The Dubai Mall. Dubái. Emiratos Árabes Unidos. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

Y fue estando una semana de vacaciones en Dubái que descubrí que por más años que pasen una no puede fiarse del marido.
Y estando en esa ciudad -que parece un Benidorm moderno- mi Segismundo y yo hicimos cincuenta años de casados.
-Rufina, como hoy son nuestras bodas de oro podríamos hacer algo diferente-. Me dijo esa mañana.
-Pues a ver si me sorprendes con ese algo diferente-. Dije yo.
Y no, no me sorprendió. Porque su algo diferente era lo de siempre: echar un caliqueño.
Y es que… No sé harta el tío y siempre está con lo mismo. Y eso que tiene 77 años.
Total, que para que me dejara tranquila y también para salirme yo con la mía (porque me prometió que si lo echábamos al día siguiente me llevaría a ver tiendas a The Dubái Mall, que es el centro comercial más grande del mundo) lo echamos.
Al día siguiente, mientras se afeitaba y yo terminaba de peinarme, le recordé:
-Segi, hoy iremos a ver tiendas ¿No?
-Bueno ya veremos-. Contestó.
-Cómo que ya veremos.
-Pues que ya veremos, que el día es muy largo y parece que estés programando…
-Yo no estoy programando nada.- Interrumpí furiosa-. Ayer dijiste que me llevarías a las tiendas.
-Ya bueno, pero ayer era ayer y hoy es hoy.
-Segi, no seas así. Me lo prometiste.
-Pues no lo recuerdo. Ya sabes que se me olvidan las cosas.
-Vamos, que me quedo sin ver tiendas.
Y sí. Me quedé sin ver tiendas. Pero así no quedarán las cosas y ya lo pagara, ya lo pagara.
Si eres una mujer joven recuerda que los hombres no cambian (y las mujeres tampoco). Así que antes de echar caliqueños con tu marido, primero maréale toda la mañana, y toda la tarde, para que se joda. Porque si lo haces al revés a la que joden viva es a ti.
Avisada estás.