Catedral de Notre Dame. París. Francia. Foto tomada por Carlos Llorente Peláez.

(…) Y haciendo ¡chas! desaparecí.
-¿Y dónde fuiste a parar?-. Preguntó algo intrigada Raorau.
-Nada más y nada menos que a la siguiente ciudad de nuestro tour: a París, la capital de Francia. De París se dice que es “la ciudad de la Luz” aunque también se la conoce como “la ciudad del Amor”. Y allí me encontraba yo, en el sitio más insospechado de esta gran urbe.
¿Y cuál es ese sitio tan insospechado? Pues sobre una de las gárgolas más peculiares de todas las que componen lo que se denomina “La misteriosa galería de las quimeras o gárgolas”.

Estaba sentado tras la Estirga Burlona; abrazado a su cuerpo, rodeándola con los brazos como hacen los amantes. Tenía las piernas dobladas y me colgaban por la parte delantera. Esta gárgola impasible, sarcástica y socarrona que está sacando la lengua, parece estar burlándose de París.
Las petrificadas gárgolas, ubicadas en la parte superior de la gótica catedral de Notre Dame, son un conjunto de figuras que representan demonios, diablos, grifos, harpías y trasgos.
Las mismas parecen haber salido del averno para invadir, caprichosamente, los balcones con balaustrada de la sagrada catedral.
Estas monstruosas y grotescas estatuas diabólicas son uno de los mayores atractivos que tiene la catedral, y yo, como no podía ser de otro modo, fui a aparecer precisamente en la quimera más afamada y venerada.
Qué decir que la catedral de Notre Dame, tanto por dentro como por fuera, suele estar atestada de gente. Mayoritariamente la frecuentan turistas japoneses; sin embargo, para mi fortuna, prácticamente estaba vacía, por lo que deduje que debía de estar próxima la hora del cierre. Y los pocos que rondaban por allí, como no podía ser de otro modo, eran nipones.
Parecía que varios minutos antes habían estado contemplando la Estirga Burlona, puesto que estaban algo alejados de ella, y se dedicaban a observar con mucho detenimiento el resto de las quimeras que había esparcidas por el balcón, sin percatarse por ello de mi presencia.
Con cuidado me despegué de la gárgola, no sin antes otear el horizonte de la capital francesa en busca de la Torre Eiffel ya que deseaba admirarla desde allí. Aunque tuve que hacer de tripas corazón porque tengo mal de alturas.
Luego, estirando una pierna, la pasé por encima de la Estirga Burlona y, al hacerlo, como apenas tengo flexibilidad, el pie se me quedó enganchado entre el hueco que hay por entremedias de una de las endiabladas alas que tiene esta.
Pegando un fuerte tirón logré sacar el pie; pero como al tirar del mismo lo hice con tanto ímpetu, perdí el equilibrio y me caí ¡Para qué quieres más! Maldito coscorrón me di en la cabeza contra las gruesas losas de piedra del suelo. Y entonces… Chist, chist, escuché que chistaban. Alguien que tenía una voz poderosamente ronca dijo:
-Eh, tú. Quítate de ahí antes de que te descubran los turistas orientales y comiencen a fotografiarte hasta la saciedad-. Al objeto de localizar a la persona que me había chistado y hablado, miré en la dirección de donde venía la ronca voz; pero como el cocorotazo que acababa de darme en la cabeza me había dejado aturdido no logré dar con ella. De repente, no sé por dónde, apareció un hombrecillo encorvado.
-¿Eres tú quién me ha chistado y hablado?-. Pregunté mientras me ponía de pie.
-Sí. El mismo que viste y calza.
-¿Y qué haces aquí? Ya sé: eres un turista-. Y el personaje encorvado, algo malhumorado contestó:
-De manera que te acabo de sugerir que te resguardes de los turistas japoneses y vas y me tomas por uno de ellos. Mírame bien ¿Dónde ves que lleve cámara de fotos o de vídeo? ¿Ves que tenga mapas o planos turísticos?
-No-. Respondí escuetamente.
-¿Acaso no sabes quién soy?
-¿El campanero de Notre Dame?-. Pregunté dubitativo.
-¿El campanerooo? ¡Cómo voy a ser el campanero!-. Exclamó muy molesto .-En esta catedral hace tiempo que dejaron de tocarse las campanas manualmente; en la actualidad todas funcionan por medio de un telemando electrónico, aunque… La verdad es que hace muchos años sí que las tañí: “las campanas lo han sido todo para mí”.
Yo ignoraba que las campanas de Notre Dame tuvieran incorporado un sistema tan moderno, y por ello, creía erróneamente que seguían tocándose del modo tradicional y no electrónicamente como me indicaba el hombrecillo encorvado.

Observándole mejor, descubrí la causa por la que no estaba derecho: en un lado de la espalda le sobresalía un tremendo bulto. Estaba intrigadísimo ¿Quién era este personaje chepudo? Pero al momento, cayendo en la cuenta de quién se trataba, y, una vez que abrí los ojos como platos, grité:
-¡Si eres Quasimodo! Mira que no reconocerte, si eres inconfundible. Eres Quasimodo, El jorobado de Notre Dame.
-Claro. Quién pensabas que era, ¿Pulgarcito?
-No, hombre no. Aunque mira tú, los dos vais vestidos de verde. Cuando era chico y leía el cuento de Pulgarcito, tanto en el dibujo que tenía la portada del libro como en las ilustraciones que figuraban en sus páginas interiores, Pulgarcito siempre estaba vestido de ese color.
-Pues va a ser que no.
-¡Ay! El golpe que me he dado en la cabeza ha debido de ser el responsable de no haber podido reconocerte a la primera.
-¿Y qué hacías tirado en el suelo?-. Me preguntó Quasimodo, algo desconcertado.
-No estaba tirado. Me he caído al pasar la pierna por encima de la Estirga Burlona.
-¿Cómo dices?-. Preguntó el jorobado. Entonces le conté el accidente que me había acontecido con la gárgola.
-Por algo se llama la Estirga Burlona. A los hechos me remito: parece que además de burlarse de París, hoy también ha querido hacerlo de ti.
-Esto que dices de la burla, no sé yo. No las tengo todas conmigo. Personalmente me inclino a pensar que me he caído al suelo por ser torpe-. Y tras mi comentario Quasimodo sonrió. Luego, una vez que le dije cómo me llamaba, me propuso que le acompañara porque deseaba invitarme a tomar un piscolabis. Y así lo hice.

Una vez que anduvimos unos pocos metros del lugar donde nos habíamos conocido, doblamos una esquina y nos metimos tras una portezuela. Quasimodo entró bien por ella, en cambio yo tuve que hacerlo a gatas. Traspasada la puerta el jorobado la cerró con llave y continuamos caminando -él delante y yo detrás- por un entramado de fríos pasillos que emanaban un fortísimo olor a humedad, hasta que llegamos a una estancia bastante destartalada que hacía las veces de hogar del jorobado.

Durante un largo rato me estuvo contando cómo había sido su vida. Desde sus inicios, esta había sido durísima con él y le había maltratado cruelmente. De hecho, si estaba recluido en la parte más alta de la catedral era precisamente porque los parisinos le repudiaban. En todo momento supe que lo que Quasimodo me decía era real como la vida misma.
De todas las asignaturas que había tenido en el instituto -en la asignatura de Historia- había estudiado que en algunas de las civilizaciones primitivas que habían imperado en el mundo, las personas que tenían la desgracia de nacer “diferentes” frecuentemente ya desde su más tierna infancia, sufrían un despiadado rechazo que incluso, y en el peor de los casos, les llegaba a costar hasta la vida.
Actualmente, quitando una minoría de mentes descerebradas, la humanidad en este sentido actúa acorde a la lógica. Por tanto, en sociedades avanzadas, inteligentes y modernas, las personas portadoras de genes que les llevan a desarrollar dolencias y enfermedades de las catalogadas como raras, o que tienen defectos físicos o taras a nivel genético, son totalmente aceptadas por el conjunto de la sociedad, y no se les rechaza ni escolar ni socialmente, y muchísimo menos familiarmente. Bien es cierto que en algunos Estados todavía quedan resquicios de culturas con ideas prejuiciosas al respecto de esto. Y aisladamente y también en cualquier nación, podemos toparnos con personas incultas, de mentalidades atrasadas, que no acaban de digerir este concepto.

La tragedia parecía estar instalada en la vida del jorobado: su madre, de la que decían que era de etnia gitana, le había abandonado cerca de la catedral de Notre Dame por haber nacido deformado.
Y fíjate qué casualidad: en la ciudad de París había sucedido un caso similar al del jorobado puesto que el edificio de la ópera de París decían que estaba habitado por un espectro.
Sin embargo, no había tal. En el subsuelo de la ópera vivía un hombre al que sus despiadados padres también habían abandonado por su fealdad, y que para más señas, fue emigrante de Escandinavia ¿Has visto qué coincidencia, Raorau?
-Sí. Ya me he dado cuenta de que hay varias coincidencias. Los dos casos ocurrieron en Francia, y en la misma ciudad. Y encima, el hombre que vivía en la ópera era escandinavo y emigrante igual que tú.
-Así es. Erik, que era el nombre de pila del hombre al que creían fantasma, había nacido con dotes artísticas; tenía una voz sublime y le quedó como sobrenombre El fantasma de la ópera*.
-Que historias más conmovedoras, Alerbo. Tanto Quasimodo como Erik me parecen dos hombres enternecedores.
-Sí. A mí también me lo han parecido desde siempre. Es más, pienso que si Quasimodo y Erick se hubieran conocido se habrían identificado el uno con el otro. Bueno, voy a seguir hablándote del jorobado ¿Vale?
-Vale.
-Aún desdichado, durante una época la felicidad llamó a su puerta: Esmeralda, la zíngara encargada de descubrirle en Notre Dame, le daría su amistad. Ella le había aceptado, querido y respetado como a un igual. Aunque se había marchado con Febo, su enamorado. Y por estar de nuevo solo Quasimodo se sentía afligido.
-Alerbo, echo tanto de menos a mi amiga Esmeralda. Sé que ella es feliz al lado de su amor, eso consuela mi tristeza. En ocasiones converso con las gárgolas pero… Ni por esas la soledad me abandona. Y a este sentimiento que me aqueja debo añadir el dolor que me provoca esto-. Dijo el jorobado dándose golpes con los nudillos de una mano sobre la chepa -.La joroba, como la dicen, realmente es una malformación provocada por una cifosis. Y ¿Qué es eso de la cifosis, te preguntarás? Es una curvatura fisiológica de la columna vertebral en la zona dorsal que hace que esta se encorve, y por eso soy jorobado.

Quasimodo era un hombre un poquitín gruñón, pero de noble corazón, bueno y generoso.
Nada más llegar a la estancia donde vivía me ofreció un refresco y algo de picar. El par de horas que estuve con él no paró de hablar. Supongo que por estar solo, necesitaba desahogarse y contarle a alguien cómo se sentía. Me daba lástima tener que dejarle, pero debía marcharme. Antes de despedirnos nos dimos nuestros respectivos números de teléfono móvil. También nos intercambiamos nuestros correos electrónicos y nuestras cuentas en Facebook, Instagram y Twitter. Ahora podríamos estar en contacto permanente por medio del wasap, entre otros. Lo bueno que tiene la tecnología es que acerca a las personas cuando están lejos, aunque a la contra, muchas veces aleja a las que están cerca. En el mundo del que yo vengo cada vez es más normal ver a un grupillo de personas hablando por el móvil con una tercera mientras que entre sí están ignorándose. Esta es una de las tantas y tantas contradicciones que tiene la vida.

Al salir de la catedral de Notre Dame, giré a la izquierda. (…)

El fantasma de la ópera, tal y como sucede con El jorobado de Notre Dame, son novelas de escritores franceses. Mientras que la historia de Quasimodo
es totalmente ficticia, Erik fue un personaje que existió de verdad, por lo que el autor se inspiró en él para escribirla.

(Fragmento extraído de mi cuarto libro publicado titulado RAORAU Y EL GRAN ALERBO, segunda entrega de mi trilogía MUNDO DE FANTASÍA).

Portada del libro de Carolina Olivares Rodríguez RAORAU Y EL GRAN ALERBO. Ilustración realizada por Nicolas Papenko.

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