De todas las costumbres y manías que tengo hay una que es… Cómo decirlo… Diferente. Y es que bien por querer ser cívica, bien por mi afán de cuidar el planeta o bien por ser extremadamente limpia, la cuestión es que de vez en cuando salgo de mi casa con una bolsa mediana vacía con el fin de depositar en ella botes de cerveza, Coca-Cola… Os preguntaréis ¿Por qué hace esto? Lo hago por la vergüenza ajena que siento de los cerdos y cochinos que ensucian -día tras día, noche tras noche- las avenidas, calles y jardines de la urbe.
Supongo que los que tiran al suelo de su Mundo “mierda” no les preocupa que sus descendientes no tengan oportunidad de vivir en un lugar acorde a como la Madre Naturaleza lo creó. Y no contentos con ello lo destruyen sin importarles lo más mínimo que cada acción suya (tirar cosas al suelo) esté destruyendo nuestro entorno.
Siempre hay quién se justifica, es el que encuentra una justificación incluso para lo injustificable. Pude escuchar la frase “si no se tiraran cosas al suelo los barrenderos no tendrían trabajo”. Ay, alma de cántaro, bastante tienen con barrer. Aunque nadie tirase nada siempre tendrían qué barrer, siempre.
Pero la cuestión que me lleva a escribir fue lo que me ocurrió anteayer.
Era por la tarde, y tras haber llenado la mitad de la bolsa que llevaba aquel día en la mano, decidí que no recogería más latas. A las puertas del hospital, al que llegué apurada, me esperaba mi cita con el especialista en traumatología.
El intenso dolor que me provocaban últimamente las hernias discales que atraviesan de cabo a rabo la parte lumbar de mi columna vertebral me habían llevado a pedir hora con urgencia.
Y ese atardecer, aun rabiando cada vez que me agachada, pudo más en mí el espíritu ecologista por preservar mi espacio vital (que no es otro más que mi querida ciudad).
Busqué un contenedor, no vi ninguno. Entonces dejé la bolsa, a medio rellenar, dentro de una papelera que estaba fija al semáforo. Y crucé al momento pues se puso en verde para los peatones: ¡guarra! ¡Eres una guarra que tiras tu mierda en la papelera!-Gritó la voz de una mujer desde la ventanilla de un coche.
Sintiéndome terriblemente mal entré al centro sanitario echa un mar de lágrimas. Y tras la consulta con el traumatólogo tuve que acudir al servicio, también de urgencias, para ser valorada por el psiquiatra debido al ataque de ansiedad que tenía por haber sido “atacada injustamente” por aquella persona.
Finalmente resulté ser la “guarra que limpia”.