Árbol en un cafetal de Matanzas. Cuba. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

La primera quincena de septiembre, Carlitines y yo estuvimos de viaje en Cuba. Y de todas las aventuras y desventuras que vivimos voy a contaros la del santero.
Resulta que en una de las excursiones que hicimos nos llevaron a almorzar a una finca y a montar a caballo. Pero antes de montar a caballo nos llevaron junto al árbol más antiguo de la finca, para realizar un ritual santero.
El santero era un muchacho de raza negra, vestido con una túnica blanca y lleno de collares con cuentas de mil colores. Aquella criaturica parecía un arco iris.
(Las personas que se ven en Cuba ataviadas con una túnica blanca y collares de colores se han iniciado en una creencia africana. Y durante un año tienen que vestir de blanco para purificarse).

A raíz de ver a este muchacho pensé en el por qué a una persona de color se le llama de color cuando no lo tiene. Porque el negro no es un color, sino la ausencia del mismo. Al menos este hombre sí puede decir “soy de color” o de colores…
(Y bueno, sigamos con la historia del ritual).

Como íbamos un grupo formado por siete personas que hablábamos castellano y portugués, el muchacho nos explicó en un español cubano que el árbol era santo y que estaba rodeado por un círculo. Y que lo que había dentro de círculo era la realidad y que lo que había fuera, donde estábamos nosotros, era fantasía. Y pasando a la realidad nos dijo:
-“Dal tre vuelta al álbol en silencio y pedí un deseo secleto que no se puede decil a nadie, ni siquiela a la paleja poque entonce no se va a cumplil. Y cuando telminen de dal las vueltas, se palan flente a la vilgencita que hay en el álbol, y ponen la mano izquielda apoyada en el álbol y con el puño de la otla dan tre golpe. Piensen bien el deseo que van a pedil. No pedil cosas malas, como pol ejemplo que se mate al plesidente de un paí, poque no es bueno. Solo pedí cosas buenas, como pol ejemplo que a uno le toque la Lotería. Pero no pedí cosas malas. Aunque bueno, cada uno que pida lo que quiela-. Y antes de comenzar el ritual dio a entender que la virgencita del árbol estaría muy agradecida de que se dejara una propina .-“Poque la vilgencita del álbol y yo milmo quedaríamos muy agladecidos con la plopina”.

Todos, en silencio, dimos las tres vueltas alrededor del árbol. Mientras, el santero tocaba un tambor con las manos. Todo esto, un ritual muy serio.
Y al término de la última vuelta, y frente a la virgencita -siguiendo las indicaciones del santero-, uno a uno y en orden, nos paramos, apoyamos la palma de la mano en el tronco del árbol y con el puño de la derecha lo golpeamos tres veces. Y a cada golpe, el santero daba toques al tambor.
Y cuando la última persona dio el tercer golpe en el tronco del árbol, el santero dijo que ya se había terminado el ritual.

El santero, al ver que todos salíamos del círculo para irnos, dijo:
-“Recuelden lo que les dije de la plopina para la vilgencita”-. Pero nadie dejó propina. Entonces aquel hombre salió del círculo del árbol malhumorado y murmurando. Y yo creo que no se va a cumplir ningún deseo porque aquel hombre, por no dejar propina, nos debió de echar mil maldiciones. Porque aquel hombre se puso echo un demonio. Y todos salimos de allí medio “asustaos” y nos fuimos a montar a caballo.

Luego, en la habitación del hotel en Varadero, le dije a mi marido:
-En la vida me vuelvo yo a juntar con un santero. Porque no hemos salido de la finca a palos de milagro.