Quiquiriquí (onomatopeya del canto del gallo).

Un día, tempranísimo y yendo en el metro, iba en el vagón sentado un hombre con rasgos sudamericanos. Y en el trayecto, con los pasajeros en silencio y adormilados, comenzó a oírse el canto de un gallo.
El incesante quiquiriquí venía del sudamericano, quien con toda la pachorra del mundo, y todos los ojos puestos en su persona, se palpaba con las manos la pernera del pantalón, pues aquel quiquiriquí salía de sus bolsillos.
Con el móvil en la mano -y el vagón despierto y pendiente del quiquiriquí- el hombre buscaba, sin éxito alguno, el botoncillo que lo silenciara. Y entre fallidos intentos se escuchaba así:
-Maldita sea ¡Apágalo!
-Ahógalo.
-Que se calle ya ese gallo que hace más de media hora que amaneció, ja ja ja.
-¡Mátalo!
Y entre propuestas, exclamaciones y jajajás, el canto del gallo nos acompañó unos minutos, hasta que finalmente el hombre encontró el botoncillo y el aparatejo dejó de cantar. Entonces, el vagón en pleno aplaudió, mientras él, con más pachorra si cabe aún, lo guardaba en el mismo bolsillo que antes, y sonriendo, alzaba la mano libre como dando a entender: tranquilos, que el gallo ha dejado de cantar porque sabe que ya estáis todos bien despiertos.