Sobre las tres de la madrugada, cuando todo parecía estar en calma, el Diablo, que acechante aguarda siempre en la penumbra para hacer una de las suyas, le tendría reservada una sorpresa. No sería la primera, tampoco la última; pero sí la más impactante de todas las que le depararía la vida. Y la herida que dejaría en lo más hondo de su alma jamás se cerraría.

Con la cabeza apoyada en el duro respaldo de aquel vehículo, su cuerpo, en permanente estado de tensión, asimismo sentía la tensión que le provocaba el estrés que acumulado en su cuello, le agarrotaba vilmente los hombros y la espalda.

La emisora de radio vomitó un mensaje. El que lo emitía, vociferando, le sobresaltaría. No sólo a ella, también a su acompañante, que era el que conducía. El mensaje, altamente alarmante, silenció la melódica voz del cantante que acompañaba en la distancia a los que no concilian el sueño. Así, aquella voz que sonaba por la emisora de radio fue devorada por la otra injustamente.  Era demasiado joven, apenas tenía veinte años, y el que iba sentado a su lado le sacaba una treintena. Llevaban puesto el mismo uniforme porque se dedicaban a lo mismo. Para el veterano la vida laboral no tardaría en llegar: dos meses restaban para la jubilación; sin embargo, la otra persona acababa de comenzar lo que sería una larga carrera profesional.

Concluido el mensaje el conductor -que hasta entonces había ido despacio- pisando el acelerador puso el vehículo a más velocidad. Por lo que yéndose hacia atrás sus cuerpos se quedaron pegados a los asientos. Los coches con los que se cruzaban, apartándose lateralmente u optando por pararse, les daban paso sin dudar. El vehículo que jamás pasaba desapercibido para la ciudadanía producía un estridente ruido que, junto a las luces que irradiaba, provocaba en el resto de conductores y viandantes la misma alarma que ellos tratarían de aplacar.

Se dirigían a una dirección concreta. E instantes antes de llegar apagaron la sirena y quitaron los rotativos de emergencia. Como si de un coche fantasmal se tratara avanzaron lentamente: sin arriesgar ninguna vida, debían enfrentar el peligro para solucionarlo.

-¿No tendrás miedo verdad?-. Preguntó el veterano luego de aparcar el vehículo y cerrarlo.

-No sé si tengo miedo-. Dijo ella-. Estoy asustada. Ahora comprendo por qué mi madre no puede dormir cuando estás de servicio en turno de noche-. La joven policía, tras jurar el cargo, pidió el mismo destino que su padre. Y aquella noche patrullaban las calles de la ciudad que la vio nacer.

Un sonido ensordecedor salió del edificio al que debían entrar. Sin pensarlo dos veces -padre e hija, pistola en mano- accedieron. A oscuras y pisando cristales rotos el frío se apoderó de sus corazones.

-Pégate a la pared y no te separes de mi hija mía-. Ordenó él.

-Vale.

-¡Bang!-. Oyeron. Y la bala le alcanzaría el pecho.

 

Tirado en el sucio suelo la policía palpaba con nerviosismo el cuerpo del policía -que además de compañero de trabajo era su padre- al tiempo que llamaba por el walkie a la Sala de Operaciones del 091 para contar lo ocurrido y suplicar, al operador, que llamara a la ambulancia para que acudiera sin demora al lugar.

-Hija mía-. Dijo balbuceando-. Nunca abandones, nunca tires la toalla… A continuación expiró.

Al día siguiente la noticia de la muerte del agente apareció en los medios de comunicación. La comisaría de su distrito lloraría la pérdida. Todos velaron el cuerpo de aquel policía al que las puertas de la jubilación le estarían esperando… Eternamente.

 

Han pasado mucho tiempo. Y su hija -tras varios ascensos- acaba de jubilarse. Se casó tres veces: de su primer marido, policía como ella, enviudó al año. Su segundo matrimonio duró lo mismo que dura un suspiro: él, un militar de alta graduación, la cambió por una mujer más ardiente que ella. Carlos, su actual esposo, le daría el Amor que ningún hombre supo darle, a excepción de su padre.

Vive en soledad ya que los hijos que buscó no vivieron. Y ahora, en el ocaso de su vida, recuerda el disfraz de policía que su padre y ella se ponían. El que ocultó las almas de la que fuera una patrulla policial.