El planeta Tierra.

Con el paso del tiempo los seres humanos sufrimos un castigo divino por rechazar a nuestros semejantes.
Como siempre pagaron justos por pecadores.

Y sucedió que nuestros genes mutaron y sufrieron transformaciones inexplicables. Así, en zonas de Oriente y en la cultura esquimal comenzaron a nacer bebés pelirrojos o de raza negra, y en Sudamérica y en países africanos los recién nacidos eran blancos, mulatos o tenían los ojos achinados.
Los matrimonios cuyos padres tuvieran los ojos azules y fueran rubios podrían procrear descendientes con ojos y cabello negro. Y las familias se encontraron acunando criaturitas de rasgos que previamente habían aborrecido.

Las nuevas generaciones debieron soportar las inclemencias de climas para los que no estaban preparados genéticamente. Y no fue hasta pasadas varias décadas que pudieron aclimatarse y adaptarse.
Antaño lo hicieron sus antepasados. Porque muchos emigraron a otras zonas del planeta en busca de nuevas vidas. Y sufrieron en carne propia la sin razón de los actos racistas.
Ahora el concepto había cambiado y la palabra racismo no tenía cabida en el mundo.

Desde que ocurrieran las primeras mutaciones genéticas la población mundial desechó en unanimidad la absurda idea que había desencadenado -en la historia de la humanidad- tantos conflictos y guerras; tanta masacre. Y tantas muertes innecesarias.

Y llegó el día en que los humanos -aun no teniendo la misma apariencia externa- se aceptaron los unos a los otros como lo que son: iguales.
Finalmente comprendieron el significado de la existencia humana: todos somos hermanos, y desde los albores de la Tierra, nos unen inquebrantables lazos de sangre.