Carlitines con los calcetines de El Grito (cuadro del pintor noruego Edvard Munch). En el camarote a bordo del barco Costa Fortuna. Crucero El ritmo de las Baleares. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

Ayer, cenando en el restaurante de los pijos que nos han asignado -por viajar de crucero en la categoría superior y ser Perla Diamante- no va a sentarse delante de mí un hombre que llevaba puestos unos calcetines de rombos con colores muy chillones, que como poco, le habrían tenido que costar cincuenta pavos.
-Ya me estoy mosqueando-. Le dije a la Carola .-Aquí el experto en calcetines soy yo y mira qué cuadro. Con el dineral que se habrá gastado me hubiera comprado yo en el mercadillo para tener de quita y pon durante un año.
-Experto en calcetines dice que es. En lo que eres experto es en echar en la maleta dieciocho pares y todos desparejos-. Dijo ella.
-Pues esta vez no todos los que he traído son desparejos, lista-. Y subiéndome los pantalones, dije .-Mira qué calcetines llevo. A ver si se cree que solo él puede fardar de calcetines y que los suyos son el último grito. De eso nada. Chillar, estos míos, no chillan, ahora, que son un grito, te lo garantizo. El último o el primero, pero el grito son. Sino, míralos y dime a ver.
Y así fue. Porque tenía yo un par de calcetines que me había regalado mi amigo Juan Carlos con el dibujo de uno de los cuatro cuadros del Grito de Munch.
Así que ya lo sabe el de los calcetines a rombos: “pa” chulo yo, que a mí no me vacila nadie.