Sin motivación para dejar que mi mísera existencia, cada amanecer, me disfrace de ser humano, escribo esta carta. No tiene destinatario, es para que dance con el viento del norte. Por ello la he lanzado al océano Ártico… Sin más.

Aventurero, devorador de libros y marinero, hoy me despido de ti para siempre.

Prometí ser un príncipe, tal como tú deseabas; pero mi ser está hecho de trozos que otro, semejante a ti -retando a deidades- creyó poder crear un hombre perfecto. Se equivocó, su creación, yo, es un monstruo despiadado que, aun luchando contra su naturaleza salvaje no ha logrado dejar de cometer actos atroces. Aunque el mayor pecado que he cometido ha sido no haber sabido hacerte feliz a ti y haberle decepcionado a él… Por ello…

También le hice una promesa: antes de que la muerte se le llevara para siempre al mundo del sueño eterno le juré que su imperfecta obra dejaría de atormentar a ambos mundos, al de los vivos y al de los muertos. Porque viajaría hasta los montes helados que surgieron más allá de los confines de la Tierra para que la luz del sol que nunca deja de alumbrar, queme mi deformado cuerpo.

Nunca me gustó escribir. Qué contrariedad para quien se considera un devorador de libros. Qué desdichado me siento, también soy un devorador de almas y cuerpos.

He perdido mi triste mirada, allá, en el horizonte. No siento remordimientos, tampoco sé decir perdón o lo siento. No soy lo que yo quise ser para ti; nunca fui fabricado para ser amado. No pudiste hacer realidad tus ilusiones y la esperanza que tenías por ver culminada tu majestuosa obra se desvaneció, sin tú saberlo, justo cuando desperté.

Mi barco pronto llegará al destino señalado. Allí, deambularé en silencio y soledad por caminos de hielo. Tanto de noche como de día los aires azotarán mi rostro y el cansancio vencerá a la maldad que regenta mi espíritu. Cuando las llamas se lleven consigo mi fealdad física, quizá, solo quizá, deje de ser un náufrago y pueda purgarse la amargura que ahoga a mi corazón.

Y entonces, solo así, tú mi amor, estarás a salvo; y solo así, tú mi creador, hallarás finalmente la paz.

Pido una pretenda; la última osadía. Ójala alguien pueda devolver al Mundo esta misiva en forma de novela gótica.

Si realmente hubo un Dios que permitió que una dama pudiera amar a un ser tan horrendo como yo…

…A ti, si tienes en tus manos esta hoja de papel, y todavía es legible: escribe un libro contando mi historia. Deja que los secretos que he plasmado aquí vean la luz.

Prométeme, por favor, que le pondrás por título el apellido de mi creador: Frankenstein.