Foto cedida por Juan. Albalat de la Ribera. Valencia. Comunidad valenciana. España.

Coincidiendo con la llegada de la primavera fuimos a Albalat para visitar a nuestro amigo Juanito. Y también a almorzar con él pues en Valencia el almuerzo es sagrado. Y a Carlitines y a mí… ¡Ya nos vale, ché! Porque desde que vivimos en Tavernes ni una sola vez hemos almorzado.
Y así, ¿Cómo vamos a ser unos buenos valencianos? ¡Imposible!

Ya en Albalat, sentados mi marido y yo con Juan en la terraza del balcón de su casa, comimos nuestro primer almuerzo. Y tras semejante comilona -con carajillos incluidos-, Mare de Déu, cualquiera mete algo al estómago hasta la hora de la cena.
Y no eran ni las doce del mediodía y ya nos fermentada la comida, y los carajillos, en el estómago, y en la cabeza, “cagón” la mar, ché. Porque nosotros, que no estamos acostumbrados a beber alcohol, “che nos chubió chodo a la chavecha, pero bien chubido”, ché.
Y vaya, en concreto yo, no sabía ni lo que oía, ni lo que decía ni lo que veía.
Porque, al parecer (y digo bien, al parecer, porque yo, repito, estaba sorda, muda y ciega perdida), y como al Piolín, me pareció ver a un lindo bichito posarse sobre el huevo frito del plato de Juanito.
Y creyendo que el lindo bichito era una avispa, quitándome un zapato, lo aplasté con todas mis fuerzas contra la yema amarillenta del huevo, exclamando:
-“Bais”, por ahí, lindo bichito, y so asquerosa.
Y entonces, Carlitines y Juanito, abriendo los ojos igual que los platos que estaban sobre la mesa, me miraron como quien mira a un demente:
-Ay, no me miréis así-. Les dije yo .-¿Pues no veis que os acabo de salvar de la picadura de una avispa?
Y poniéndome a bajar de un burro, los dos comenzaron a hacerme reproches: que sí esta Carolineta, mira cómo me ha puesto la camisa con la yema del huevo; que si Carola, eso no era una avispa, sino una abeja; que si, ay, “jodia”, a quién se le ocurre matar a una abeja, que como los burros, están en peligro de extinción, y sin abejas, casi que se acaba el mundo…
-Sí, hombre ¡Ahora voy a tener yo la culpa del calentamiento global y de que se esté derritiendo el hielo de los polos, no te fastidia!-. Grité .-Ni que fuera yo el toro que mató a Manolete, cojones.
Y bueno, como pude, cogí la abeja, ya muerta, de entre la yema del huevo. Y ahí me vino otra retahíla de reproches: que si solo se te ocurre a ti hacer eso… (Pues claro, por algo soy la Anchoíta del Cantábrico, y sus ocurrencias).

Y bueno otra vez, supongo que para calmar los ánimos bajamos los tres al bar de la esquina a tomar un café, y el aire. Porque yo necesitaba tomar el aire, que el café no me gusta.
Y mientras estábamos sentados en la terracita del bar tomando el aire (y los cafetucos), a Carlitos le cayó en la cabeza una cagada de paloma. Y como poco antes Juanito, que es muy chistoso, había contado un chiste de un elefante que volaba, dijo:
-Ay, Carlitos, menos mal que los elefantes no vuelan porque si volaran y en vez de cagarte encima una paloma te caga un elefante…
Y bueno. Así acabó la jornada.

A los días, dando el paseíto habitual mi marido, Juan y yo, suena el teléfono móvil de nuestro amigo:
-Ay, es mi hijo el mayor; qué querrá.
Y cogió el móvil. Y estuvo hablando con el hijo, que también se llama Juan, mira tú.
Y cuando colgó el teléfono…
Ay, ché, ¡La terraza del balcón de su casa estaba infestada de abejas!
Ay, ché. Ay, ché, ¡Ay, chéeeee! Pensé yo.
-Ay, ché, debiste matar a la abeja reina-. Dijo él.
-¡Sí, hombre!-. Exclamé yo.
-Que sí, Carolineta. Hay millones. Y ahora voy a tener que llamar a un apicultor de los varios que hay en Albalat para que traiga una colmena porque las abejas están de entierro entre las macetas de flores del balcón de mi casa.
-¡Sí, hombre!-. Volví a exclamar yo-. Van a ir las abejas holgazanas de entierro con lo vagas que son.
-Qué bruta eres, hija-. Dijo Carlos.
-Ay, yo creo que se llaman zánganos-. Dijo Juan.
-Holgazanas o zánganos, lo mismo me da que me da lo mismo. Además, son vagas “pa” lo que les interesa porque para ir a fecundar a la abeja reina no se andan con historias. Así que… Dejaros de abejas y de entierros o me subo “pal” apartamento y se acabó el paseíto, he dicho.