Hace tiempo, allá por Suiza, vivió un joven lleno de vitalidad llamado Bruno.

Estaba solo en la vida, ya que sus padres -que no habían podido tener más hijos- habían perdido trágicamente la vida en un accidente de coche siendo él muy pequeño.

A Bruno le había quedado en herencia una relojería. Esta, que había sido propiedad de su padre y, anteriormente de su abuelo paterno, no era una simple relojería: era el lugar donde fabricaba sus sueños.

Durante varios años trabajó -tanto de día como de noche- dura e intensamente en ella. Confinándose en su interior, le dedicaría infinitas horas a lo que él definía como “El ingenioso reloj de cuco parlante.” Así fue como finalmente, tras aquel voluntario encierro,  logró fabricar un curioso reloj de cuco.

 

El reloj que había creado Bruno no era el típico reloj de cuco que podemos encontrar en las tiendas suizas. Él había inventado uno distinto y especial, puesto que el suyo tenía un cucú de carne, hueso y plumas; y hablaba de verdad.

Lo primero que hizo antes de dar a conocer al mundo su fabuloso invento fue patentar su idea para que ningún desaprensivo pudiera plagiársela. No quería llevarse disgustos, y aunque no había hablado con nadie acerca de su creación, sabía que las paredes y las ventanas siempre tienen ojos curiosos y oídos que oyen incluso al mismo silencio.

Obtenida la patente, confeccionaría muchos relojes; serían de cuco, y todos tendrían un cucú parlanchín en el interior de bonitas casitas de madera.

 

A las pocas semanas, una vez que su invento lucía llamativamente, no solo en otras relojerías del país, sino que también lo hacía en cientos de escaparates de tiendas de todo tipo, como por ejemplo, tiendas de decoración y regalo, sopesó la siguiente posibilidad: lanzar su original invento más allá de las fronteras suizas, traspasándolas para que el mundo entero -o al menos una parte del mismo- fuera conocedor del tipo de reloj de cuco que había inventado.

Una vez que reflexionó sobre el tema de exportarlo fuera de Suiza, decidió que se centraría en una parte concreta del planeta. Viajaría con sus relojes a un país del lejano oriente, concretamente al país del sol naciente: a Japón.

 

Como el reloj de cuco de Bruno fue muy bien acogido entre los japoneses y, asimismo, a él le resultó tremendamente atractivo aquel país, decidió establecerse por un tiempo allí.

Que decir el lío de papeles que tuvo que hacer para obtener -entre otros- el permiso de residencia.

Aunque al poco de estar en Japón tomaría una decisión muchísimo más importante: se quedaría a residir definitivamente. Había conocido a una muchacha nipona y se había enamorado profundamente de ella; y ella de Bruno. Por ello vendió la relojería que tenía en Suiza y compró una casa típica japonesa en una aldea, donde Mikita -qué así se llamaba su novia- y él, comenzarían una vida juntos; una vida llena de amor, armonía y felicidad.

A la pareja -salvo por el hecho de que no habían podido tener descendencia- la vida les sonreía y trataba de maravilla.  Además, laboralmente hablando, Bruno había triunfado: sus relojes de cuco no solo habitaban en la mayoría de las casas de Suiza y de Japón, sino que también colgaban en las paredes de muchísimos hogares de otras partes del mundo, puesto que finalmente, la patente se había expandido y los relojes eran conocidos mundialmente.

En todos los aspectos Mikita era un gran apoyo para Bruno: ella le enseñó a interpretar los caracteres de su idioma. Tras años de estar estudiándolo una media de tres horas diarias, acabaría por dominar a la perfección el japonés.

 

Los años fueron pasando, y como los hijos nunca llegaron, Mikita y Bruno fueron envejeciendo solos, aunque no por ello dejaron de ser felices. Hasta que un día, Mikita enfermó, y tras meses de sufrimiento y luchar, vanamente, contra la enfermedad que se había apoderado de su cuerpo, con apenas cincuenta años espiró.

Tras enviudar Bruno quedaría sumido en un hondo dolor; la pérdida de su amada Mikita le dejaría en su alma un pozo de desolación y tristeza.

Sin embargo, en aquella durísima batalla a la que tuvo que enfrentarse los primeros meses tras la pérdida de su mujer, tuvo a su lado de forma permanente al cucú de su reloj de cuco. Bruno se había quedado para sí el primer reloj de cuco que había fabricado. Y aquel cucú -al que por cierto, no había bautizado- le había acompañado siempre.

 

Cada día, el cucú de Bruno, hacía todo lo posible porque su dueño saliera de aquel estado de tristeza en el que parecía estar atrapado.

Por las mañanas el pajarillo le preguntaba cómo se encontraba, y por las noches le cantaba bellas canciones que hablaban de la amistad o le amenizaba contándole hermosos cuentos que trataban de mágicas historias. El cucú, saliendo de su casita de madera, se posaba en el hombro de Bruno, y así, en la hora crepuscular, ambos contemplaban lindas puestas de sol. Y se deleitaban con el ocaso, unas veces junto al mar, otras al lado de su casa; pero siempre con la vista fija en el horizonte.

Así, poco a poco, Bruno fue recuperándose, y gracias a su cucú y a que él puso de su parte, logró liberarse  -de una vez por todas- de aquella especie de tela de araña que le había tenido envuelto en una cruel melancolía.

 

La vida en aquella aldea japonesa era serena, y la paz brotaba por todas partes, expandiéndose alegremente en mil formas.

Año tras año, las cuatro estaciones iban sucediéndose del mismo modo que lo hace la propia existencia. Así, la primavera, con su explosión de colores, daba paso al verano; y pincelaba con brochas invisibles el paisaje, dibujando prodigiosamente en el cielo nubecillas de cuando en cuando, o pintando alguna que otra hoja en el suelo de la tierra, cuando la hora de la siguiente estación se iba aproximando. Entonces, pisándole los talones, entraba el otoño. Y el mundo se mostraba un poco más apagado, pues las gamas de los tonos se mostraban más mitigadas. Tres meses más tarde venía pegado a su cola el invierno, que se encargaba de tapar todos los colores por barnizar de blanco el panorama.

Como un ciclo rutinario, todo se repetía continuamente, mientras Bruno y su cucú, disfrutaban del regalo más preciado que les había dado La Madre Naturaleza: La Vida.

 

Un buen día, recién llegada la estación primaveral, una golondrina de plumaje blanco y negro sobrevoló el fabuloso jardín que rodeaba la casa de Bruno. Había cientos de árboles, sobretodo cerezos. Y como –precisamente- en aquella época del año comenzaban a florecer las sakuras, que es el nombre que reciben las flores de esos árboles, el jardín se mostraba radiante; rebosante de colorido y luz.

La golondrina, tras dar varias vueltas por toda la arboleda, acabó posándose en la baja rama de un árbol. El cucú de Bruno, que desde el primer momento que la vio, le había llamado poderosísimamente la atención, se acercó volando hasta ella. Pero entonces la golondrina, alzando el vuelo, se marchó hacia el cielo y desapareció de la vista.

Al llegar la noche el cucú no pudo conciliar el sueño, solo pensaba en la golondrina. Deseaba conocerla. Quería hablar con ella, saber de dónde era. Él no sabía nada de las golondrinas. A lo mejor no era de aquel país oriental y solo estaba de paso, o quizá vivía cerca de allí y eran vecinos. Por la cabeza del cucú pasaron diversos pensamientos, y preguntas: ¿De dónde era, de dónde venía? ¿Era de Suiza, de Japón? ¿Sería extranjera como él? Cuántas incógnitas, y no podía resolver ninguna.

Aquella madrugada el cucú pidió un deseo: “Deseo volver a ver a la golondrina.” Y su deseo… Se cumpliría.

 

Al cabo de tres días y, mientras Bruno y el cucú estaban distraídos, el uno podando el césped y el otro puesto de pie sobre una piedra del jardín, la golondrina volvió a hacer acto de presencia en el mismo, y como hizo la primera vez, se posó en la misma rama.

Cuando el cucú la vio, lo primero que pensó fue en salir volando hacia ella; sin embargo, aun con este anhelo, no se movió de su sitio. Y se limitó a mirar hacia el árbol donde estaba posada. Entonces… ¡Oh! La golondrina echó a volar en dirección al cucú y, poniéndose de pie junto a él, le hizo una carantona.

La emoción que el cucú sintió en aquel preciso instante fue indescriptible: el corazón le había dado un vuelco dentro del pecho, y por muy extraño que pueda parecer, tenía la sensación de que su estómago estaba inundado por mariposas que revoloteaban en su interior.

Lo más increíble era que también la golondrina había sentido lo mismo que el cucú.

 

Dicen que en un segundo la vida puede cambiar; es verdad. Y puede hacerlo para bien o para mal. Para el cucú y la golondrina se abría un camino, que hasta entonces, había estado separado en dos. O dicho de otro modo: los senderos por los que habían estado caminando, de forma independiente, tanto ella como él: “acaban de unirse para formar uno solo.”

 

Si anteriormente la dicha reinaba en la vida del cucú, a partir de aquel día la alegría y la felicidad invadirían ambos corazones. Y mucho más, ya que el corazón de Bruno asimismo se contagiaría de aquellos sentimientos.

Los días y las noches primaverales; por la tarde o de madrugada en el estío, las sábanas del amor, unas veces teñidas de blanco, otras de negro, cubrían o descubrían nuevas puestas de sol y auroras. Así fueron pasando los meses, hasta que llegó nuevamente el otoño. Y con él, una sorpresa. Realmente era una desagradable e inesperada noticia.

 

Una mañana la golondrina comenzó a gorjear, y en el cielo se agruparon cientos y cientos de aves de aquel tipo. Y en bandadas, hacían como bailes en medio del aire.

Aquella golondrina era japonesa; sin embargo, cuando llegaba el otoño emigraba a otras zonas del mundo más cálidas. De no hacerlo y quedarse en Japón correría el riesgo de morir de frío.

Cuando la golondrina le dijo al cucú que tenía que marcharse, este no pudo evitar entristecerse. También ella estaba triste, pero debía irse: si se quedaba no sobreviviría a las bajas temperaturas.

La despedida, aun estando bañada por la tristeza, albergaba un halo de esperanza: con la llegada de la próxima primavera la golondrina regresaría nuevamente y volverían a estar juntos. Y en efecto, así sucedió.

Cada nueva primavera la golondrina retornaba a Japón, para marcharse al llegar el otoño. Hasta que llegó una primavera, en la cual, la golondrina no regresó.

El cucú, conservando la esperanza de que pronto su querida golondrina apareciera, estuvo esperando su regreso una semana. Viendo que no venía fue perdiendo la esperanza y la ilusión por vivir; y en menos de quince días el cucú se murió de pena.

 

Bruno se quedó completamente solo. Aunque en esta ocasión no sucumbió a la tristeza, y no pudo con él.

La hora final para él todavía no había llegado, por lo que continuaría viviendo, en soledad sí, pero de una forma serena.

Él intuía -que probablemente-  la golondrina y el cucú, ahora, estaban viviendo en el mismo lugar donde vivía Mikita, y sus padres. No debía de ser un mal sitio, solo que… No era posible entrar en él, ni siquiera podía irse de visita; por lo menos mientras estuviera vivo porque era imposible hacerlo.

 

Aquella primavera terminó; aquel verano terminó. Y la primera noche del otoño, tras una larga existencia, Bruno, transformado en anciano, se acostó en su cama y se durmió.

Y llegándole la muerte en plácidos sueños para llevarle entre sus brazos al mismo sitio donde vivían sus padres, Mikita, la golondrina y su adorado cucú, no despertaría nunca más.