaban unas canciones ¡No se las salta un gitano! Sobre todo la titulada El canto del gallo.

Galileo, Galileo…

Oh, el gallo es inspirador. Juraría que cuando las voces de los componentes de Queen cantan en Bohemian Rhapsody: Galileo, Galileo… Evocan al canto del gallo.

Y sí, ahí estaba el gallo, en medio de la nada, puesto en la cima de la colina, que esa es otra, porque quién sabe, lo mismo la colina era la colina del Gallo y no era una colina sino una cordillera y estaba en alguna de las crestas, o de los espolones.
¿Espolones? Qué barbaridades digo a veces. Me extraña que a esas crestas lleguen los gallos (por esos peñascos solo andan las cabras, pero bueno).

Y sí, por tercera vez, ahí estaba el gallo (que lo mismo ya se marchó. O le salieron telarañas de tanto esperar).
Pero no, este gallo mío, que por cierto se llamaba Rodolfo, estaba allí, esperando; y estaba vivo y era muy vivo.
Y de las infinitas razas de gallos que hay, para mí, el mío, es el más bonito.
Y como ya habían pasado muchos años, meses, días; segundos, minutos, horas, y casi veinte siglos, en la colina solo quedaban las huellas fosilizadas de mi gallo.

Gallo portugués meteorológico.

También tuve uno portugués meteorológico, que cambiaba de color según cambia el clima.

Leyenda del Gallo de Barcelos.

Y otro que fue gallo de pelea en Cuba y en la República Dominicana (en la mayoría de los países latinoamericanos la pelea de gallos es un deporte legal).
Era igualito al gallo de Portugal, al Barcelos; muy colorista, algo folclórico, y flamenco. Flamenco era el tío un rato largo pues le gustaban los toros más que a un tonto un sonajero. Y el boxeo mira tú, el boxeo le chiflaba. Y ni faltaba a las corridas de toros cuando toreaba algún matador de la familia que se apellida Gallo, o alguno de los apodados como Gallo o Gayo, ni se perdía los combates en los que competía un colega suyo -un gallo que está estampado en las libretas de los pasaportes argentinos- que para más señas, vivía en el centro de la capital de España y perdía aceite.
El palomo andaba de psicólogos por ser un incomprendido socialmente, pues ser de la acera de enfrente, de aquellas, no estaba bien visto.
Encima, como quería llegar al peso gallo, y por más que entrenaba y se esforzaba y peleaba, no lo lograba, parecía estar atascado en la categoría de peso pluma. Esto le tenía cabizbajo ya que, además de perder aceite, tenía pluma para dar y tomar.
Pero ni le dio por beber ni por tomar drogas, ni darse a la mala vida. Tampoco se tiró a la vía del tren: se tiró al taquillero que trabajaba en la boca del metro de Chueca y se tatuó un gallo en el pecho.

Y allí estaba mi gallo, siempre con el pescuezo estirado -incluso desplumado mantenía el tipo y no dejaba de ser un divo- ejerciendo de modelo para el que pensó: bueno sería poner la silueta de un gallo en las veletas para no perder el norte. Queda de lujo; y el que pensó esto, lo bordó.

Y en aquellos tiempos en los que la noche
cubría las 24 horas del día el aura del planeta
mi gallo cantaba su quiquiriquí en pose de malo, malote.
como avisando: “cuidao” conmigo que tengo más peligro que un mono con escopeta… De feria, o de lo que sea.

Y en aquellos tiempos en los que se pintaba en las paredes de húmedas cuevas, y el urogallo pateaba libremente por la cornisa cantábrica.
Y los politonos y el soniquete de los despertadores estaban en las hueveras de sus creadores, nadie imaginaba que los gallos se bordarían en delantales, manteles, servilletas; fulares, pañuelos; mantillas, mantones; en cojines y ropa de cama.
Y anteriormente se pintaron en botellitas, jarroncitos, juegos de café, platitos, teteras, vajillas y un largo etcétera; y más tarde sirvieron de inspiración al mundo del arte. Y dibujantes, diseñadores o escultores lo tomarían como musa. Por ello los vemos en accesorios; banderas y banderines; felpudos, mantas, toallas; bufandas, gorros, guantes…
Porque dan más juego que los juegos inspirados en gallos y que todos los juegos del mundo.

El gallo es universal, está en todas partes; y en cuanto te descuidas se cuela en tu cocina. A costa de él se han hecho montones de recetas, que están recopiladas en libros de recetas de cocina. Y lo puedes guisar de mil maneras distintas.
Y sí. El gallo no solo acapara la cocina. En el tema culinario extendió las patas cosa fina. Y lo encontramos en una famosa marca de cereales, en otra famosa marca de pasta ¡Si hasta hay un pez que se llama gallo!
Ah, y para que lo sepáis: en Cantabria, mi tierruca, a este pescado le dicen ojitos.

Ojitos.

Hablando de libros, el gallo es el indiscutible protagonista de leyendas. Millones y millones de veces ha sido el perfecto personaje de cuentos infantiles y de películas de animación, y de refranes como el que dice: cuando el gallo no canta, algo tiene en la garganta.
También pongamos aquí al gallo Claudio o la colección Los cuentos del gallo Kirico. O al gallo de los músicos de Bremen.

Cuento del gallo Kirico.

Y sí, el gallo es omnipresente. Y de venir extraterrestres -en un futuro no muy lejano- en una nave espacial, se llevarían de recuerdo un despertador en forma de gallo para que les despertara al alba con su cantarín canto. Y compararían un teléfono móvil para escuchar el canto del gallo cuando entrara una llamada, una notificación en redes sociales, un wasap…
Y sí. Si vinieran los marcianos retornarían al espacio sideral diciendo: pues si que hay cosas en este planeta llamadas Gallo, caguen la luna.
Hay bares, discotecas, pubs, locales de alterne; bodegas, restaurantes, tabernas, tascas; hostales, hoteles, pensiones, posadas; academias, escuelas, fábricas, museos, tiendas, torres; avenidas, calles, parques, paseos, plazas; incluso una marca deportiva de ropa francesa.

Busto de Julio César.

Por alusiones, decir que la camiseta oficial de la selección nacional de fútbol del país galo es el gallo.
Por algo Francia, en tiempo romanos, se llamó Galia o La Galia y a los franceses de les decía galos (o los galos). Y es que Galia deriva de la palabra latina gallus, que traducida al castellano significa gallo.
Repasemos la historia y traigamos a nuestra memoria a Cayo César, o Gayo César -ambicioso militar y político- conquistador de grandes imperios y amores, como la fémina Cornelia (por cierto, Ave María o Ave César, el nombrecito que le pusieron a la bambina).
Y sí, Julio César fue cónsul de varias provincias galas. Por eso a su nombre le predecía Cayo o Gayo. Por tanto, Julio César fue el Gallo. Y lo fue doblemente, como los gallos, que son los amos del corral y de las gallinas.
De aquí el origen de decir “eres un gallito” y “se las lleva de calle” al que se envalentona y/o es un Casanova.
Y digo yo que por todo esto el gallo sea el símbolo de Francia.

Sí, en España estamos rodeados de gallos.
Y sí, los gallos es lo que más me gusta de la vida. Por ello antes de tener a Rodolfo me compré un disfraz de gallo; y antes de tener el disfraz inflaba un guante de plástico y me lo colocaba en la cabeza.
Y sí, hay cientos y miles de cosas con las que se podrían escribir miles de cuentos y cientos de historias. O un relato que englobara a todos los gallos y se titulara Historia de Gallos.

Y si algo de esto te ha robado una sonrisa
ándate con ojo, vida mía
no sea que de la risa, y en menos que canta un gallo,
te salgan patas de gallo.

Si el domingo fueras de boda
ponte un elegante traje en blanco y negro de pata de gallo.
Y si en el menú hubiera gallo en pepitoria,
acompañado de patatas y longaniza,
no comas con ansia viva
no sea que te dé un desmayo, o peor aun, un infarto.
Tras el banquete, no bajes la guardia
que después del convite ¡Hay que echarse unos bailes!
Y de no llevar calzado apropiado, otro gallo cantaría:
los pies se te pondrán llenos de ojos de gallo y te dolerán un huevo.

Gallo cantando.

Tras el bailoteo, mira tú por donde toca cantar.
Pues cuidadín aquí con desafinar
no sea que llenes la pista de baile
con no sé cuántos gallos que te salgan del gañote.
Entonces, para qué queremos más.
Y ya si te vienes arriba,
como si fueras el gallo de la colina,
dale ahí bien al karaoke y al gran repertorio de temas que citan al gallo.
De seguro te aclamarán gritando: ¡eres el quiquiriquí de la fiesta, el rey del Mambo y el dueño del cotarro!
Y ya de cantar, canta así:
Mamá me quiero casar, me pica el kikirikí.

Y si a mediados de mayo del año que viene, vienes a Madrid
iremos a la pradera de San Isidro.
Y compraremos dos parpusas y un par de gabrieles
y escucharemos los chotis que interpreta el organillo.
Y comeremos rosquillas y beberemos un culín de anís.

Pero mientras, sigo aquí, al lado de mi gallo
creando cuentos, escribiendo historias.
Y riéndome sola, cual loca de la colina,
pensando en mis cosas, en tontunas
pues el mundo este que ya inventaron
es demasiado disparatado, incluso para alguien, que como yo,
hace tiempo perdió la mollera.

Posdata: y de decir las muchachas que se hacen llamar “almas veganas” que el gallo es violador de las gallinas ni hablar del peluquín.
Y por favor, dejad TODOS en paz al gallo. Dejad de maltratarlo y de usarlo en fiestas populares.