Ángel Custodio, patrón de la Policía Nacional, cuya fiesta se celebra el día 2 de octubre.

Sobre las tres de la madrugada, cuando todo parecía estar en calma, el Diablo, que acechante aguarda siempre en la penumbra para hacer de las suyas le tendría reservada una sorpresa. No sería la primera, tampoco la última; pero sí la más impactante de todas las que le depararía la vida. Y la herida que le dejaría en lo más hondo de su alma jamás se cerraría.
Con la cabeza apoyada en el duro respaldo del vehículo, su cuerpo, en permanente estado de tensión, asimismo sentía la tensión que le provocaba el estrés, que acumulado en su cuello, le agarrotaba vilmente los hombros y la espalda.
La emisora de radio vomitó un mensaje. El que lo emitía vociferando, le sobresaltó. No solo a ella, también a su acompañante, que era el que conducía. El mensaje, altamente alarmante, silenció la melódica voz del cantante que acompañaba en la distancia a los que no concilian el sueño. Y la cantarina voz que fluía de la emisora de radio fue devorada por la otra injustamente.
Era demasiado joven -tenía veintidós años- y el que iba sentado a su lado le sacaba más de una treintena. Llevaban puesto el mismo uniforme ya que se dedicaban a lo mismo. Para el veterano la vida laboral finalizaba: dos meses le separaban de la jubilación; sin embargo, la otra persona acababa de comenzar la que debiera ser una larga carrera profesional.
Concluido el mensaje el conductor -que hasta entonces había ido a baja velocidad- pisó a fondo el acelerador. Los cuerpos de los ocupantes, yéndose bruscamente hacia atrás, se pegaron a los asientos. Los coches con los que se cruzaban, apartándose lateralmente y/o parándose directamente, les daban paso sin dudar. El vehículo que no pasa desapercibido para la ciudadanía producía un ruido estridente, y junto a las luces que irradia en estas circunstancias, provocaba en el resto de conductores y viandantes la alarma que trataban de aplacar.
Con determinación se dirigían a una dirección concreta. En las inmediaciones apagaron las sirenas y los rotativos de emergencia. Como si de un coche fantasmal se tratara avanzaron lentamente.
Sin arriesgar ninguna vida estaban en la obligación de enfrentar el peligro a objeto de solucionarlo.
-¿No tendrás miedo, verdad?-. Preguntó el veterano tras aparcar el vehículo y cerrarlo.
-No sé si tengo miedo, pero estoy algo asustada.- Y mientras caminaban con decisión y paso firme hacia el foco peligroso añadió .-Ahora comprendo por qué mamá nunca logra dormir bien cuando estás de servicio en turno de noche.
La joven policía, tras jurar el cargo, pidió el mismo destino que su padre. Y esa noche juntos patrullaban las calles de la ciudad que la vio nacer.
Un sonido ensordecedor salió del edificio al que debían acceder. Sin pensarlo dos veces, pistola en mano -padre e hija, ahora convertidos en compañeros de trabajo- entraron. Sin poder ver el suelo que pisaban el frío se apoderó de sus corazones.
-Pégate a la pared y no te separes de mi lado hija mía-. Ordenó él.
-Bang-. Se oyó. Y la bala le alcanzaría el pecho.
Tirado en las sucias baldosas la policía palpaba con nerviosismo el cuerpo del hombre al tiempo que por el walkie contactaba con la Sala de Operaciones del 091 para contar lo ocurrido y suplicar al operador que llamara al servicio de urgencias para que una ambulancia acudiera sin demora al lugar.
-Mi niña: nunca abandones… Nunca tires la toalla-. Dijo él balbuceando segundos antes de expirar.
El fallecimiento del agente acaparó la atención de la prensa por lo que al día siguiente varios medios de comunicación lo incluyeron en sus noticias bajo el rótulo: Agente de la Policía Nacional resulta muerto tras ser disparado mortalmente en acto de servicio.
La comisaría de su distrito lloraría la pérdida. Todos rezaron por el alma de aquel policía al que las puertas de la segunda actividad le esperarían eternamente.
Ha pasado mucho tiempo y su hija -tras varios ascensos- acaba de jubilarse. Se casó tres veces: de su primer marido, agente policial como ella, enviudó al año. Su segundo matrimonio duró lo mismo que dura un suspiro: él, un militar de alta graduación, la cambió por otra más ardiente. Carlos, su actual pareja le daría el amor que, a excepción de su padre, ningún hombre supo darle.
Actualmente vive en soledad ya que los hijos que buscó no vivieron. Y ahora, en el ocaso de su vida, recuerda el disfraz de policía que su padre y ella se ponían. El que ocultó las almas de la que fuera una patrulla policial.