Monumento Barrendero Madrileño. Plaza Jacinto Benavente. Madrid. España. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

Quizá por ser cívica, tal vez por mi afán de cuidar el planeta, o por ser limpia en exceso, de vez en cuando salgo de casa con una bolsa vacía con el fin de depositar en ella botes y latas de refrescos.
Siento vergüenza ajena de los que ensucian -día tras día, noche tras noche- las calles y jardines de mi ciudad. Y no lo puedo evitar.
Supongo que a los que tiran basura al suelo del planeta no les importa ni preocupa -lo más mínimo- que sus descendientes no tengan un lugar en el que vivir acorde a las condiciones con las que fue creado por la madre naturaleza. Porque dudo que se hayan parado a pensar que con esa acción están destruyéndolo.
Resulta curioso comprobar como aquellos que no son capaces de cuestionarse lo anterior logran en cambio justificar lo injustificable. Escuché demasiadas veces la frase “si nadie tirara cosas al suelo los barrenderos no tendrían qué barrer y perderían su trabajo”. Y muchas más pensé: a los barrenderos nunca les faltará qué barrer. Nunca.
Aunque lo que me impulsa a escribir el relato es lo que viví ayer.

A las cinco de la tarde debía de estar en el hospital pues tenía cita con traumatología.
Como me gusta mucho caminar salí de casa con bastante antelación y con una bolsa vacía para ir recogiendo latas por el camino; sin embargo cuando la bolsa iba casi llena decidí que no recogería más.
Acudía al especialista porque últimamente sufría un intenso dolor en la zona lumbar de la columna vertebral. Ahí tengo una hernia discal y tres protusiones.
Cada vez que me agachaba para coger una lata sentía un calambre en las lumbares, pero como mi espíritu ecologista puede más que el dolor, seguí agachándome. Y solo dejé de hacerlo cuando -al mirar la hora en el reloj- constaté que me había demorado.
A pocos metros del centro hospitalario, y a escasos metros de cruzar la calle, busqué un contenedor para depositar la bolsa. Y al no haber ninguno la dejé en el interior de la papelera que está fija al semáforo. Al momento el semáforo se puso en verde para los peatones y crucé.
-¡Guarra, que tiras tu mierda en la papelera!-. Gritó a mis espaldas la voz de una mujer por la ventanilla de un coche.

Entré al hospital hecha una porquería. Y tras la consulta con el traumatólogo acudí al Servicio de Urgencias para ser valorada por el psiquiatra.
Sufrí un fuerte ataque de ansiedad por haber sido insultada injustamente.
Finalmente resulté ser la guarra que limpia su ciudad.