En un lugar del Polo Norte, concretamente en una enorme isla, vivía una gran familia de esquimales dentro de iglús construidos con bloques de hielo a imitación de ladrillos de cemento. Esta familia -que realmente era un clan- estaba compuesta por abuelos, padres e hijos; tíos, primos, sobrinos y demás miembros. Uno de los matrimonios más jóvenes tenía siete hijos, todos varones. El más pequeño se llamaba Othyel y hacía sólo una semana que había cumplido dieciocho años.

Othyel tenía un espíritu aventurero y era muy soñador. Desde muy chiquitín anhelaba ver cumplido uno de los miles de sueños que inundaban su cabeza: conocer otras personas distintas a él, y descubrir otros países ya que intuía que el “Mundo” albergaba muchísimas cosas, todas maravillosas.

Y no es que no le gustara su hogar o aquel sitio donde había nacido, al contrario. La panorámica del Polo Norte estaba decorada solamente por la blancura de la nieve y el azul del cielo -azul que, asimismo, podía contemplarse en las transparentes aguas del océano Ártico, pues el color que vemos en el mar no es más que el reflejo del cielo- pero no por ello dejaba de tener una belleza extraordinaria, que a él y al resto de los esquimales les fascinaba.

Su día a día estaba repartido de la siguiente manera: por la mañana pescaba con su canoa y por la tarde daba de comer a dos mascotas que tenía. Eran un pingüino y una foca que respondían, respectivamente, a los nombres de Wobli y Splas.

Una mañana, en la que se despertó más soñador que nunca, decidió hacer realidad aquellos sueños que le acompañaban desde la niñez. Así que despidiéndose de toda su familia se encaminó hasta donde estaba su canoa y, montándose en ella, se adentró en las gélidas aguas del océano.

Solamente llevaba un hatillo con un par de mudas, comida y bebida para unos cuantos días, todo el dinero que había ahorrado, y una mantita que le había hecho a mano una de sus adorables abuelitas.

Así -remando, remando- llegó hasta otra isla que estaba urbanizada. En el embarcadero dejó su canoa, y dentro de ésta, la mantita, regalo de la abuela.

Después de caminar durante un largo rato por la localidad le preguntó a un lugareño, algo mayor, si en aquella isla había aeropuerto.

-Sí, claro que hay aeropuerto.- Le contestó aquel. Entonces Othyel le dijo que quería ir a otra zona del mundo, porque deseaba vivir aventuras y tener un tipo de vida diferente a la que había tenido hasta ahora. El señor le dijo que se fuera a Cuba, puesto que allí encontraría lo que andaba buscando.

Ir al aeropuerto desde aquella localidad era una odisea ya que para llegar hasta él debían hacerse varias combinaciones: primero agarró un autobús, después un tren, luego un trolebús, luego otro autobús, un tranvía… Hasta tuvo que montar en un trineo que iba tirado por perros blancos que tenían un ojo azul y otro gris. Ufff, pero… ¿Se puede saber dónde está el aeropuerto??? ¡En las Chimbanbas!

Al cabo de no sé cuantas horas, por fin llegó al aeropuerto. Dentro compró un billete de ida para Cuba.

Realmente no sabía qué es lo que encontraría en él. El lugareño le había explicado que Cuba era un país insular muy cálido que estaba rodeado por el océano Atlántico y el mar Caribe. A Othley aquellas cosas le atraían sobremanera, pero lo del calor… A él le gustaba el frío: si quería establecerse en Cuba tendría que aprender a amar el calor.

Tras largas horas de vuelo el avión aterrizó en La Habana, que es el nombre de la capital de este país caribeño.

¡Qué bien! Por fin había llegado al destino soñado; sin embargo… ¡Oh, no! Los cubanos hablaban “Raro” y no comprendía ni una sola palabra de lo que decían. Ay, la barrera del idioma era un serio problema.

Lo primero que hizo fue tomar un taxi, y por señas, le indicó al taxista que le llevara al centro de la ciudad. Allí buscaría alojamiento. También tendría que encontrar un trabajo y un profesor que le enseñara el lenguaje que ellos hablaban, es decir, el castellano.

Al llegar a La Habana le sorprendió gratamente el jolgorio que invadían sus calles. Éstas, estaban abarrotadas de personas disfrazadas que llevaban puestos bonitos trajes de colores; todos distintos. La alegría, la música y las danzas le envolvieron en un pispás, y cuando quiso darse cuenta estaba bailando con una muchacha morenita que sin dejar de mirarle fijamente a los ojos no paraba de sonreír.  Parecía tener la misma edad que Othyel y era tan bella que al instante se quedó prendado de ella.

¡Qué momento tan mágico! Jamás en la vida -el joven esquimal- había sentido algo parecido por nadie, ni había experimentado algo así. Se sentía encima de una nube de algodón al tiempo que su corazón parecía querer salir del pecho. Y entremedias, dando giros y meneos, estuvo atizando sin querer a las personas de al alrededor con el hatillo, aunque por prevalecer un ambiente festivo ninguna mostró enfado.

Si es cierto que la gente le señalaba con el dedo y, tocándole las ropas de esquimal, le hablaban; sin embargo, cuando se daban cuenta que no les entendía ponían cara extrañada. Le encontraban peculiar, de la misma manera que ellos lo eran para Othyel.

Quería que la hermosa joven fuese su pareja, no sólo de baile, sino en la nueva vida que iba a iniciar en Cuba. Así que mientras que seguía bailando con ella-movido por un impulso vital- quiso demostrarle su amor y, acercando la punta de su nariz a la suya se la restregó. Le había dado un “beso de mariposa” puesto que así es como besan los esquimales, y la hermosa cubanita no le rechazó, al revés: le devolvió el gesto amoroso. Y de este modo tan dulce, romántico y sencillo la linda mulatita y el intrépido esquimal se hicieron novios y sellaron su amor.

Tras varias semanas, Othyel había logrado establecerse en un pueblecito cercano a la capital y trabajaba duramente. También había afianzado su relación con Rosa María, que era el nombre de su enamorada.

Las clases que –diariamente- tomaba para aprender el castellano estaban dando fruto, ya que más o menos iba defendiéndose. Además Rosa María le ayudaba mucho con la cosa del idioma.

Los sueños de Othyel no fueron como él los había imaginado. Bien es cierto que halló un mundo nuevo y encontró aventuras; sin embargo, el camino a seguir tenía rosas sí… Pero con muchas espinas.

Aunque al principio le costó adaptarse un poco y la mayoría de los cubanos le acogieron bien, otros no lo hicieron. Afortunadamente fueron los menos; pero sí es cierto que sufrió rechazo por parte de un sector social. No es que le trataran mal, no: simplemente le ignoraban. Y no sé que es peor, que te rechacen o que te ignoren.

Aquello le hacía sufrir dolorosamente, y Rosa María le consolaba, al igual que lo hacían familiares y amigos.

A veces, en medio de la soledad nocturna, Othyel se preguntaba ¿Por qué me desplazan? ¿Por qué no me aceptan como a uno más? Pero sus preguntas siempre quedaban sin respuesta y nunca encontró la lógica a ese comportamiento; todas las personas somos iguales, y todos merecemos ser tratados con respeto y dignidad, independientemente que dónde seamos, de cuáles sean nuestras costumbres o nuestra cultura o de cómo sea el color de nuestra piel.

Los años fueron pasando y con ellos, la vida: Rosa María y Othyel se casaron, y a la boda acudieron muchas gentes, todos cubanos. También tuvieron cuatro hijos, dos varones y dos niñas.

“El emigrante” o “El esquimal” que era como le decían a Othyel prosperó notablemente puesto que encontró un trabajo mejor del que tenía al principio. De hecho, su calidad de vida era bastante alta si se comparaba con la de otros cubanos.

Y retomando el día de la boda: fue el día más feliz en la vida del esquimal; sin embargo, la sombra de la tristeza también le acompañaría. Nadie de su familia  pudo venir desde el Polo Norte, y aquello –de algún modo- ensombreció el enlace y la posterior fiesta que hubo.

Las desgracias asimismo visitaron a Othyel y a Rosa María, de cuando en cuando. Las noticias que llegaban cuando personas amadas por el matrimonio enfermaban y fallecían, tornaba de color gris aquella nube de algodón en la que habían fabricado su hogar.

Los años y décadas continuaron pasando, y aun siendo feliz… A Othyel le faltaba algo. En todo este tiempo no había vuelto a ver a su familia. No sabía que habrían sido de sus abuelos, padres y hermanos. Seguramente la familia por una parte, habría aumentado muchísimo, pero por otra… Cuando se marchó del Polo Norte los abuelos eran demasiado viejecitos así que… Lo más probable es que hubieran muerto.

En lo más hondo del alma anhelaba reencontrarse con todos ellos, y algo dentro de sí le atormentaba.

Othyel se había ido del Polo Norte con dieciocho años recién cumplidos y ahora tenía casi cuarenta. Había pasado demasiado tiempo. Su cabeza era un hervidero de dudas e incógnitas y no tenía respuesta para ninguna ¿Qué habrá sido de todos ellos, estarán bien?  ¿Y si mi familia me ha olvidado y ya no se acuerda de mí? ¿Y qué habrá sido de mis dos mascotas, de Wobli y Splas?

Un día, en el que despertó lleno de nostalgia, le confesó a su esposa Rosa María sus deseos. Ella, sumamente comprensiva y tan mimosa como siempre se mostraba dijo así:

-Comprendo perfectamente que quieras ir a ver a tu familia al Polo Norte, mi amor. Y tienes todo mi apoyo.- Aquella respuesta le tranquilizó. Incluso se ofreció a acompañarle: a Rosa María le hacía muchísima ilusión conocer a su familia política.

Era la primera vez que Rosa María iba a irse de viaje, pues jamás había salido de su tierra natal, es decir, de Cuba. Además había otra cosa que le ilusionaba. Era una tontería, pero para ella era muy importante: como en Cuba no nevaba, nunca había visto la nieve. Queseaba tocarla para saber qué es lo que se sentía.

Y dicho y hecho así lo hicieron.

Othyel y su esposa planificaron el viaje al Polo Norte. Iban a ir solos ya que los niños eran demasiado pequeños y no era conveniente que faltaran a la escuela. De mayores tendrían tiempo para viajar hasta aquellas tierras, lejanas y heladas, con el objetivo de conocer a los parientes de papá.

El trayecto en avión no fue del todo agradable para Rosa María . Y es que… ¡Madre mía! Aquella máquina voladora parecía haber salido de los infiernos.  Pobrecilla, qué mareo llevaba, más que si hubiera montado en una noria o en un tiovivo.

Menos mal que finalmente el avión aterrizó ¡Fiu!!!

Nada más recoger las maletas que llevaban de equipaje, Othyel le informó que para llegar hasta la isla donde vivía su familia había que tomar varios medios de transporte: el trineo tirado por aquellos peculiares perros de ojos desparejos, un tranvía, después un autobús, luego un trolebús, luego un tren, otro autobús…

-También tendremos que subir en globo y lanzarnos en paracaídas Rosa María.

-¿Cómo?-. Pregunto ella, atónita-. Y echándome a reír Othyel le confesó que era broma, y que pronto llegarían a su destino.

En el mismo lugar que antaño, continuaba la canoa, sólo que estaba totalmente deteriorada. Y milagrosamente, dentro seguía la mantita que fuera regalo de una de sus abuelitas, eso sí, inservible.

Una vez que Othyel adquirió una nueva canoa, puesto que no había otro modo de llegar hasta su isla, no tardaron mucho más en hacer pie en la añorada tierra que le vio nacer.

Rosa María llevaba un vestido veraniego y unos zapatos de tacón. Éstos, a cada paso que daba, se le hundían en la nieve al tiempo que tiritaba debido al frío que tenía. Su esposo, amorosamente, le puso sobre los hombros un abrigo de piel y, descalzándola, le colocó unas botas altas asimismo hechas con piel. Al igual que Othyel había tenido que acostumbrarse al calor, ella debía acostumbrarse a las bajas temperaturas y tendría que aprender a amar el frío.

De todos los sentimientos que ocupaban el corazón de Othyel, el miedo era el más poderoso. Esperaba encontrarse con sus familiares y, ansiaba que éstos, en cierto modo, también estuvieran esperando su vuelta.

Y en efecto así ocurrió. Al verle llegar acompañado de aquella extraña mujer, todos salieron de los iglús para recibirle entre sus brazos… Todos excepto los cuatro abuelitos. El paso de los años no perdona a nadie y, como era de prever, hacía tiempo habían realizado el viaje que va a ninguna parte; ese que comienza justo cuando termina la vida. El que todos los seres humanos habremos de hacer, algún día.

El esquimal llamado Othyel, el emigrante cubano, no podía expresar con palabras la dicha que sentía.

Aun en tierras heladas, el calor con el que su familia les recibió a ambos, hubiera podido haber derretido todos los hielos del Polo Norte.

Entre abrazos, presentaciones y besos de mariposa, preguntaría por Wobli y Splas, sus antiguas mascotas. Tanto el pingüino como la foca, al ver que Othyel “había desaparecido” un buen día hicieron lo mismo y desaparecieron.

Los diez días que duró la estancia fueron sumamente dichosos. Rosa María, gradualmente, fue haciéndose al frío, a la comida y a unas costumbres que no tenían nada que ver con las de su país de origen.

Y si antes comprendía a su esposo, ahora le comprendía mucho más: había experimentado en sus propias carnes lo que era dejar su tierra para descubrir otra. Con una clara diferencia: ella había salido de viaje por placer, Othyel, entre otras, lo había hecho por encontrar una vida mejor.

Aparte Rosa María pudo hacer realidad lo que tanto había querido: ahora ya sabía qué se sentía al tocar la nieve.

La hora de partir, como son todas las partidas, fue triste; sin embargo, Othyel volvería nuevamente al Polo Norte con sus hijos, para que así los niños pudieran conocer a sus abuelos, a sus tíos, a sus primos…

Y viajaría con bastante frecuencia, ya que quizá, había sido un error por su parte haber dejado pasar los años porque los años que pasan, no regresan más.

Otra vez en Cuba, los días fueron de la mano de la vida cotidiana. Aunque para Othyel algo había cambiado. Sabía que tenía el corazón dividido en dos: una parte estaba ocupada por el Polo Norte y otra por Cuba.

Es curioso, su alma estaba en tierra de nadie: en Cuba no se sentía esquimal, pero tampoco se sentía cubano al cien por cien.

Y este último sentimiento acompañaría al esquimal Othyel hasta el final de su existencia en su amada y no menos soñada Cuba.