Puesta de sol desde la playa de la Vega de Pupuya. Chile. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

Hay vidas que antes de empezar ya han muerto
porque su meta, más que vivir, es sobrevivir.
Hay vidas tristes y rutinarias
pues no hay mayor pena que ver pasar una vida, como quien ve cómo pasan las horas en el reloj.
Hay vidas cuyos dueños creen haber llenado…Y sin embargo están completamente vacías.
Porque la vida no es para colmarla de artificialidad,
sino de experiencias.

Hay vidas que portan espadas que se tiñen con la larga y oscura sombra del odio, la venganza y el rencor;
otras, al contrario, lo hacen con la infinita gama de los colores del amor.
Porque los colores de la vida,
a veces -como las decisiones personales-, pueden estar equivocadas.
El rojo puede vestir dos vidas pasionales; dos vidas antagonistas.
Porque puede hacer de un aliento o suspiro una bienaventuranza
o un calvario.

Hay vidas que quedan atrapadas en un sueño…
Hay vidas que se escapan de las manos…

Hay vidas inocentes;
otras miserables;
vidas bondadosas:
¿todas válidas y necesarias?

Hay vidas que siempre saludan con un buenos días;
otras llegan al ocaso de la solitaria noche con el alma marchita.
Hay vidas llenas de romanticismo;
otras, en cambio, mueren al dejar de alimentarse, cual parásitos, con la lujuria y la sexualidad.

Hay vidas que no deberían vivirse;
otras, sin embargo, deberían ser eternas.

(Reflexión escrita el lunes, 19 de septiembre de 2022, en Alcorcón. Madrid. España).